LORD, TO WHOM SHALL WE GO?

El ‘Vía Crucis’ de Hoy

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Sí, sé que la devoción clásica popular del Vía Crucis, de acompañar con reverencia a Jesús en su tortuoso viaje desde su injusta condena por parte de Poncio Pilato, su reposo en los brazos de su adolorida madre al pie de la cruz, hasta su sepultura en un sepulcro donado, es de catorce pasos. Me encanta esa devoción, especialmente los viernes y durante la Cuaresma.

Sin embargo, ¿podría yo ofrecer una versión más corta, de solo tres pasos, que me haya golpeado al escuchar y observar el profundo dolor en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, causado por las nauseabundas noticias de abusos sexuales por parte del clero y la grave negligencia de los obispos?

Muchos de mis hermanos obispos y sacerdotes, así como nuestros fieles laicos, han hablado y escrito acerca de este horror recientemente, algunos con consideración, otros sin mucho cuidado. Yo mismo he comentado un poco, pero, en los últimos dos meses, he estado escuchando, recordando y reflexionando más de lo que he hablado. Tres episodios me atormentan, y los considero como tres pasos en el Vía Crucis de hoy.

Estación núm. 1... Mientras recuerdo vívida y dolorosamente las docenas y docenas de reuniones que he tenido con las víctimas y sus familias durante los últimos dieciséis años, una de ellas todavía me atormenta de manera particular.

Ahí estaba yo, hace más o menos quince años, con una víctima de abuso por parte de un sacerdote veinte años antes. Con él estaban sus padres, católicos extraordinariamente sinceros.

“Cuando me dijo que a los dieciséis años el padre X, un sacerdote buen amigo de la familia y muy popular en la parroquia, había abusado de él, ¿sabe lo que hice?”, me preguntó el papá mientras me miraba. “¡Le di una bofetada!”

El papá comenzó a llorar, mientras todo su cuerpo temblaba. “¡Le di una bofetada a mi propio hijo! Le grité: “¡No te atrevas a decir eso de un sacerdote!”

¿Pueden imaginarse el remordimiento, la agonía de ese padre? ¿Podemos siquiera entender la tristeza aplastante del hijo, el dolor impotente de la madre? ¿Pueden imaginarse mi vergüenza y tristeza?

Nuestras víctimas y sus familias están sufriendo. Son miembros queridos de la Iglesia tanto como cualquier sacerdote, obispo o cardenal. ¡Cómo los hemos lastimado! Cuánto les debemos de contrición y solidaridad.

La primera estación: Las víctimas y sus familias sufren dolorosamente.

Estación núm. 2... Ella vive en sitio donde le cuidan, ya casi de noventa años, y, aun así, gracias a Dios, con una salud estable. Ella ama su fe católica. Ella tiene un hijo sacerdote, y otros cuatro que viven su fe, transmitiéndola a sus hijos, a sus nietos. Ella siempre está ansiosa por hablar acerca de la Iglesia a sus amigos, católicos y no católicos.

Pero no un día la semana pasada cuando hablé con ella por teléfono. “Tim”, me dijo ella, “me salté el almuerzo hoy. Me da vergüenza ir al comedor. Estoy tan avergonzada de ser católica. ¡No sé ni qué decirle a la gente!

Ella es mi mamá. Solo una entre los millones de fieles católicos que hoy se avergüenzan de su clero y sus obispos, de su Iglesia.

La segunda estación: Nuestros fieles lloran por su Iglesia.

Estación núm. 3... Es uno de los mejores sacerdotes que conozco, agradecido por su vocación, orgulloso de ser reconocido como sacerdote parroquial. Mientras se preparaba para tomar el tren a casa después de una agradable visita conmigo, comentó: “No me voy a poner el alzacuello. Estoy muy avergonzado. Me temo que la gente se burlará de mí o que me gritará”.

O el sacerdote inocente en el suroeste del país, golpeado en la sacristía después de ofrecer misa, mientras el enloquecido hombre le gritaba: “Esto es por lo que los sacerdotes hicieron a las personas jóvenes”. Ellos son solo dos entre la abrumadora mayoría de nuestros sacerdotes (y obispos) que viven vidas virtuosas y fieles, y quienes ahora son manchados por la viciosa perversión de una pequeña minoría de sus hermanos.

La tercera estación: Nuestros fieles sacerdotes lloran su vocación.

He escuchado; he visto; he oído; he leído. Y ustedes también.

Realmente no sé qué decir... excepto tal como cuando oramos en el Vía Crucis:

“¡Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo!”

O, con San Pedro, como lo escuchamos en el evangelio del domingo pasado, “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

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