Si Escuchas Su Voz

El Profetismo: Una Vocación Riesgosa

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En otras columnas hemos ya escrito sobre la vocación profética, y hemos destacado que uno de los criterios fundamentales para distinguir a un verdadero profeta de los falsos es la “persecución”. Los verdaderos profetas del Antiguo Testamento pueden mostrar, como credenciales de la autenticidad de su vocación, las persecuciones sufridas como consecuencia del cumplimiento de su misión. La vocación profética no era para ellos un oficio remunerado para ganarse la vida, sino la respuesta a un llamado del Señor para cumplir la misión de hablar en su nombre, para exhortar al pueblo a la fidelidad a Dios. Con frecuencia los profetas del Antiguo Testamento tuvieron que comunicar al rey noticias poco alentadoras, asumir una actitud cuestionadora que no era del agrado de quienes detentaban el poder religioso, político y económico. Tal ese el caso, por ejemplo, del profeta Jeremías (Cf., Jr 38, 1ss).

Hacia el año 588 A.C, siendo Sedecías rey de Judá, ante la amenaza inminente de una invasión extranjera, y cuando los caldeos habían levantado temporalmente el sitio a Jerusalén, los consejeros del rey y los profetas de la corte anunciaban noticias alentadoras, haciendo un llamado a la tranquilidad, asegurando que el rey de Babilonia (Nabucodonosor) no atacaría a la ciudad. Los falsos profetas estaban dispuestos a anunciar aquello que era del agrado del rey y de la población, aunque fuesen falsos oráculos, creando en consecuencia falsas expectativas. En este contexto, Sedecías consultó al profeta Jeremías; y el profeta le respondió: “Volverán los caldeos que atacan a esta ciudad, la tomarán y la incendiarán” (Jr 37, 8).

La misión de Jeremías no es nada grata, el profeta hubiera deseado anunciar ‘buenas noticias’ para el pueblo; pero, tiene que ser fiel al mensaje del Señor. Jeremías se convierte en un personaje incómodo para los aduladores del rey; su mensaje es considerado ‘derrotista’, ‘desmoralizador’ para los soldados que defienden la ciudad de Jerusalén del sitio del ejército enemigo, pues no anuncia victorias sino desgracias para el pueblo que se ha apartado del camino del Señor. Jeremías se había enfrentado también contra los profetas de la corte real, entre ellos al profeta Jananías que creaba falsas esperanzas al pueblo (Cf., Jr 28, 1ss).

Sus opositores, en lugar de asumir el mensaje, prefieren matar al mensajero, por ello complotan contra él e inducen al rey para que se deshaga del profeta incómodo. Jeremías es tomado preso, torturado, pues se dice que su mensaje desalienta al pueblo y, sobre todo a los soldados. Es acusado de alta traición, de haberse pasado al lado de los caldeos.

Jeremías, hablando en nombre de Yahveh, anuncia la inminencia de la caída de Jerusalén en manos de los caldeos, y pide que se abandone la ciudad: “Quien se quede en esta ciudad, morirá de espada, de hambre y de peste, más el que se entregue a los caldeos vivirá (…), sin remisión será entregada esta ciudad en mano de las tropas del rey de Babilonia, que la tomará” (Jr 38, 2-3). ¿Podemos imaginar el efecto desmoralizador que dicho anuncio generaba en las tropas que defendían la ciudad sitiada? Es por ello que los jefes deciden eliminar al profeta anunciador de desgracias; lo meten en un pozo sin agua para que muera de hambre. Fue gracias al consejo de un eunuco de la casa del rey que Sedecías decide finalmente ordenar la liberación del profeta. Luego de ser rescatado nuevamente el rey llama a Jeremías para consultarle, la respuesta del profeta no podía ser más desalentadora para Sedecías, el profeta le recomienda que se entregue en manos de los invasores: “Si sales a entregarte a los jefes del rey de Babilonia, vivirás tú mismo y esta ciudad no será incendiada: tanto tú como los tuyos vivirán” (Jr 38, 17). El rey no acogió el mensaje del profeta Jeremías, y hacia el año 587 A.C., Nabucodonosor (rey de Babilonia) entró con sus tropas en Jerusalén, incendió la ciudad, tomó prisionero a Sedecías, lo cegó y lo deportó a Babilonia.  El profeta Jeremías se quedó en Jerusalén para alentar y consolar a los pocos no deportados que quedaron en la ciudad arrasada por las tropas de Nabucodonosor.

Nabucodonosor, ya diez años antes (en el 597 A.C), había hecho una primera invasión de Jerusalén y deportado a Babilonia al rey Joaquín, al mismo profeta Ezequiel y a notables ciudadanos. Tanto el profeta Ezequiel como Jeremías había advertido de la inminente destrucción de Jerusalén, pero no fueron escuchados, pues el rey prefería oír las falsas noticias alentadoras dadas por los profetas de la corte, profetas a sueldo y adulones del rey, antes que prestar oídos a las desgracias anunciadas por los verdaderos profetas de Yahveh.

¿Qué mensaje podemos rescatar de esta historia del pasado de Israel y que siga siendo válida para nuestro tiempo? En primer lugar, podríamos señalar el “compromiso radical con la verdad” más allá de cualquier tipo de conveniencia. Recordemos aquella expresión latina (atribuida a Aristóteles): “Amicus Plato, sed magis amica veritas”, la misma que podría ser traducida como “Amigo soy de Platón, pero más amigo soy de la verdad”. La verdad, pues, está por encima de cualquier afecto o conveniencia. La verdad es un reconocimiento de la realidad. Los hechos se imponen ante cualquier conjetura o preferencia personal.

En el caso que hemos presentado, Jeremías se siente obligado a transmitir un mensaje desalentador para el rey y el pueblo entero. Sedecías hubiera querido escuchar que la amenaza de invasión caldea estaba conjurada, que todo saldría bien como decían los profetas de la corte real. Por segunda vez el rey volvió a consultarle a Sedecías, lo cual significaba que tenía serias dudas de lo que le decían sus asesores y profetas adulones, lo hace con la esperanza de que el profeta le traiga un mensaje diferente y alentador, alguna luz en medio de la oscuridad e incertidumbre; pero, de nuevo, el profeta le aconseja que capitule ante el ejército invasor, que se entregue para salvar su vida y la de la gente. Sedecías prefiere ignorar el anuncio del profeta. La decisión del rey resulta dramática y suicida, hace un salto al vacío, inducido por sus asesores y falsos profetas. Como era de esperar, se cumplió lo anunciado por Jeremías.

Hay situaciones en las cuales los jefes y gobernantes tienen que tomar decisiones cruciales, para ello se hacer asesorar de personas que tengan cierta sabiduría o experticia, gran sentido de la prudencia; pero, sobre todo, honestidad expresada en un compromiso con la verdad. Asesores que sean capaces de decir, “amigo soy del jefe (o del obispo), pero más amigo soy de la verdad”. Lamentablemente, muchos gobernantes, y también líderes religiosos (incluidos obispos y cardenales), prefieren rodearse de gente adulona que siempre les dé la razón, que sean incapaces de cuestionar sus decisiones o contradecirlas.

Finalmente, debemos tener la clara conciencia que en determinadas situaciones que presentan dilemas morales, incertidumbre u oscuridad, hay que discernir con claridad cuál es el verdadero designio de Dios y estar dispuesto a cumplirlo, teniendo siempre presente que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). El compromiso con la verdad puede, en muchos casos, complicarnos la vida, poniendo en riesgo hasta nuestra propia integridad.

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