Católico de Nueva York

Ecos de un Santo en El Salvador

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La canonización del beato Oscar Romero el domingo 14 de octu-bre tiene para mí un significado  especial debido a un viaje que hice al país del beato hace unos años. Cuan-do viajé a El Salvador en una peregri-nación, lo que me vino a la mente fue el adagio irlandés: “La gente vive en el refugio de los demás”.

Mi deseo de hacer una peregrinación a El Salvador fue aprender más sobre aquellos que dieron sus vidas ayudan-do a los pobres durante el período de guerra civil (1980-1992) y aquellos que defendieron la justicia en nombre de la fe y cómo eso les costó la muerte.Mientras que el arzobispo Oscar Romero puede ser el más famoso de los santos, cientos de otros practic-aron la “teología del acompañamien-to” por la cual el arzobispo es cono-cido. Hay un dicho que dice que, a través de Oscar Romero, Dios caminó por El Salvador. Hay coloridos mu-rales de él en las plazas de pequeños pueblos, fotos en restaurantes e imá-genes en iglesias. Es difícil escapar de su imagen en el país centroamericano de 6 millones de habitantes.“

El no habló desde la distancia, y más bien es como si pusiera su brazo sobre mi hombro y compartiera mis luchas”, escribió Henri Nouwen acerca de Romero. Esa es la premisa básica de una “teología del acompañamiento”. Mucho antes de que el papa Francisco exhortara a los sacerdotes a dejar la comodidad de los edificios de la igle-sia y a “oler como las ovejas”, el beato Romero caminaba entre la gente, pre-guntando sus opiniones y escuchando sus historias y diciéndoles que estaba aprendiendo de lo que oía de ellos

Para tener una mejor idea acerca de la teología del acompañamiento, yo oí las historias sobre el espíritu exuber-ante de la misionera laica Jean Dono-van y cómo los niños la mantuvieron en el país. Yo escuché acerca de la lu-cha de la pequeña hermana Maryknoll Ita Ford, y los abrazos de oso que la hermana Ursulina Dorothy Kazel y la hermana Maryknoll Maura Clarke di-eron a los niños asustados. Yo estuve de pie bajo el sol ardiente en el suelo donde la sangre de todos ellos había empapado la tierra 35 años antes y es-cuché al sacerdote que tomó una pala para desenterrar sus cuerpos de una tumba de tres pies. En ese lugar se con-struye ahora una iglesia de bloques de cemento la cual ya se llena a rebosar los domingos con personas que asisten a misa. Yo conocí a la mujer que sirve de sacristán ahí. Ella recuerda haber venido con sus padres a través del mismo lugar hace 35 años cuando los cuerpos fueron descubiertos.

Llegué a conocer a Rutilio Grande, un nativo salvadoreño quien fue ordenado sacerdote jesuita. De pie al lado de una carretera de dos carriles en un monumento simple con una cadena monta-ñosa en la distancia, escu-ché acerca de su espíritu alegre. El apareció en la aldea a la cual había sido asignado y le preguntó a un grupo de niños que estaban jugando si podía unirse a su partido de fútbol. Cuando recibió el balón, Grande les dijo a los niños y a sus padres que fueran a la iglesia esa noche, que él era el nuevo sacerdote en el pueblo. Me enteré de su amistad con Oscar Romero y escuché de la mu-jer que se arrodilló al lado de Grande después de que fue asesinado y limpia-do de la sangre.

Ella también compartió historias acerca de la cercanía de Romero a la gente cuando se convirtió en arzobis-po. Ella recordó como él hacía visitas pastorales a las parroquias en el campo. Una vez al mes un sábado por la mañana, él estaba visitando una parroquia y hablaba sobre un tema. Después de la charla, hubo un período de silencio de tres horas y concluyó el día dando la misa. A veces, vio las presentacio-nes dramatizadas que los campesinos realizaban sobre parábolas evangélicas que ellos estudiaban. Dijo haber apre-ndido más viéndolos que de estudiar en Roma.

Su acercamiento a la gente creció al ver las injusticias que estaban enfrentando. A me-dida que se hizo más consciente de ello, sus homilías comenzaron a reflejar lo que estaba sucediendo en el país donde el gobierno y los militares torturaban y reprimían a miles. Ha-cia el final de su vida, el beato pasó los sábados por la mañana con las personas más cercanas a él, pidiéndoles sus opiniones sobre la homilía que iba a dar al día siguiente. Las homilías fueron transmitidas en las ondas diocesanas y oídas en todo el país. Él fue una voz de coraje du-rante un tiempo peligroso.

Todas estas historias permanecen cuando la Iglesia reconoce a Romero como un santo. Estoy reflexionando con un entendimiento más profundo de lo que implica si llego a practicar la “teología del acompañamiento”. Sig-nifica recibir el sufrimiento de aquel con quien viajas y requiere una pos-tura diferente, una de paciencia junto con un cambio en mentalidad.

Es fácil para un visitante del mundo desarrollado que viene a El Salvador querer resolver o arreglar la situación en un país donde el 36 por ciento de la población vive por debajo del nivel de pobreza. Es cierto que los jóvenes desean trabajos en lugar de pertenec-er a pandillas; los bebés necesitan nutrición sana desde el nacimiento y de ahí en adelante, y es necesario atención médica adecuada para las personas de edad avanzada. Es fácil dirigir la energía hacia todo aquello y estar viviendo las obras corporales de misericordia. No todos pueden pasar semanas o meses o años alimentando a las personas con hambre o vistien-do a los niños, pero uno puede hac-er un viaje por una semana o dos y pasar tiempo escuchando. Se trata de apoyar a los demás formando una rel-ación basada en el encuentro.

Si uno va a practicar la teología del acompañamiento, entonces tiene que haber una escucha profunda. Escuchar profundamente exige una forma de recibir lo que el otro está ofreciendo y no dar la espalda. Este no es trabajo fácil. Aquellos a quienes escuché es-taban agradecidos de compartir sus historias de sufrimiento y trauma, y recibieron muy bien la atención dada. Fue doloroso escuchar historias de personas que fueron sacadas de sus hogares por la noche y torturadas. Fue agotador escuchar acerca de no com-er durante días o caminar kilómetros sin zapatos, o de ser rechazado de las casas de las personas que creías eran amigos cuando tenías que huir de tu casa, o ver a tus padres ser golpeados.

El papa Francisco nos pide que ca-minemos con las personas, especial-mente aquellas en los márgenes más alejados de la sociedad. Se nos pide que tengamos en cuenta a las perso-nas en los márgenes, que los acompa-ñemos cuando están asustados o solos y aterrorizados.

Asumir una postura de escucha no significa que uno tenga que via-jar fuera del país. El solo estar con la gente en su dolor es lo que significa ser misericordioso y esa es una for-ma en que puedo honrar a san Oscar Romero y a las personas y las histo-rias que escuché en El Salvador.

 

Regina Clarkin es directora de for-mación de fe en la parroquia Holy Name of Mary en Croton-on-Hudson y residente de Peekskill.

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