First Place Award for General Excellence, Catholic Press Association, 2013-2016

Si Escuchas Su Voz
Cristo Está Sentado a La Derecha del Padre
Si Escuchas Su Voz
Padre Lorenzo Ato

En el Símbolo de nuestra Fe (el Credo) profesamos que “Cristo subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso”. La “subida a los cielos” de Jesús Resucitado es conmemorada en la Solemnidad de la Ascensión, la misma que se celebra el jueves después del Sexto Domingo de Pascua, aunque en muchos lugares se traslada al domingo siguiente.

La Iglesia nos enseña que “la ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3” (Catecismo de la Iglesia, 665). Jesús había anunciado su “elevación” diciendo: “Cuando yo sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). “La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo” (Catecismo de la Iglesia, 662). Cuando Jesús dice que será “levantado” o “elevado”  (Cf., Jn 3:14; 8:28; 12:32, 34), se refiere tanto a su crucifixión como a su exaltación o glorificación.

El Catecismo de la Iglesia Católica (Cf., en el número 659), nos explica que, si bien es cierto que el Cuerpo de Cristo fue glorificado “desde el instante de su Resurrección”, el Señor se apareció a sus discípulos durante cuarenta días (Cf., Hch 1, 3), comiendo y bebiendo con ellos (Cf., Hch 10, 41); esto quiere decir que en sus apariciones, en ese periodo de tiempo, “su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria”. “La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1)” (Catecismo de la Iglesia, 659).

En el relato de la aparición a María Magdalena (Cf., Jn 20, 11-18), Jesús le dice: “No me toques, porque todavía no he subido al Padre; pero vete a los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17). Esto—nos dice el Catecismo de la Iglesia—“indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra” (Catecismo de la Iglesia, 660). Habría, pues, una especie de “tiempo de transición” entre el Cristo Resucitado antes de su Ascensión, que manifiesta “veladamente” su gloria, y el Cristo plenamente exaltado a la derecha del Padre, después de la Ascensión, que manifiesta plenamente su gloria.

La imagen de “subir al cielo” (utilizada en el relato de la Ascensión), es un lenguaje simbólico y metafórico para expresar la entrada definitiva del Señor Resucitado en la gloria divina. La Resurrección de Jesús, su Ascensión y Exaltación a la derecha del Padre, es el triunfo de Jesús que alcanza a la humanidad entera; pues, como enseña el Catecismo de la Iglesia, la humanidad dejada a sus solas fuerzas nunca habría podido tener acceso al cielo, a la vida y a la felicidad de Dios. “Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, ‘ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino’ (Prefacio de la Ascensión del Señor, I: Misa Romano) (Catecismo de la Iglesia, 661).

¿Qué significa, para nosotros los creyentes, que Cristo está sentado a la derecha del Padre? El Catecismo de la Iglesia nos dice: “Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada” (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 75 [De fide orthodoxa, 4, 2]: PG 94, 1104) (Catecismo de la Iglesia, 663). “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre” (Catecismo de la Iglesia, 664); la referencia es al texto de Dn 7, 14. De nuevo aquí hay que interpretar adecuadamente la imagen de “sentarse a la derecha de Dios.”

La Exaltación a la diestra de Dios está también asociada al sacerdocio de Cristo. De ahí que resulta necesario, para entender adecuadamente la expresión “sentado a la diestra de Dios”, referirnos a la naturaleza de ese sacerdocio. En la Carta a los Hebreos  se nos dice que Jesús, resplandor de la gloria de Dios, “después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de Dios” (Hb 1, 3); Jesús, “soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12, 2). En dicha Carta se cita un texto muy importante del Antiguo Testamento, el Salmo 110: “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies” [Sal 110, 1] (Hb 1, 13). El mismo Jesús, hace referencia a ese pasaje (Cf., Mc  12, 35-37) para dar a entender que el personaje a quien se invita a sentarse a la diestra de Dios es el Mesías (Cristo).

Hay que tener muy presente que la Carta a los Hebreos habla de un nuevo sacerdocio, según el orden de Melquisedec, totalmente distinto y superior al sacerdocio levítico (Cf., Hb 7, 11-28). Jesús es el Sumo Sacerdote que ofreció un único sacrificio para siempre para el perdón de nuestros pecados, el único mediador que con su sangre derramada en la cruz selló una nueva alianza definitiva. Cristo, como Sumo Sacerdote de esa Alianza nueva y eterna, “penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo la redención eterna” (Hb 8, 12). La Iglesia nos enseña que “en el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. ‘De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor’ (Hb 7, 25). Como ‘Sumo Sacerdote de los bienes futuros’ (Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11) (Catecismo de la Iglesia, 662).

La subida al cielo y la exaltación de Jesús a la diestra del Padre marcarían el cumplimiento pleno de lo anunciado en el Salmo 110: “Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec” (Sal 110, 4). Jesús ese ese sacerdote que está sentado a la derecha de Dios (Cf., Sal 110, 1.7). Cristo resucitado, con su Ascensión y Exaltación a la diestra de Dios, ha penetrado en el santuario de Dios, y desde allí sigue ejerciendo su sacerdocio en favor de los hombres.

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