Si Escuchas Su Voz

Atender El Grito de Los Pobres

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Desde el inicio de su pontificado el papa Francisco se ha expresado en múltiples ocasiones, a través de discursos, homilías y documentos eclesiales, que quiere una iglesia para los pobres, exhortándonos a tomar muy en serio nuestro compromiso con ellos, denunciando con firmeza y voz profética una serie de situaciones contrarias a la dignidad del ser humano.

En ocasión de la II Jornada Mundial de los Pobres, el papa Francisco celebró la eucaristía en la basílica de San Pedro el domingo 18 de noviembre de 2018 (XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario). En su homilía, ha vuelto a insistir en la necesidad de hacernos cargo de los pobres, “vivir la fe en contacto con los necesitados”; no se trata – dice el Papa – de una opción sociológica, o de una especie de “moda de un pontificado”, sino de una exigencia teológica: “Es reconocerse como mendigos de la salvación, hermanos y hermanas de todos, pero especialmente de los pobres, predilectos del Señor”. El Papa nos exhorta a escuchar y atender el grito de los pobres. ¿Quiénes son esos pobres cuyo clamor llega hasta el cielo sin ser debidamente escuchados? Los pobres no son solamente los que carecen de medios materiales para garantizar una digna existencia; tampoco se trata de una categoría abstracta, pues esos pobres tienen rostros concretos, necesidades concretas, y su grito es un reproche e interpelación a una sociedad indiferente.

En la homilía antes mencionada el papa Francisco identifica claramente quiénes son esos pobres, en nuestra actual sociedad, cuyo grito es cada vez más fuerte sin ser escuchados: los niños a quienes se les niega el derecho a nacer por la perversa práctica del aborto, los pequeños que pasan hambre y desnutrición, los niños que sufren a consecuencias de las guerras, los ancianos abandonados, los emigrantes que se ven obligados a dejar su país empujados por la necesidad o el peligro de sus vidas, los que son privados de sus recursos naturales, los que viven en condiciones de miseria material. El grito de los pobres – dice el papa Francisco-  “es el grito ahogado de los niños que no pueden venir a la luz, de los pequeños que sufren hambre, de chicos acostumbrados al estruendo de las bombas en lugar del alegre alboroto de los juegos. Es el grito de los ancianos descartados y abandonados. Es el grito de quienes se enfrentan a las tormentas de la vida sin una presencia amiga. Es el grito de quienes deben huir, dejando la casa y la tierra sin la certeza de un destino. Es el grito de poblaciones enteras, privadas también de los enormes recursos naturales de que disponen. Es el grito de tantos Lázaros que lloran, mientras que unos pocos epulones banquetean con lo que en justicia corresponde a todos” (Papa Francisco: Homilía en ocasión de la II Jornada Mundial de los Pobres. Vaticano, 18 de noviembre de 2018). Los casos que señala el papa Francisco son a modo de ejemplos concretos, no pretenden ser una enumeración exhaustiva de los pobres de nuestro tiempo. Hay muchas otras situaciones en las que se pone de manifiesto la situación de los más pobres, cuyo grito clama al cielo. La pobreza de millones de seres humanos en el mundo no puede ser jamás aceptada como un hecho normal, detrás de ella está la injusticia, el no reconocimiento del otro en su dignidad humana y derechos fundamentales. En definitiva, como dice el papa Francisco, “la injusticia es la raíz perversa de la pobreza”. El papa cuestiona duramente, con voz profética, la actitud de indiferencia frente al pobre: “El grito de los pobres es cada día más fuerte pero también menos escuchado. Cada día ese grito es más fuerte, pero cada día se escucha menos, sofocado por el estruendo de unos pocos ricos, que son cada vez menos pero más ricos” (Ibid.).

El papa Francisco, con autoridad moral (predica con el ejemplo), como pastor, se pone claramente del lado de los pobres, asume su defensa desde el compromiso evangélico y la opción de la Iglesia por los más pobres. Esa defensa del pobre, no se hace, obviamente, desde una opción política coyuntural o por moda, sino que responde a su misión como pastor de la Iglesia; no hacerlo implicaría traicionar la propia vocación y misión. El papa Francisco nos exhorta como Iglesia a asumir nuestra responsabilidad con los pobres, convertirnos en su voz, hacernos cargo de ellos, con la plena conciencia que los pobres son el rostro sufriente del Señor que nos cuestiona e interpela. “Ante la dignidad humana pisoteada, a menudo permanecemos con los brazos cruzados o con los brazos caídos, impotentes ante la fuerza oscura del mal. Pero el cristiano no puede estar con los brazos cruzados, indiferente, ni con los brazos caídos, fatalista: ¡no! El creyente extiende su mano, como lo hace Jesús con él. El grito de los pobres es escuchado por Dios. Pregunto: ¿y nosotros? ¿Tenemos ojos para ver, oídos para escuchar, manos extendidas para ayudar, o repetimos aquel ‘vuelve mañana’?” (Papa Francisco: Homilía en ocasión de la II Jornada Mundial de los Pobres. Vaticano, 18 de noviembre de 2018). El apego al dinero, que a decir el apóstol Pablo es la “raíz de todos los males” (1 Tim 6, 10), hace que se obnubile la mente y endurezca el corazón para mirar con indiferencia, y hacernos insensibles ante las necesidades del pobre, sordos a sus gritos de ayuda. De ahí la insistencia del Papa, con palabras y gestos, para despertar las conciencias adormecidas e insensibles. Cabe hacer notar que ese día domingo 18 de noviembre de 2018, el papa Francisco, después de la misa celebrada en San Pedro, tuvo el gesto de almorzar con mil quinientos indigentes en el aula Pablo VI.

El papa Francisco cita un pasaje de la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano II, en relación a la misión de los cristianos en la cooperación internacional: “…con razón puede decirse que es el propio Cristo quien en los pobres levanta su voz para despertar la caridad de sus discípulos” (Gaudium et Spes, 88). El precitado documento señala que constituye un escándalo a la humanidad “el que algunos países, generalmente los que tienen una población cristiana sensiblemente mayoritaria, disfrutan de la opulencia, mientras otros se ven privados de lo necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las enfermedades y toda clase de miserias” (Ibid., 88). El papa Francisco reitera, insiste a tiempo y destiempo, que no puede haber lugar para la indiferencia o el desánimo ante el grito de los pobres, nadie puede sentirse exceptuado de asumir un compromiso con los más pobres. Extender nuestra mano solidaria al pobre es extenderla al mismo Cristo sufriente, rechazar al pobre es rechazar a Cristo. El papa Francisco repite incansablemente, en el afán de despertar las conciencias adormecidas, que Cristo, el Señor, “nos pide que lo reconozcamos en los que tienen hambre y sed, en el extranjero y despojado de su dignidad, en el enfermo y el encarcelado (Cf., Mt 25, 35-36)” (Homilía en ocasión de la II Jornada Mundial de los Pobres. Vaticano, 18 de noviembre de 2018).





Hear the Cry of the Poor


By FATHER LORENZO ATO


Since the beginning of his pontificate, Pope Francis has expressed on many occasions, through speeches, homilies and ecclesial documents, that he wants a Church for the poor, urging us to take our commitment to them very seriously, denouncing with firmness and a prophetic voice a series of situations contrary to the dignity of the human being.

On the occasion of the II World Day of the Poor, Pope Francis celebrated the Eucharist in the Basilica of St. Peter on Sunday, Nov. 18, 2018 (XXXIII Sunday in Ordinary Time). In his homily, he insisted again on the need to take charge of the poor, “to live the faith in contact with the needy.” It is not a matter of a sociological option, or of a kind of “Pope-ism,” but of a theological requirement: “It is recognizing oneself as a beggar of salvation, brothers and sisters of all, but especially of the poor, the beloved of the Lord.” The Pope exhorts us to listen and to hear the cry of the poor. Who are those poor people whose cry reaches to heaven without being properly heard? The poor are not only those who lack the material means to guarantee a worthy existence; nor are they an abstract category, because those poor people have concrete faces, concrete needs, and their cry is a reproach and challenge to an indifferent society.

In the aforementioned homily, Pope Francis clearly identifies who these poor people are, in our current society, whose cry is louder and louder without being heard: children who are denied the right to be born by the perverse practice of abortion; small children who suffer from hunger and malnutrition; children who suffer from wars; old people who are abandoned; migrants who are forced to leave their country driven by the need or danger of their lives; those who are deprived of their natural resources; and those who live in conditions of material misery. The cry of the poor, Pope Francis says, “is the drowned out cry of children who cannot come to light, of children who suffer from hunger, of children accustomed to the roar of bombs instead of the joyful uproar of games. It is the cry of the discarded and abandoned elders. It is the cry of those who face the storms of life without a friendly presence. It is the cry of those who must flee, leaving the house and the land without the certainty of a destiny. It is the cry of entire populations, also deprived of the enormous natural resources available. It is the cry of so many like Lazarus who mourn, while a few super rich feast on what in justice corresponds to all” (Pope Francis: Homily on the occasion of the II World Day of the Poor, Vatican, Nov. 18, 2018). The cases pointed out by Pope Francis are, by way of concrete examples, not intended to be an exhaustive enumeration of the poor of our time. There are many other situations in which the conditions of the poorest is revealed, whose cry cries out to heaven. The poverty of millions of human beings in the world can never be accepted as a normal fact; behind it is injustice, the non-recognition of the other in their human dignity and fundamental rights. In short, as Pope Francis says, “Injustice is the perverse root of poverty.” The Pope questions harshly, with a prophetic voice, the attitude of indifference towards the poor: “The cry of the poor is getting stronger every day but also less listened to. Every day that cry is stronger, but every day it is heard less, stifled by the roar of a few rich, who are fewer and fewer but richer”(Ibid.).

Pope Francis, with moral authority (preaching by example), as a pastor, clearly stands on the side of the poor, assumes his defense from the evangelical commitment and the Church’s option for the poorest. Obviously, this defense of the poor is not based on a temporary political option or on fashion, but responds to his mission as pastor of the Church; not to do so would imply betraying one’s vocation and mission. Pope Francis urges us as the Church to assume our responsibility toward the poor, to become their voice, to take charge of them, with the full awareness that the poor are the suffering face of the Lord who questions and challenges us. “In the face of human dignity trampled, often we stand with our arms crossed or with our arms down, helpless before the dark force of evil. But the Christian cannot stand with his arms folded, indifferent, or with his arms down, fatalistic: no! The believer extends his hand, as Jesus does with him. The cry of the poor is heard by God. I ask: And us? Do we have eyes to see, ears to listen, hands outstretched to help, or do we repeat that ‘come back tomorrow?’” (Pope Francis: Homily on the occasion of the II World Day of the Poor, Vatican, Nov. 18, 2018). The attachment to money, which the apostle Paul says is the “root of all evil” (1 Tim 6:10), causes the mind to become clouded and the heart to harden so as to look with indifference and become insensitive to the needs of the poor person, deaf to his cries for help. Hence, the Pope’s insistence, with words and gestures, to awaken dormant and insensitive consciences. It should be noted that on Sunday, Nov. 18, 2018, Pope Francis, after the Mass celebrated in St. Peter’s, had the gesture of having lunch with 1,500 indigent people in the Paul VI hall.

Pope Francis cites a passage from the Pastoral Constitution “Gaudium et Spes” of the Second Vatican Council, in relation to the mission of Christians in international cooperation: “...with reason it can be said that it is Christ himself who, in the poor, raises his voice to awaken the charity of his disciples” (Gaudium et Spes, 88). The aforementioned document states that it constitutes a scandal to humanity “that some countries, generally those with a majority Christian population, enjoy opulence, while others are deprived of what is necessary for life and are tormented by hunger, diseases and all kinds of miseries” (Ibid. 88). Pope Francis reiterates, insists in season and out of season, that there can be no place for indifference or discouragement before the cry of the poor; no one can feel exempt from assuming a commitment to the poorest. To extend our hand of solidarity to the poor is to extend it to the suffering Christ himself, to reject the poor is to reject Christ. Pope Francis repeats tirelessly, in the desire to awaken dormant consciences, that Christ, the Lord, “asks us to recognize him in those who hunger and thirst, abroad and stripped of their dignity, in the sick and incarcerated” (Cf., Mt 25, 35-36). (Homily on the occasion of the II World Day of the Poor, Vatican, Nov. 18, 2018).

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