Si Escuchas Su Voz

Abandonar Nuestras Seguridades

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En la Carta a los Hebreos, Abraham es presentado como modelo de creyente (Cf., Hb 11, 8-10.17-19). Dios llama a Abraham, le invita a salir de su tierra y le hace una promesa. Abraham creyó y esperó contra toda esperanza. A pesar de su edad avanzada obedeció la llamada del Señor que le invitaba a abandonar su tierra con la esperanza de una nueva tierra y de una innumerable descendencia. Abraham no pidió a Dios pruebas para creer, simplemente confió en la promesa del Señor. La fe no exige a Dios que dé signos o pruebas de la realidad de sus promesas, la fe se funda en la confianza incondicional en la Palabra del Señor; sin embargo, la fe no es un “acto irracional” o una especie de “salto al vacío”. La fe es don de Dios y, a la vez, respuesta libre del hombre movido por la gracia. Muchas veces el creyente tiene que pasar por “pruebas de la fe”, es asaltado por las dudas, oscuridades, incertidumbres; puede incluso tener la impresión de que Dios no lo escucha o que “guarda silencio”; y, sin embargo, debe creer, debe mirar al futuro con la esperanza firme de que se cumplirán las promesas del Señor.

Cabe destacar en Abraham, como consecuencia de su fe, el abandono de todas sus seguridades para vivir de promesas. ¿Cuáles eran esas “seguridades humanas” de Abraham? Como todo judío, era un hombre aferrado a su tierra, aspiraba a una numerosa descendencia y a una larga vida. Es de precisar que en el judaísmo antiguo no se habla de una esperanza de vida eterna, ni de resurrección. Toda la esperanza se centraba en esta vida; y, en consecuencia, también la felicidad. No esperaban ninguna retribución ultraterrena (más allá de esta vida). De ahí que el sufrimiento del inocente y la muerte del justo, sin ninguna retribución terrena, les resultaba totalmente inexplicable. El problema de la retribución es planteado en el libro de Job, pero sin una respuesta satisfactoria. La tesis según la cual “todos se paga en esta vida” y que en “esta vida el justo recibe recompensa” resultaba contradicha por la experiencia. Es en el judaísmo tardío que se empieza a hablar de resurrección y retribución después de esta vida. En el Nuevo Testamento se consolida la fe en la resurrección personal y en el juicio de Dios al final de los tiempos.

Abraham, a partir del llamado de Dios, debe confiar en la promesa; pero, no avizora un cumplimiento inmediato, se trata de la espera en un futuro que no sabe cuándo se hará realidad. Abraham tiene que aprender a vivir de la promesa del Señor. La fe de Abraham le llevó a abandonar sus propias seguridades, dejar lo poco que tenía y aventurarse a salir en búsqueda de lo desconocido, de lo no poseído. Abraham - dice la Carta a los Hebreos - “salió sin saber a dónde iba” (Hb 11, 8). El cristiano también está llamado a poner su confianza y esperanza en lo que no se ve, en lo que todavía no es de modo pleno.

¿Cuáles son esas “seguridades humanas” a las cuales no estamos dispuestos a abandonar por ningún motivo? Hay personas de “buena fe” que están dispuestos a dar mucho de sí por la causa del Evangelio, están dispuestos a colaborar con la Iglesia, a ayudar generosamente a los pobres; pero “hasta cierto límite”, es decir, siempre y cuando no comprometa sus “seguridades”.  Parece legítimo que todas las personas piensen en su futuro y tomen previsiones para llevar una vida digna, lo contrario se tomaría como “irresponsabilidad”; pero, Dios parece romper con esa lógica humana. Jesús mismo no ha querido tener la seguridad de un hogar, ha elegido libremente vivir la suerte de los pobres: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mt 8, 20). 

Jesús exige a sus seguidores la radicalidad de despojarse de todas sus seguridades: la seguridad que puede dar un trabajo, una familia; y, sobre todo, del apego al dinero. Por ello llega a decir que es muy difícil que los ricos entren al Reino de los Cielos (Cf., Mc 10, 25). Jesús, ciertamente, no condena la riqueza o la posesión legítima de bienes materiales, sino la actitud de apego a las cosas que puede conllevar a una forma de “idolatría”, que se concreta cuando el hombre abandona su confianza en Dios para ponerla en las cosas materiales. En el Evangelio Jesús nos dice: “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 21). Cada persona puede construir “falsas seguridades” que impiden dejar libre su corazón para amar a Dios. Uno de los más grandes peligros es el apego al dinero, en general es el apego a las cosas materiales convirtiéndolas en fines. El apóstol Pablo nos dice que “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Tm 6, 10). La corrupción, a todos los niveles en la administración pública, tiene su raíz en el “apego al dinero” (codicia).  La avaricia o codicia es el deseo desmedido de una persona por obtener bienes materiales o dinero, considerando siempre lo que tiene como insuficiente, es decir, nunca se sentirá satisfecho, siempre buscará acumular más. La Iglesia considera la “avaricia” como uno de los llamados “siete pecados capitales” (Cf., Catecismo de la Iglesia, 1866). El hombre debe “tomar distancia” de los bienes de la tierra para poder aspirar a los “bienes de arriba”, siguiendo la exhortación del apóstol Pablo: “Busquen los bienes de arriba, no los de la tierra” (Col 3, 2). La libertad del hombre para amar a Dios pasa necesariamente por el desapego del corazón del hombre a las cosas temporales (dinero, poder, fama, vanagloria). Dios quiere que el hombre ponga su confianza total en el Señor: “Dichoso el hombre que en Yahvé pone su confianza” (Sal 40, 5).

La persona que ha logrado la virtud de “tomar distancia” de las cosas y se desapega del dinero, se siente realmente libre, se inmuniza, de algún modo, contra la codicia, se hace muy difícil de corromper con una coima o prebenda, con ofertas de dinero o de poder. El creyente es llamado a abandonar todas sus “seguridades humanas” que limitan el seguimiento de Cristo. Como Job, debemos ser plenamente conscientes que desnudos vinimos a este mundo y desnudos nos iremos de él (Cf., Jb 1, 21). Las cosas materiales se convierten muchas veces en pesadas cargas que nos impiden caminar en la senda del bien. Al final de nuestras vidas, cuando escuchemos el llamado personal que nos diga: “¡Sal de tu tierra!”, debemos estar ligeros de equipaje para ir al encuentro del Señor, con la confianza absoluta de que nos espera un “cielo nuevo y una tierra nueva” como cumplimiento de las promesas de Dios hecha a todos los hombres de todas generaciones y ahora a los que seguimos a Jesús por el camino de la vida de la Iglesia.

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