Si Escuchas Su Voz

El ‘Abandono de Dios’

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La fe, si bien es cierto es una ‘luz’ que ilumina el camino de nuestras vidas, sin embargo, no despeja todas nuestras dudas, de ahí el grito del profeta Hababuc: “¿Hasta cuándo, Señor, clamaré a ti, sin que me escuches?” (Ha 1, 2). Es el mismo clamor de muchas personas que pasan por experiencias dolorosas en su vida y tienen la sensación de estar abandonadas, piensan que Dios permanece en silencio y no escucha sus súplicas, llegando hasta el extremo de reclamar diciendo ¿Dónde está Dios? Dios parece no responder, o su respuesta no es la que esperamos. En la vida de muchos santos se narra episodios donde han experimentado el “abandono de Dios”, estados del alma que los místicos llaman la “noche oscura”. El “abandono de Dios” no es una cosa exclusiva del itinerario de los santos en búsqueda de la perfección, sino que lo experimenta también el hombre común y corriente. Todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos sentido como si Dios nos hubiera abandonado. Dios no está, como quisiéramos, para darnos explicaciones de nuestro dolor y sufrimiento, sino para hacernos sentir su presencia. Él nos responde: “Yo estoy contigo”, me hago cargo de tu dolor; como bien dice el papa Francisco: “Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña” (Lumen Fidei, 57).

Dios está presente en el hombre que sufre, se ha hecho carne de nuestra carne, ha compartido la suerte de los pobres y marginados, ha sufrido en carne propia la suprema injusticia de ser contado entre los criminales, clavado en un madero. Basta contemplar al Crucificado para darnos cuenta de todo eso. En la cruz también Jesús experimenta el abandono: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado” (Mt 27, 46). Estas últimas palabras de Jesús agonizante en la cruz pueden resultar escandalosas, pues muchos se preguntan ¿Cómo, si Él era el mismo Dios encarnado, podía ser abandonado por el Padre? De ahí que muchos especialistas de la Biblia han intentado por todas las formas de matizar o minimizar el alcance de esas palabras de Jesús; pero, es indudable que Cristo realmente sufrió en su condición humana el indecible dolor de la crucifixión. Jesús, al pronunciar esas palabras no estaba simplemente rezando el Salmo 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 21, 2). Dicho salmo tiene, ciertamente, un sentido claramente mesiánico. La lectura completa del salmo nos permite identificar un asombroso paralelismo con el hecho de la crucifixión. El personaje del cual habla el salmista tiene mucha semejanza con Jesús como el Mesías sufriente.

El padre Bertrand de Margerie, S.J., interpretando el pensamiento de san Agustín sobre el significado de las palabras de Jesús en la cruz (referidas al salmo 21), señala: “Cristo en la Cruz, haciendo suyo el grito inicial del Salmo 21, quería enseñar el carácter relativo y no absoluto del abandono sufrido a la hora de la muerte; Jesús quería inculcar a los hombres la participación en su abandono temporal y transitorio para arrancarlos del abandono eterno. Enseñaba la aceptación de la muerte temporal para escapar a la muerte eterna” (recuperado de:  https://www.aciprensa.com/fiestas/cuaresma/honorato.htm).

Nos preguntamos ¿se sintió Jesús en la cruz realmente abandonado de Dios? Para responder a esa pregunta hay que responder a una cuestión previa ¿Quién es realmente Jesús de Nazareth? La respuesta de Catecismo es: verdadero Dios y verdadero hombre. Jesús es una sola persona divina (la segunda persona de la Santísima Trinidad) y dos naturalezas (la humana y la divina); no hay dos sujetos sino un solo individuo. En cuanto a su naturaleza divina, obviamente Jesús no podía sufrir o ser abandonado por Dios. Jesús sufre en su humanidad y, en ese sentido, sí puede experimentar el abandono de Dios. Jesús como “ser humano” tiene una dimensión psicológica, tiene sentimientos y emociones (alegría, tristeza, ira). La humanidad de Jesús no ha sido disminuida por el hecho de la encarnación sino elevada, lo cual no significa que haya dejado de ser un humano. Las acciones que realiza un ser humano se atribuyen siempre a la persona, en el caso de Jesús esa persona es divina (la segunda persona de la Trinidad). Jesús de Nazareth no era mitad hombre y mitad Dios, sino Dios entero y hombre entero. Siendo que las acciones de Jesús se atribuyen a su persona, y ésta es divina, en ese sentido cabe hablar del “sufrimiento de Dios”. Jesús en la cruz se hace cargo del sufrimiento de los hombres, carga con sus pecados, realiza el acto de la redención. Jesús, no obstante ser Dios, no fue exonerado del sufrimiento.

Hay situaciones que no podemos comprender a la luz de la razón, como por ejemplo el sufrimiento de los inocentes, el dolor, la muerte; ante esto, sólo nos cabe fortalecernos en la fe. La fe y la esperanza, sin embargo, no funcionan como analgésicos del dolor y sufrimiento, pero nos ayudan a superarlos para no sucumbir en la desesperación. Sólo el hombre de fe podrá encontrar una respuesta aceptable ante el misterio del dolor y de la muerte. Nadie se consuela, por ejemplo, con ninguna explicación que le den por la muerte de un ser querido. En esos casos, a veces es mejor no decir nada al que sufre, sino hacerle sentir nuestra presencia solidaria que lo acompaña y conduele (hacerle sentir que su dolor también es nuestro). Solo el hombre de fe puede seguir encontrando ‘razones’ para creer y motivos para esperar.

En un pasaje del Evangelio de san Lucas (Cf., Lc 17, 5ss), se nos relata un episodio en el cual los discípulos le dijeron a Jesús: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5). Una plegaria cortísima, pero muy significativa. Parecería que los discípulos pedían muy poco, pero en realidad pedían mucho, pues con la fe el hombre es capaz de realizar grandes obras. Realmente se necesita mucha fe para descubrir un sentido positivo ante lo que se nos presenta como irracional e inaceptable. San Pablo nos dice que “Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio” (2Tm 1, 7), esa energía nos viene de la fe y nuestro amor a Cristo, y nos permite a la vez, con la ayuda del Espíritu Santo, “vivir con fe y amor cristiano”. De hecho, la fe no puede desligarse del amor, “el creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo” (Lumen Fidei, 21). La fe, pues, tiene una conexión indesligable con el amor, y “precisamente por su conexión con el amor (Cf., Ga 5, 6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz” (Lumen Fidei, 51). Como los discípulos de Jesús hagamos siempre esa súplica: “Señor, auméntanos la fe”.

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