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El Peligro del Neo-gnosticismo y El Neo-pelagianismo

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En varias ocasiones el papa Francisco ha aludido al peligro que representa actualmente ciertas tendencias neo-gnósticas y neo-pelagianas. El Papa no pretende con esto hablar ex catedra (haciendo uso de la prerrogativa que le da su magisterio extraordinario) para zanjar cuestiones doctrinales controvertidas, más aún cuando ya existen documentos conciliares que han precisado temas relacionados con el dogma del pecado original, la naturaleza humana caída, la justificación y el uso del libre albedrío. Lo afirmado en concilios ecuménicos como el de Trento (1545-1563), o el Concilio Vaticano I (1869-1870), referido a esos temas, no ha dejado de tener vigencia.

El gnosticismo, que como herejía amenazó a la Iglesia del siglo II, hunde sus raíces en un gnosticismo pagano anterior, presente en el mundo romano, se trataba de una corriente sincrética que mezclaba elementos filosóficos y religiosos (tomados de la filosofía griega, del platonismo, concepciones dualistas de oposición entre materia y espíritu, visión negativa de la materia), y que adoptó diversas formas; pero, en esencia, concebía una especie de iluminación interior que conlleva a la verdadera liberación (“salvación”) del hombre, y que se podía lograr a través de la “gnosis” (conocimiento); dicha “gnosis” de revelaría a una élite de iniciados beneficiarios de un conocimiento esotérico. Las ideas gnósticas lograron penetrar en ambientes cristianos ilustrados, poniendo en tela de juicio el verdadero sentido y alcance de la salvació traída por Jesucristo, pretendiendo reducirla a una liberación puramente interior, espiritual, totalmente ajena a la materia y a la corporeidad. El obispo Ireneo de Lyon, en el año 180, se enfrentó a esa herejía gnóstica que pretendía infiltrarse en la Iglesia, la cual fue condenada. Las ideas gnósticas, sin embargo, no dejaron de extenderse en ambientes no cristianos, y posteriormente intentaron reaparecer en la Iglesia bajo formas de neo-gnosticismo. Aún en la actualidad existen sectas gnósticas que logran seducir a cristianos con sus ideas que son abiertamente contrarias a la fe.

La segundo herejía, y quizá más peligrosa que la primera, es el pelagianismo porque ensalza la capacidades del hombre relativizando totalmente la gracia de Dios.  Pelagio (monje asceta de origen británico que vivió entre los siglos IV y V) sostenía que el pecado original sólo es imputable a Adán, perjudicándole a él, pero no a su descendencia; y, en consecuencia: todos los hombres nacerían con libre albedrío, con capacidad para escoger, por sí mismos, entre lo bueno y lo malo. Las ideas de Pelagio y su seguidores fueron condenadas en el Concilio de Cartago (el año 416) y en el Concilio de Éfeso (en el año 431); sin embargo, ligeramente reformuladas, resurgieron posteriormente en nuevas corrientes consideradas como semipelagianas, en la que se pretendía llegar a un punto de encuentro entre el pelagianismo condenado por la Iglesia y un rigorismo agustiniano que defendía una postura muy pesimista de la condición humana como consecuencia del pecado original, poniendo en tela de juicio el valor o eficacia del libre albedrío del hombre y exagerando los alcances de la gracia divina. Los semipelagianos destacaban la capacidad del hombre para responder por sí mismos a la gracia de Dios, no negaban la gracia, pero estaban convencidos de una participación más activa y meritoria del hombre con su libre albedrío. El semipelagianismo fue condenado en el Concilio de Orange (el año 529).

En la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, el papa Francisco, al hablarnos de la “mundanidad espiritual”, nos pone en alerta frente al peligro de un neo-gnosticismo y un neo-pelagianismo (Cf., Evangelii Gaudium, 94) que acecha en los cristianos y que se esconde bajo apariencias de religiosidad e incluso de verdadero “amor a la Iglesia”. ¿Acaso el papa estaba hablando del resurgimiento de viejas herejías que fueron condenadas en el pasado? Pensamos que directamente no; tampoco se trata de que esas herejías estén actualmente siendo vigorosamente defendidas en encendidos debates académicos por algunos teólogos católicos, cuestionando la doctrina de la Iglesia definida en los concilios. A lo que se refiere el Papa es a ideas que tienen una cierta semejanza (guardadas las distancias histórico-culturales y doctrinales) con las sostenidas por formas de gnosticismo y semipelagianismo. El mayor peligro parece venir de lo que el papa Francisco llama “neo-pelagianismo”, propiciado por corrientes psicológicas que enfatizan o exaltan la capacidad del hombre para su autorrealización, desplegando sus propias potencialidades, a través de mecanismos de autoayuda, sin necesidad de una ayuda de Dios, al punto que se termina poniendo la confianza en sí mismo, en las propias fuerzas humanas, en las cosas, en las organizaciones, en lo planes y proyectos, olvidándose de lo esencial: poner la confianza absoluta en Dios y en la gracia divina. Esas ideas del ámbito secular pueden contaminar el espíritu de cristianos de buena fe, pero sin suficiente discernimiento; incluso pueden penetrar sutilmente en ambientes clericales (personas formadas teológicamente), conllevando a lo que el papa Francisco ha llamado la “mundanidad espiritual”, que consiste en dejarse mover por el espíritu del mundo, por la búsqueda de la propia vanagloria, antes que la gloria de Dios. El tema va más por las actitudes en la praxis pastoral y vida personal, antes que por cuestiones estrictamente doctrinales directamente vinculadas con las viejas herejías del gnosticismo y el pelagianismo.

El tema ha seguido su curso, tal como se evidencia con la publicación, por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la Carta “Placuit Deo” (22/02/2018), dirigida a los obispos católicos sobre algunos aspectos de la salvación cristiana. En dicha Carta se hace mención al peligro del individualismo subjetivista contemporáneo: “El individualismo centrado en el sujeto autónomo tiende a ver al hombre como un ser cuya realización depende únicamente de su fuerza. En esta visión, la figura de Cristo corresponde más a un modelo que inspira acciones generosas, con sus palabras y gestos, que Aquel que transforma la condición humana” (Carta “Placuit Deo”, N.° 2); por otra parte, como señala la Carta, “se extiende la visión de una salvación meramente interior, la cual tal vez suscite una fuerte convicción personal, o un sentimiento intenso de estar unidos a Dios, pero no llega a asumir, sanar y renovar nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado” (Ibid, N.° 2). Lo primero se asemeja, en ciertos aspectos, a actitudes neo-pelagianas, lo segundo a actitudes neo-gnósticas. En la Carta se menciona expresamente que “en nuestros tiempos, prolifera una especie de neo-pelagianismo para el cual el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás [...] Un cierto neo-gnosticismo, por su parte, presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo” (N.° 3). El documento también precisa que la alusión a esas dos antiguas herejías (pelagiana y gnóstica) “sólo se refiere a rasgos generales comunes, sin entrar en juicios sobre la naturaleza exacta de los antiguos errores” (Ibid.,). En resumen - se nos dice en la Carta- que la mediación salvífica de la Iglesia nos asegura que la salvación traída por Jesús, “no consiste en la autorrealización del individuo aislado, ni tampoco en la fusión interior con el divino, sino en la incorporación en la comunión de personas que participa en comunión de la Trinidad” (N.° 12).

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