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El Culto a La Presencia Eucarística Fuera de La Misa

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Hay que distinguir entre el culto a la presencia de Cristo en la misa y el culto que le tributamos fuera de la misa. El culto a la presencia de Cristo en la celebración eucarística está fuera de toda discusión. Lo que en algún momento ha podido ser objeto de discusión ha sido el culto a la presencia en la Hostia consagrada fuera de la celebración eucarística. El culto eucarístico no es tradición de la Iglesia universal, sino de la Iglesia de Occidente. En Oriente se tiene mucha veneración por la santa Eucaristía (también fuera de la celebración), pero no se dieron las condiciones históricas que favorezcan el desarrollo de un culto eucarístico (ni en la celebración ni fuera de ella). La solemnidad del Corpus Christi, con sus procesiones, es una de esas grandes manifestaciones del culto a la presencia eucarística fuera de la misa.

El culto a la presencia eucarística no es algo exigitivo de la fe, no es algo que se impera, sino que se recomienda por el Magisterio de la Iglesia. Jesús no nos ha mandado expresamente a que rindiéramos culto a su presencia en la Eucaristía. Él no ha dicho “Tomen y adoren”, sino “Tomen y coman”. Esto no significa una reducción al elemento nutricional, tampoco que la presencia de Jesús se reduzca al ámbito de la celebración eucarística. La presencia de Jesús (substancial) se prolonga más allá de la misa; por lo menos hasta que duran las especies (en este caso la especie del pan); esa presencia es invariable. Jesús, por otro lado, no ha limitado su presencia a la celebración eucarística. Su presencia no está tampoco limitada a un lugar o a una forma, a un tiempo determinado; es una presencia permanente. Jesús nos ha dicho: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). Así mismo, hay que tener en cuenta que, aparte de la presencia eucarística, hay otros modos de presencia de Cristo no menos reales que la primera, sobre todo su presencia en el “rostro sufriente” del pobre a través del cual nos cuestiona e interpela.

En la Eucaristía hay una afirmación esencial de la presencia divina y una invitación a la adoración. Se trata de una presencia personal bajo el signo del pan y el vino, no se debe cosificar dicha presencia enfatizando el aspecto nutricional. Hay que tener en cuenta, además, que las comidas no tienen como fin exclusivo satisfacer la función nutricional, son también un signo que pretende expresar la comunión entre los que participan del banquete. Jesús no celebró la Última Cena porque tuviese hambre. No hay, pues, que exagerar el elemento nutricional como sucede en algunos grupos cristianos, quienes en la celebración eucarística utilizan panes grandes y bastante vino. La presencia de Cristo en la Eucaristía no es la presencia de algo (una cosa) sino de alguien (una persona). Es Cristo mismo en su “Yo” (persona) que se hace presente y se nos ofrece como alimento. Es una invitación a un encuentro personalizado, a un diálogo amoroso con alguien que se ha donado a nosotros. La adoración a la Hostia consagrada nos debe llevar a reconocer esa presencia de alguien cercano a nosotros que nos invita a entrar en comunión con Él y con los hermanos.

Históricamente, en los comienzos de la Iglesia, la reserva eucarística no se hacía con fines de adoración sino para la comunión de los fieles fuera de la misa, en sus propias casas. Esta práctica es ampliamente atestiguada en los escritos de los Padres de la Iglesia. Hay muchos testimonios, en los más antiguos documentos de la Iglesia, que refieren la especial veneración que los fieles tributaban al pan consagrado que solían llevarse a sus casas para comulgar.

Desde comienzos del Siglo XII se atestigua las visitas al Santísimo Sacramento. En el Siglo XIII, la adoración a la Hostia se desarrolla fuera de la misa, y se acrecienta con las procesiones del Corpus Christi. Es en el año 1247, por impulso de santa Juliana de Mont Cornillon (en la diócesis de Lieja, Bélgica) que se introduce la fiesta del Santísimo Sacramento. Con la Bula Transiturus (1264), el Papa Urbano IV extiende la fiesta a la Iglesia universal. La fiesta del Corpus Christi es instituida para “adorar, venerar, glorificar, amar y abrazar” el Excelso Sacramento. En el Siglo XIV se introduce el uso de la exposición de la Hostia en el ostensorio. El nexo entre la Misa y la comunión se comenzó a debilitar hasta llegar a una total separación. “En el Siglo XVI comenzó también el uso de la comunión dentro de la Misa con hostias consagradas en una celebración anterior” (Dalla, Ruggero. La reserva de la eucaristía a lo largo de los siglos: motivaciones y soluciones, en: Cuadernos Phase, N.° 56. Centro de Pastoral Litúrgica. Barcelona, 1994, p. 51).

El Concilio de Trento (Siglo XVI) afirma solemnemente la presencia real y la transubstanciación, señalando que los fieles cristianos deben rendir y venerar el Santísimo Sacramento con el culto de latría que se tributa al mismo Dios. En el Siglo XVIII se difunden las visitas privadas al Santísimo Sacramento por influjo de san Alfonso María de Ligorio.

Los documentos del Concilio Vaticano II no han dedicado una particular atención al tema del culto a la presencia eucarística fuera de la misa, solo aparece explícitamente en la Presbiteroum Ordinis: “Para poder cumplir con fidelidad su ministerio, debe tratar de conversar cada día con Cristo Señor, en la visita y el culto personal de la Santa Eucaristía” (N.° 18). Cuando todavía no había concluido el Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI, el 3 de septiembre de 1965, saca la encíclica Mysterium Fidei, en la cual, empalmando con la amplia tradición, aborda directamente el tema de la adoración a la presencia eucarística. Allí se nos dice que, no obstante hay diversas formas en las que Cristo se nos hace presente de manera real, sin embargo, su presencia en la eucaristía se llama “real” no por exclusión, como si las otras no fueran ‘reales’, sino por antonomasia, ya que es substancial, ya que por ella se hace presente ciertamente Cristo, Dios y Hombre, entero e íntegro. Es necesario subrayar la intrínseca relación existente entre la adoración eucarística y la misa. La fuente, origen y fin del culto que se tributa a la Eucaristía (fuera de la misa), es la celebración eucarística.

El Ritual de la Comunión y Culto eucarístico de la Misa (1973) nos presenta una buena síntesis de las normas y orientaciones que se deben tener en cuenta respecto al culto eucarístico. En todos los pronunciamientos posteriores sobre ese tema, el magisterio de la Iglesia ha resaltado la importancia del culto eucarístico fuera de la misa. No hay que olvidar, sin embargo, que es más importante la celebración eucarística que el culto privado a la presencia eucarística fuera de la misa. Es a la celebración eucarística a la que se le debe dar mayor solemnidad. No tendría mucho sentido cultivar un amor a la adoración del Santísimo, con largas horas o vigilas de oración, sin un amor por la Eucaristía y la participación frecuente en ella.

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