Si Escuchas Su Voz

El Señor Es Compasivo Y Misericordioso

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Dios se ha revelado a los hombres como un padre misericordioso, “lento a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34, 6). Los salmos proclaman que “El Señor es clemente y compasivo, lento a la cólera y lleno de piedad (...), no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas” (Sal 102, 8-10). En muchos pasajes del Antiguo Testamento se repite la idea de que Dios es “compasivo y misericordioso” (Cf., Sal 86, 15; 145, 8-9; 130, 7-8; Neh 9, 17). En el libro de la Sabiduría se destaca que Dios es misericordioso porque es Todopoderoso: “Te compadeces de todos porque todo lo puedes” (Sb 11, 22), es decir: la misericordia, más que una ‘debilidad’ de Dios es manifestación de su poder. De igual modo, en el Nuevo Testamento, Jesús nos revela a un Dios, Padre misericordioso, que quiere que todos los hombres se salven. A través de las parábolas del perdón Jesús pone de manifiesto su mensaje de misericordia.

El Evangelio de Lucas nos presenta tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida (Lc 15, 4-7), la dracma perdida (Lc 15, 8-10); y, la más significativa: la parábola del Hijo Pródigo (Cf., Lc 15, 11-32). En realidad lo que más se destaca, en esa tercera parábola, es el amor misericordioso de Dios, por ello nos referimos a ella como la “Parábola del Padre Misericordioso”.  La parábola describe magistralmente la situación del hombre pecador y el proceso de conversión. No olvidemos que Jesús narra esta parábola en respuesta a los letrados y fariseos que lo cuestionan por ‘acoger a los pecadores’. El relato nos describe una situación inicial del hijo menor junto al padre, es el hijo quien toma la iniciativa de ‘alejarse del padre’ para experimentar su propio camino, hace uso de su libertad. El padre no le impide marchase, de este modo el hijo menor inicia una historia dramática como consecuencia de su alejamiento de la casa paterna. El hijo toca fondo en esa escalada de pecado y pérdida de su dignidad, situación expresada en esa humillante condición de ‘cuidador de cerdos’ (animal impuro para los judíos).

En la condición deplorable en que se encuentra el hijo menor, después de haber despilfarrado la herencia de su padre, entra en un proceso de auto reflexión y toma de conciencia de la situación hasta la que ha llegado como consecuencia de su decisión libre de alejarse de la casa del Padre. Cae en la cuenta de su decisión errada reconociendo su propia responsabilidad. El siguiente paso, en ese proceso de conversión, es reconocer que es posible un cambio, cree que es posible el retorno a la casa paterna. De nada serviría que tomemos conciencia de nuestra condición pecadora si no tomamos la iniciativa de volver sobre nuestros pasos. Por otra parte, esto supone que creemos en el amor misericordioso de Dios, creemos en el perdón. La conciencia del pecado sin esperanza de reconciliación conduciría a la desesperación. Hay mucha gente que no tiene problemas en reconocerse pecadora, pero no es capaz de dar el otro paso: retornar al Señor, confiar en su misericordia y perdón. No hay pecado que no pueda ser perdonado, excepto el llamado “pecado contra el Espíritu Santo” (Cf., Mc 3, 28-29), que no es otra cosa que negarse a aceptar el amor de Dios y su perdón. Es evidente que Dios no puede perdonarnos contra nuestra voluntad.

El relato nos narra el reencuentro del hijo menor con el padre, quien lo estaba esperando y lo recibe con un gran ‘banquete’, lleno de alegría por haber recuperado al hijo que estaba perdido. Obviamente, el hijo menor, jamás imaginó tal recibimiento, solo esperaba que lo trataran como un ‘jornalero’, no que le devolvieran su condición de ‘hijo’. La misericordia del Señor desborda todas nuestras expectativas. El perdón nos devuelve la gracia perdida, nuestra dignidad de hijos.

En este relato la alegría no es completa, es empañada por la actitud del hermano mayor, que siente que el padre no ha obrado con justicia y equidad, que ha trastocado sus derechos. En efecto, el hijo mayor cree que él merece un reconocimiento por haber permanecido junto al padre, por haberle servido sin desobedecer una orden suya, es decir: por sus buenas obras. Se resiste a compartir la alegría del padre, mira con envidia a su hermano menor, a quien considera indigno de presentarse de vuelta ante el padre. Ciertamente, el hijo mayor, no ha cometido las faltas del ‘hijo pródigo’, pero vive sin amor, resentido porque no se le reconoce su ‘justicia’. Se percibe en el relato una aguda crítica contra los que, como muchos fariseos, presumen de sus buenas obras, de los que piensan que tienen derecho a ser retribuidos, que merecen por propios méritos el reino de los cielos. El hermano mayor se comporta como un ‘burócrata de la virtud’. Su actitud es abiertamente opuesta a la del padre. No comulga con las ideas del padre, piensa que es un exceso el recibimiento del hermano menor, hubiera preferido que el ‘hijo pródigo’ nunca regrese a la casa paterna, quizá hasta ha tenido la secreta tentación de incurrir en algunos de los ‘vicios’ que cuestiona a su hermano. Se siente titular de todos los derechos. Mientras que el padre se mueve en el ámbito de la misericordia, la gratuidad y el perdón; el hijo mayor se mueve en el ámbito del legalismo, de la justicia distributiva, eso le lleva a la mezquindad y al resentimiento.

Las actitudes del hermano mayor revelan el no haber entendido el amor misericordioso del Señor, expresan la soberbia del que se cree justo, con derechos a la recompensa divina, lo cual es, en el fondo, una desnaturalización del sentido el acto salvador. El Cristianismo no es la religión de los que ganan con esfuerzo propio el reino de Dios, eso sería la negación misma de la gracia. El apóstol Pablo nos recuerda que por pura gracia hemos sido salvados, por la fe y no por las buenas obras. Es la fe auténtica la que nos lleva a las buenas obras (Cf., Ef 2, 8ss).

La parábola no tiene un final feliz por la actitud del hermano mayor. El padre ha ofrecido al hijo menor el perdón, el banquete, la fiesta; pero, no puede garantizar la buena acogida del hermano mayor. Tenemos la sensación de que falta una segunda parte en esta parábola: aquella que nos hable de la conversión del hermano mayor; sin duda mucho más difícil que la conversión del ‘hijo pródigo’. Aunque Dios nos mueve con su gracia, nadie se convierte si finalmente no responde favorablemente a la oferta de perdón; y, generalmente, no responde a esa oferta de gracia porque no se siente lo suficientemente pecador, porque se siente ‘justificado’ por sus buenas obras. Es la soberbia de la ‘falsa santidad’, de los que se cuidan de cumplir formalmente con las normas, reglamentos, leyes y preceptos, y se consideran más justos por eso; su justicia es externa. El apóstol Pablo nos dice: “El que se cree seguro, ¡cuidado!” no sea que caiga (Cf., 1Cor 10, 12).





The Lord Is Compassionate and Merciful


By FATHER LORENZO ATO


God has revealed himself to men as a merciful father, “slow to anger and rich in love and faithfulness” (Ex 34, 6). The psalms proclaim that “The Lord is merciful and compassionate, slow to anger and full of piety...He does not deal with us as we deserve, nor pay us according to our sins” (Ps 102, 8-10). In many passages of the Old Testament, the idea that God is “compassionate and merciful” is repeated (Cf., Ps 86, 15; 145, 8-9; 130, 7-8; Neh 9, 17). In the book of Wisdom, it is emphasized that God is merciful because he is Almighty: “You feel sorry for everyone because you can do everything” (Wis 11, 22). That is, mercy, more than being a “weakness” on God’s part, is a manifestation of His power. In the same way, in the New Testament, Jesus reveals to us a God, a merciful Father, who wants all men to be saved. Through the parables of forgiveness, Jesus reveals his message of mercy.

The Gospel of Luke presents three parables of mercy: the lost sheep (Lk 15, 4-7), the lost drachma (Lk 15, 8-10); and, the most significant: the parable of the Prodigal Son (Cf., Lc 15, 11-32). Actually, what stands out most in that third parable is the merciful love of God, which is why we refer to it as the “Parable of the Merciful Father.” The parable masterfully describes the situation of sinful man and the conversion process. Let’s not forget that Jesus narrates this parable in response to the lawyers and Pharisees who question him for “welcoming sinners.” The story describes an initial situation of the youngest son with the father. It is the son who takes the initiative to “get away from the father,” to experience his own path and to make use of his freedom. The father does not prevent him from leaving; in this way the youngest son initiates a dramatic story as a consequence of his departure from the father’s house. The son hits bottom in that escalation of sin and loss of his dignity, a situation expressed in that humiliating condition of being a “caretaker of pigs” (an impure animal for the Jews).

In that deplorable condition, the youngest son, after having squandered his father’s inheritance, enters into a process of self-reflection and awareness of the situation to which he has come as a result of his free decision to move away from the house of the father. He goes into an account of his wrong decision recognizing his own responsibility. The next step in that process is conversion. He recognizes that a change is possible; he believes that a return to the father’s house is possible. It would be useless for us to become aware of our sinful condition if we do not take the initiative to retrace our steps. On the other hand, this supposes that we believe in the merciful love of God; we believe in forgiveness. The awareness of sin without hope of reconciliation would lead to despair. There are many people who have no problem recognizing themselves as sinners, but are not able to take the next step: return to the Lord, trust in his mercy and forgiveness. There is no sin that cannot be forgiven, except the so-called “sin against the Holy Spirit” (Cf., Mk 3: 28-29), which is nothing more than refusing to accept the love of God and his forgiveness. It is evident that God cannot forgive us against our will.

The story tells us about the reunion of the youngest son with the father, who was waiting for him and receives him with a great banquet, full of joy for having recovered the son who was lost. Obviously, the youngest son never imagined such a reception; he just expected to be treated as a day laborer, not to be returned his status as son. The mercy of the Lord exceeds all our expectations. Forgiveness gives us back the lost grace, our dignity as children.

In this story, the joy is not complete. It is marred by the attitude of the older brother, who feels that the father has not acted with justice and equity, which has upset his rights. Indeed, the eldest son believes that he deserves recognition for having stayed with the father, for having served him without disobeying an order from him, that is: for his good deeds. He resists sharing the joy of the father, looks with envy at his younger brother, whom he considers unworthy to appear before the father. Certainly, the eldest son has not committed the faults of the Prodigal Son, but lives without love, resentful because his ‘justice’ is not recognized. There is a sharp criticism in the story against those who, like many Pharisees, boast of their good deeds, of those who think they have the right to be rewarded, who deserve by their own merits the kingdom of heaven. The older brother behaves like a ‘bureaucrat of virtue.’ His attitude is openly opposed to that of the father. He does not agree with the ideas of the father; he thinks that the reception of the younger brother is an excess. He would have preferred that the Prodigal Son never return to his father’s house, maybe he even had the secret temptation to incur some of the ‘vices’ that he questions in his brother. He feels like the owner of all rights. While the father moves in the field of mercy, gratuity and forgiveness, the eldest son moves in the field of legalism, of distributive justice, which leads him to pettiness and resentment.

The attitudes of the older brother reveal that he has not understood the merciful love of the Lord; they express the pride of those who believe they are righteous, with rights to the divine reward, which is, in the end, a denaturalization of the meaning of the saving act. Christianity is not the religion of those who gain with their own effort the kingdom of God; that would be the very negation of grace. The apostle Paul reminds us that by pure grace we have been saved, by faith and not by good works. It is the authentic faith that leads us to good works (Cf., Eph 2, 8ff).

The parable does not have a happy ending because of the attitude of the older brother. The father has offered the youngest son pardon, the banquet, the feast; but he cannot guarantee the good reception of the older brother. We have the feeling that a second part is missing in this parable: the one that tells us about the conversion of the older brother, which is certainly much more difficult than the conversion of the Prodigal Son. Although God moves us with his grace, nobody is converted if he does not respond favorably to the offer of forgiveness; and, generally, he does not respond to that offer of grace because he does not feel sinful enough, because he feels “justified” by his good works. It is the arrogance of false sanctity, of those who take care to formally comply with the norms, regulations, laws and precepts, and are considered more just for that reason; His justice is external. The apostle Paul tells us: “If someone thinks he is safe, be careful lest you fall.” (Cf., 1Cor 10, 12).

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