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Eucaristía Como Actualización del Sacrificio de Cristo en la Cruz

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La celebración de la Semana Santa nos lleva a reflexionar sobre el significado del sacrificio de Cristo en la cruz, su relación con la Última Cena y la Eucaristía. Hay que aclarar que Dios no envió a su hijo al mundo para que lo matasen en una Cruz, sino para traernos la salvación. La muerte de Jesús en la cruz no es el cumplimiento de un mandato del Padre para que Jesús “pague” por nuestros pecados o para “aplacar la ira” de un Dios que, como sucedía en algunas antiguas religiones paganas, exigía sacrificios humanos (incluso de los primogénitos). El sacrificio de Cristo en la cruz no tiene absolutamente nada que ver con ese tipo de prácticas sacrificiales. El Padre amaba y ama entrañablemente a su Hijo único, el Padre eterno no podía querer una muerte humillante de su amado Hijo. No era de necesidad absoluta que Cristo tuviese que morir en la cruz, Él podía redimirnos de otro modo; sin embargo, la obediencia y fidelidad de Jesús a su misión; y, por otra parte, las circunstancias históricas del rechazo de los hombres al anuncio de salvación, lo llevaron a enfrentarse a la posibilidad real de ser ajusticiado en una Cruz. Jesús asumió esa posibilidad voluntariamente y convirtió su muerte en la cruz en causa de salvación para toda la humanidad. Por ello, de hecho, Jesús con su muerte en la cruz nos redimió del pecado.

Jesús nos amó hasta el extremo y entregó su vida por nosotros. La manifestación de ese amor va más allá de su muerte en la cruz. Él ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, para seguir ofreciéndose al Padre por nosotros. La Eucaristía nos remite a Cristo, nos da a Cristo mismo en persona como pan de vida eterna.

El punto de partida para la comprensión de la Eucaristía, como misterio estricto de nuestra fe, es la Última Cena histórica de Jesús, tal como nos es relatada en la Escritura, particularmente en el relato paulino más primitivo (Cf., 1Cor 11, 23-25). Dicha Cena no puede quedar reducida a una “comida” de Jesús con sus discípulos, sino que tiene el sentido de una “comida pascual”. No se puede entender el verdadero sentido de esa Cena Pascual sin referencia al acontecimiento histórico de la muerte de Cristo en la cruz. Esto significa tomar conciencia también que dicha muerte tiene un sentido sacrificial salvador, y no puede ser considerada como el final abrupto o trágico de una existencia humana.

¿En qué sentido la misa es un verdadero sacrificio? Aunque el Nuevo Testamento no aplica el término “sacrificio” a la Eucaristía, ésta tiene un contexto sacrificial vinculada al sacrificio de Cristo en la cruz. Las circunstancias de la institución de la eucaristía apuntan inequívocamente a su carácter sacrificial. Hay que tener en cuenta que los fines del sacrificio son: expiación por los pecados, reconciliación con Dios, adoración, entrega y comunión con Dios (Cf., Auer/ Ratzinger: Curso de Teología Dogmática, Vol. VI: Sacramentos, Eucaristía. Herder, Barcelona 1987, p. 258). Desde los primeros tiempos de la Iglesia hay claros testimonios de la Eucaristía como sacrificio o del sacrificio de la misa; entre estos testimonio tenemos el de la Didakhé 14, 1-3, Clemente de Roma (PG 1, 288); Ignacio de Antioquia (PG 5, 700); Tertuliano (Adv. Jud. 5 y 6). Cipriano habla expresamente de la eucaristía como “sacrificio”, “la pasión del Señor es el sacrificio que nosotros ofrecemos” (PL 4, 387). Cirilo de Jerusalén dice: “nosotros ofrecemos en sacrificio a Cristo inmolado por nuestros pecados; y así reconciliamos al Dios misericordioso con ellos (los difuntos) y con nosotros” (PG 33, 1117). En la misma línea tenemos a San Juan Crisóstomo, San Agustín y otros Padres de la Iglesia (Cf., Auer/ Ratzinger: Curso de Teología Dogmática, Vol. VI. O. Cit., pp. 262-266).

¿Qué diferencias hay entre el sacrificio de Cristo en la cruz y el sacrificio de la misa? El sacrificio de la cruz es absoluto y único, el de la misa es relativo y múltiple; el sacrificio de la cruz es una ofrenda cruenta, el de la misa es ofrenda incruenta; en el sacrificio de la cruz se opera la obra de nuestra redención de una vez para siempre, en el sacrificio de la misa se nos aplica para nosotros los méritos redentores del sacrificio de la cruz. Igualmente el sacrificio de la misa se diferencia de la última Cena: en la Cena tuvo lugar la institución y el mandato de ofrecer el sacrificio, mientras que en el sacrificio de la misa sólo se trata de cumplir y ejecutar (Cf., Auer/ Ratzinger: Curso de Teología Dogmática, Vol. VI. O. Cit., p, 273). “Hay que afirmar ante todo que la cena y el sacrificio de la misa tienen su razón de ser y su objetivo en el sacrificio de Cristo en la cruz. El hecho de que Cristo haya instituido la eucaristía bajo la forma de un banquete pascual, puede indicar que el sacrificio de la misa reviste la forma de un banquete sacrificial, es decir, de un sacrificio en el que se toma parte a través del banquete” (Ibid., p. 279).

El concilio de Trento, en la Sesión XXII, de septiembre de 1562, precisó la doctrina de la Tradición que considera a la misa como verdadero sacrificio, allí se nos dice que el sacrificio de la misa es un sacrificio verdadero y propio, no puede ser reducido a un banquete de Cristo; pero el sacrificio de la misa es un “sacrificio relativo” en comparación con el único sacrificio de Cristo en la cruz (“sacrificio absoluto”). Trento aclara que el único sacrificio de la nueva alianza, real e independiente, es el sacrificio que Jesucristo ofreció en la cruz (sacrificio cruento), ese mismo sacrifico se hacer presente, o actualiza incruentamente, en la misa para nuestra salvación. “Y porque este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquél mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la cruz (Hebr. 9, 27); enseña el santo Concilio que este sacrificio es verdaderamente propiciatorio...”(Magisterio de la Iglesia, Dz 940). En la doctrina de Trento se precisa que el sacrificio de la misa no es solamente un sacrificio de alabanza y de acción de gracias, o mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz, sino verdadero sacrificio propiciatorio que puede ser ofrecido por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades (Cf., Canon 3). La misa, pues, es un sacrificio de alabanza y acción de gracias, sacrificio de impetración y sacrificio de expiación.

La Eucaristía ocupa en lugar especialísimo dentro de los siete sacramentos, pues en ella no sólo se nos confiere la gracia sino que se hace presente el mismo autor de la Gracia, Jesucristo, quien nos comunica su acto redentor para nuestra salvación en el hoy de nuestra historia.

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