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Esperar Contra Toda Esperanza

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El hombre no puede vivir sin esperanza; pero, hay esperanzas cuyo contenido se agota en un horizonte puramente intramundano, como las utopías de un mundo mejor que han intentado realizarse a lo largo de la historia a través de algún proyecto político sustentado en una ideología; esos proyectos se mostraron finalmente como un fracaso generando un sentimiento de frustración. El cristiano no espera simplemente un mundo mejor con justicia y equidad, su esperanza rompe el horizonte intramundano y cualquier pensamiento utópico secular. Cuando decimos que hay que esperar “contra toda esperanza” nos referimos a la esperanza cristiana. En el Antiguo Testamento encontramos varios pasajes proféticos (que suelen leerse durante el tiempo de Adviento), los cuales nos hablan de una utopía sustentada en una fe religiosa que va más allá del horizonte intramundano (Cf., Is 2, 1-5; 11, 1-10; 25, 6-10; 29, 17-24; 35, 1-10; 40, 1-11;  41, 13-20; Jr 33, 14-16; Ba 5, 1-9; Sof 3, 14-18). Es, sobre todo, el profeta Isaías quien nos habla de una futura paz paradisíaca, asociada a la venida de un Mesías Salvador que “juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos. Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantarán la espada nación contra nación, ni se ejercitarán más para la guerra” (Is 2, 4). La utopía de Isaías habla también de la recuperación de una armonía con la naturaleza: “serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos...” (Is 11, 6). La salvación traída por el Mesías es liberación de todo lo que afecta al hombre: “se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará” (Is 35, 5-6); es la superación del dolor y el sufrimiento humano, el triunfo sobre la muerte: “Consumirá a la muerte definitivamente. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros y quitará el oprobio de su pueblo” (Is 25, 8). Esta utopía está asociada a la esperanza cristiana de la plenitud del Reino de Dios que se cumplirá con la venida gloriosa del Señor al final de los tiempos, y entonces ya no habrá más llanto ni dolor y la muerte será aniquilada (Cf., Ap 21, 4).

San Pablo nos dice que Abraham creyó, “esperando contra toda esperanza” (Rm 4, 18). ¿Es posible “esperar contra toda esperanza”? La esperanza auténtica nos hace ver lo que está más allá de nuestro horizonte visual, lo que se encuentra escondido, lo que está en germen, incluso lo que todavía no existe pero llegaría a existir. La esperanza, sustentada en la fe, nos lleva a superar el mero realismo de los hechos consumados, es una invitación a ver de otra manera, con otros ojos. Se trata de dirigir nuestra mirada hacia Dios y, solo desde esa mirada podremos encontrar el sentido de lo que aparentemente no tiene sentido, la luz en medio de la oscuridad. Un ejemplo de lo que significa ser un visionario, y esperar contra toda esperanza, se nos presenta en un texto del libro del profeta Baruc (Cf., Ba 5, 1-9), pasaje que se propone para como primera lectura en el segundo domingo de Adviento (en el ciclo C). El profeta Baruc desafía al pueblo, abatido por la desgracia del destierro, a ponerse en pie, a despojarse del luto y la aflicción, subir a la montaña de Jerusalén y mirar hacia el oriente y divisar en el horizonte el retorno de los repatriados. La invitación del profeta, dirigida a los pocos que aún permanecen en la ciudad, resulta provocadora, suena como una burla para quienes mantienen vivo el recuerdo del oprobio del destierro, y tienen la imagen trágica congelada en sus retinas de sus seres queridos, parientes y amigos, llevados encadenados a Babilonia por los soldados del rey Nabucodonosor. ¿Qué motivos de esperanza podría tener un pueblo diezmado, que contempla su templo en ruinas, sometidos por la fuerza de un poderoso opresor? Subir a la montaña ¿Para qué? ¿Qué pueden contemplar a lo lejos?, solo el desierto inmenso, sin ninguna señal que indique el retorno de los llevados al destierro. En este contexto Baruc puede aparecer como un “loco visionario” que ha perdido totalmente la razón, el sentido de la realidad; alguien que sueña despierto y proyecta simplemente sus propios anhelos en sus visiones, como el sediento que en medio de un desierto es víctima del espejismo del agua que no existe. ¿Acaso el profeta pretende crear falsas esperanzas para ilusionar al pueblo a fin de que soporte la tribulación y haga más llevadera su vida? Eso sería una forma de alienación. El Cristianismo no es un mensaje alienador sino liberador del hombre.

En realidad, el profeta alcanza a ver lo que los otros no ven, porque mira las cosas de otra manera. El crudo realismo es mirar las cosas tal como se nos aparecen; pero eso puede llevar a la desesperanza, a la frustración. El profeta no está invitando a mirar a lo lejos un punto geográfico que se pierde en el horizonte, desde esa perspectiva es evidente que no se logrará ver nada de lo que menciona en su visión, por más que usemos potentes y sofisticados telescopios; se hace necesario cambiar totalmente de perspectiva: Mirar la realidad desde la perspectiva de Dios, desde la fe y la esperanza, las cuales nos permiten ver incluso lo que todavía no existe, lo que escapa a la mirada acuciosa del más experimentado investigador. La esperanza no es el autoengaño del que cree que todo se arreglará por la sola intervención de Dios. El Señor cuenta con nosotros; con nuestro trabajo y esfuerzo contribuimos también al crecimiento del Reino de Dios en la tierra. También nosotros somos invitados a subir al monte y dirigir nuestra mirada al horizonte, pero desde una nueva perspectiva. Si somos ‘realistas’ en nuestro entorno quizá no veamos muchos motivos de esperanza. Adolecemos de desesperanza y falta de motivación porque no somos capaces de mirar la realidad de otra manera, porque hemos perdido la capacidad de ver más allá de nuestro propio horizonte, porque hemos dejado de ser soñadores y visionarios.

El cristiano no puede cruzarse de brazos y esperar que Dios realice su obra. La esperanza no es resignación pasiva, no es un antídoto a nuestras frustraciones o una terapia contra la depresión. Dios realizará sus proyectos contando con el hombre, Él no va a hacer las cosas por nosotros; Él hará que cuanto hagamos alcance una plenitud que de otro modo no podría alcanzar. El Señor hará que nuestro trabajo y esfuerzo tengan la eficacia que sin su ayuda no tendrían. Por eso, vale la pena esforzarse y sacrificarse por un mundo mejor; pero, con la convicción de que no habrá un mundo mejor, un verdadero paraíso, sin la intervención de Dios. Es la esperanza la que, unida a la fe, nos hace encontrar un sentido a lo que hacemos. Los cristianos estamos llamados a testimoniar nuestra fe y esperanza, a dar razones de nuestra esperanza (Cf., 1Pe 3, 15), a “esperar contra toda esperanza.”





Hope Against All Hope


By FATHER LORENZO ATO


Man cannot live without hope; but there are hopes whose content is exhausted in a purely this-world horizon, like the utopias of a better world that have been attempted throughout history through some political project supported by an ideology. Those projects were finally seen to be a failure generating a feeling of frustration. The Christian does not simply expect a better world with justice and equity. His hope breaks the earthly horizon and any secular utopian thought. When we say that we must hope "against all hope," we refer to Christian hope. In the Old Testament we find several prophetic passages (usually read during the time of Advent), which tell us of a utopia based on a religious faith that goes beyond the earthly horizon (Cf., Is 2, 1-5; 1-10; 25, 6-10; 29, 17-24; 35, 1-10; 40, 1-11; 41, 13-20; Jr 33, 14-16; Ba 5, 1-9; Sof 3, 14-18). It is, above all, the prophet Isaiah who speaks of a future paradisiacal peace, associated with the coming of a Savior Messiah who "will judge between the nations, and will set terms for many peoples. They shall beat their swords into plowshares, and their spears into pruning hooks. One nation shall not raise the sword against another” (Is 2, 4). The utopia of Isaiah also speaks of the recovery of a harmony with nature: "the wolf shall be the guest of the lamb, and the leopard shall lie down with the young goat, the calf and the young lion shall browse together..." (Is 11, 6). The salvation brought by the Messiah is liberation from everything that affects man: "the eyes of the blind shall see, and the ears of the deaf will be opened, the lame shall leap like a stag, and the mute tongue shall sing for joy." (Is 35, 5-6). It is the overcoming of pain and human suffering, the triumph over death: "He will destroy death forever. The Lord will wipe away the tears from all faces and remove the reproach of his people" (Is 25, 8). This utopia is associated with the Christian hope of the fullness of the Kingdom of God that will be fulfilled with the glorious coming of the Lord at the end of time, and then there will be no more crying or pain and death will be annihilated (Cf., Ap 21,4).

St. Paul tells us that Abraham believed, "hoping against all hope" (Rm 4:18). Is it possible to "hope against all hope"? Authentic hope makes us see what is beyond our visual horizon, what is hidden, what is in germ, even what does not yet exist but can come into existence. Hope, based on faith, leads us to overcome the mere realism of accomplished facts, is an invitation to see otherwise, with different eyes. It is about turning our gaze towards God and, only from that outlook can we find the meaning of what apparently has no meaning, the light in the midst of darkness.

An example of what it means to be a visionary, and to hope against all hope, is presented to us in a text from the book of the prophet Baruch (Cf., Ba 5, 1-9), a passage that is proposed as the first reading in the second Sunday of Advent (in cycle C). The prophet Baruch challenges the people, struck down by the misfortune of exile, to stand up, to shed their mourning and affliction, to climb the mountain of Jerusalem and look to the east and see on the horizon the approach of the returnees. The invitation of the prophet, addressed to the few who still remain in the city, is provocative. It sounds like a mockery to those who keep alive the memory of the opprobrium of exile, and have the tragic image frozen in their retinas of their loved ones, relatives and friends, taken chained to Babylon by the soldiers of King Nebuchadnezzar. What motives for hope could a decimated town have, that contemplates its temple in ruins, submitted by the force of a powerful oppressor? Climb the mountain for what? What can you contemplate in the distance, only the immense desert, without any sign that indicates the return of those taken into exile? In this context, Baruch can appear as a "crazy visionary" who has totally lost his reason, his sense of reality; someone who dreams daydreams and simply projects his own desires in his visions, like the thirsty one who, in the middle of a desert, is the victim of the mirage of water that does not exist. Does the prophet intend to create false hopes to excite the people in order to support the tribulation and make their lives more bearable? That would be a form of alienation. Christianity is not an alienating message but a liberator of man.

In reality, the prophet is able to see what others do not see, because he looks at things differently. Crude realism is looking at things as they appear to us; but that can lead to despair, to frustration. The prophet is not inviting us to look in the distance at a geographical point that is lost in the horizon; from that perspective it is evident that he will not be able to see anything of what he mentions in his vision, even though we use powerful and sophisticated telescopes. It is necessary to completely change perspective: to look at reality from the perspective of God, from faith and hope, which allow us to see even what does not yet exist, which escapes the diligent gaze of the most experienced researcher. Hope is not the self-deception of those who believe that everything will be fixed by God's intervention alone. The Lord counts on us; with our work and effort we also contribute to the growth of the Kingdom of God on earth.

We are also invited to climb the mountain and direct our gaze to the horizon, but from a new perspective. If we are 'realistic' in our environment we may not see many reasons for hope. We suffer from hopelessness and lack of motivation because we are not able to look at reality in any other way, because we have lost the ability to see beyond our own horizon, because we have ceased to be dreamers and visionaries. The Christian cannot sit idly by and wait for God to do his work. Hope is not passive resignation; it is not an antidote to our frustrations or a therapy against depression. God will realize his projects counting on man, He will not do things for us; He will make whatever we do reach a fulfillment that he could not otherwise reach. The Lord will make our work and effort have the efficacy that without their help they would not have. Therefore, it is worthwhile to strive and sacrifice for a better world; but, with the conviction that there will not be a better world, a true paradise, without the intervention of God. It is hope that, together with faith, makes us find meaning in what we do. Christians are called to bear witness to our faith and hope, to give reasons for our hope (Cf., 1 Pet 3, 15), to "hope against all hope."

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