Si Escuchas Su Voz

Escuchar El Clamor de La Tierra y de Los Pobres

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En muchos discursos y documentos eclesiales el papa Francisco ha insistido en la necesidad de la Iglesia de escuchar el clamor de los pobres y hacerse cargo de ellos; pero, también ha manifestado, sobre todo en la Encíclica “Laudado Si”, la necesidad de escuchar el clamor de la tierra, y la necesidad de defender lo que él llama nuestra “casa común”: “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar” (Laudato Si, 13). En la mencionada Encíclica el Papa cuestionaba la falta de conciencia clara de los grandes problemas que afectan particularmente a los excluidos; ello se debe en parte – decía el Papa – a que los líderes políticos, formadores de opinión, medios de comunicación, centros de poder, reflexionan desde la comodidad de su estatus, alejados de la realidad que viven los pobres, lo cual genera análisis sesgados que buscan tranquilizar la conciencia para no hacerse cargo de los pobres. Es necesario entonces un cambio de perspectiva, no se puede separar la ecología del tema de la justicia, la defensa del medio ambiente y la defensa de los derechos de quienes más son afectados por la depredación ambiental; de ahí que – como bien señala el Papa –“hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (Laudato Si, 49). 

En la Exhortación Apostólica post sinodal “Querida Amazonía”, el Papa retoma el tema de escuchar el clamor de la tierra y de los pobres (Cf., “Querida Amazonía”, 8). Allí se nos habla de un “Sueños social” (uno de los cuatro sueños que la Amazonía le inspira al papa Francisco) que integre la defensa del medio ambiente (planteo ecológico) con la necesidad de justicia de los pobres (planteo social). No se trata solo de conservar la Amazonía sino también de la defensa de los pueblos amazónicos, pues “no nos sirve un conservacionismo «que se preocupa del bioma pero ignora a los pueblos amazónicos» [Instrumentum laboris, 45]” (Querida Amazonía, 8).

Sobre la situación de deterioro ambiental y la crisis ecológica, tanto a nivel mundial como local, existen abundantes diagnósticos, también sobre la gravísima situación de la Amazonía desde su colonización; por ello, no se trata de hacer más diagnósticos, sino de implementar, con sentido ético, medidas efectivas para resolver los problemas, medidas que pasan por la toma de decisiones políticas de los gobiernos. “No es necesario que yo repita aquí los diagnósticos tan amplios y completos que fueron presentados antes y durante el Sínodo” (Querida Amazonía, 11). Allí se habló de depredación de los bosques ocasionada por empresas madereras, la construcción de hidroeléctricas, proyectos de diversa naturaleza que tienen un fuerte impacto ambiental negativo, y que son realizados sin oír a los habitantes de esas regiones. “Los pueblos originarios muchas veces han visto con impotencia la destrucción de ese entorno natural que les permitía alimentarse, curarse, sobrevivir y conservar un estilo de vida y una cultura que les daba identidad y sentido (Querida Amazonía, 13)”.

Los recursos naturales, los minerales, son considerados de propiedad del Estado; y aunque en varios países existen leyes que obligan a consultar previamente a las poblaciones indígenas para realizar proyectos de impacto ambiental, en la práctica eso no se respeta, avasallando sus derechos, incluso los líderes de los pueblos amazónicos son muchas veces víctimas de la persecución por parte de las autoridades de los gobiernos. La Amazonía, como bien señala el papa Francisco, ha sido vista como un espacio vacío para ocupar, como “una inmensidad salvaje que debe ser domesticada”. “Todo esto con una mirada que no reconoce los derechos de los pueblos originarios o sencillamente los ignora como si no existieran o como si esas tierras que ellos habitan no les pertenecieran. Aun en los planes educativos de niños y jóvenes, los indígenas fueron vistos como intrusos o usurpadores. Sus vidas, sus inquietudes, su manera de luchar y de sobrevivir no interesaban, y se los consideraba más como un obstáculo del cual librarse que como seres humanos con la misma dignidad de cualquier otro y con derechos adquiridos (Querida Amazonía, 12).

El clamor de la tierra es muy bien expresado en la Encíclica “Laudato Si”. Allí el papa Francisco nos dice que la “hermana tierra” clama al cielo porque es oprimida y devastada por los hombres: “Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura” (Laudato Si, 2). La tierra no puede ser considerada como una “cosa”, como algo “inanimado”, sino como lo es para la cosmovisión indígena: un todo viviente que adquiere cierta personificación; y, ese sentido, se comporta como un “viviente maltratado”.

Es necesario – nos dice el papa Francisco – indignarse, no podemos ser indiferentes ante el grito de la naturaleza y el grito de los pobres. “No es sano que nos habituemos al mal, no nos hace bien permitir que nos anestesien la conciencia social […] Las historias de injusticia y crueldad ocurridas en la Amazonia aun durante el siglo pasado deberían provocar un profundo rechazo, pero al mismo tiempo tendrían que volvernos más sensibles para reconocer formas también actuales de explotación humana, de atropello y de muerte” (Querida Amazonía, 15). El papa Francisco reconoce la labor evangelizadora de muchos misioneros en la Amazonía, su compromiso con los pobres, su vida y testimonio de austeridad. Señala que la Amazonía debe ser un lugar de “dialogo social” especialmente entre los distintos pueblos originarios; ellos no son cualquier tipo de interlocutores, ni meros invitados a una mesa de diálogo: “Ellos no son un interlocutor cualquiera a quien hay que convencer, ni siquiera son uno más sentado en una mesa de pares. Ellos son los principales interlocutores, de los cuales ante todo tenemos que aprender, a quienes tenemos que escuchar por un deber de justicia, y a quienes debemos pedir permiso para poder presentar nuestras propuestas. Su palabra, sus esperanzas, sus temores deberían ser la voz más potente en cualquier mesa de diálogo sobre la Amazonia” (Querida Amazonía, 26). Siendo ellos los verdaderos protagonistas, deben ser respetados en sus convicciones y manera de vivir. Somos nosotros los invitados, no ellos; somos nosotros los que debemos pedir permiso para entrar en su mundo.

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