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Evangelio y Cultura

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Toda religión, independientemente de que sea revelada o no, es también un hecho social, un hecho cultural. Ninguna religión se vive en estado puro, tampoco el cristianismo. No existe un cristianismo puro, tampoco lo era el cristianismo primitivo. El cristianismo original era ya un ‘hecho cultural’, socialmente condicionado por las circunstancias históricas de la época. Toda religión viene mediada por los elementos culturales. Es una ilusión pretender, por ejemplo, abstraer de los textos bíblicos o patrísticos un ‘kerigma’ o contenido doctrinal en estado de pureza. La fe cristiana existe en plasmaciones históricas concretas. El cristianismo, como religión, “no puede ser encontrado fuera de la historia. No existe, ni subsiste, fuera de sus concreciones históricas, más exactamente: existe en y por esas concreciones históricas” (Boff, L.: Catolicismo Popular: que é catolicismo?, en: REB. Revista eclesiastica brasileira, Vol. XXXVI, Fasc. 141 (1976), p. 25 [Traducción directa]).

Ha habido algunos intentos en la historia de llegar a un supuesto ‘cristianismo primitivo’ en estado ‘puro’, el cual sería punto de partida para evaluar la evolución del cristianismo posterior. En el ámbito bíblico ha habido intentos, como el de Joaquín Jeremías, M. Dibelius, entre otros, de llegar a través de procedimientos exegéticos rigurosos hasta las mismas ipsissima facta et verba de Jesús (los “hechos puros” y las “verdaderas palabras” dichas por Jesús); de este modo se pretendía llegar a un núcleo ‘puro’, que estuviese incontaminado por lo sociocultural y los condicionamientos del cristianismo institucionalizado. Ese núcleo ‘puro’, según autores mismos, sería lo propiamente ‘evangélico’ y todo lo demás sería mera ‘interpretación’ o ‘traducción’ del mensaje bíblico. Pero, como señala L. Boff, una tal pretensión resulta del todo irrealizable. Además del problema hermenéutico que se plantea, es una pretensión utópica, ignora que esos ‘hechos y palabras’ de Jesús están también mediados culturalmente. 

Aunque religión y cultura no se identifican formalmente, hay que evitar reintroducir un nuevo dualismo entre ambas, como si se tratase de compartimentos estancos de la experiencia humana; como si entre ellas no hubiera una conexión. No hay propiamente culturas sin religión, toda religión es un hecho cultural (aunque no sea reductible a lo cultural). El estudio antropológico de la religión nos permite conocer la cultura de los pueblos; asimismo, el estudio de la cultura de los pueblos no puede prescindir del estudio de sus creencias y prácticas religiosas. La religión es, ciertamente un ‘elemento’ constitutivo de la cultura, sin que se reduzca a ésta.

Exégetas, biblistas y teólogos pastoralistas, están tomando mayor conciencia de la necesidad de recurrir a los aportes de las ciencias sociales, de la antropología cultural, como disciplinas auxiliares que ayuden a una mejor comprensión no sólo de los textos bíblicos, sino también de la teología misma. Ignorar los aportes de las disciplinas antropológicas, de la sociología, la antropología cultural, etc., sería exponerse al riesgo de caer en una visión típicamente etnocentrista, con un marcado carácter ideológico. Los investigadores del llamado “Grupo de Contexto” (del “Proyecto para el estudio de la Biblia a la luz del entorno cultural”), grupo de estudiosos de la Biblia surgida en Norteamérica y que se ha extendido a otros países, han aplicado, con notable éxito, las ciencias sociales, la antropología cultural, al estudio de los textos bíblicos. Algunos biblistas norteamericanos, conscientes de la gran diferencia de su propio entorno cultural con el mundo mediterráneo tradicional en el que se mueven los personajes del Nuevo Testamento, han querido establecer un puente entre esos dos mundos culturales tan diversos utilizando como mediación el recurso a la antropología cultural y a las ciencias sociales. “Estos investigadores norteamericanos y sus colegas en Australia, Noruega, Sudáfrica y Alemania se han constituido en un equipo de colaboración para estudiar el Nuevo Testamento tal como se halla enclavado en el mundo mediterráneo de la Antigüedad. Al realizar sus estudios ellos se valen específicamente de las ciencias sociales. Se llaman ‘The Contex Group’ (‘El Grupo de Contexto’) y enfocan ante todo el contexto cultural de las iglesias que en principio transmitieron la Escritura del Nuevo Testamento” (Malina, B.J.: El mundo del Nuevo Testamento. Perspectivas desde la antropología cultural. Verbo Divino. Estella (Navarra), 1995, p. 7). En Norteamérica destaca, como el gran pionero e inspirador de ese grupo Bruce. J. Malina. En España son muy conocidos los trabajos de Rafael Aguirre, quien aplica las ciencias sociales al estudio del Nuevo Testamento. Los modelos tomados de las ciencias sociales, de la antropología cultural, aplicados a la Biblia, - como dice B. J. Malina - “no ofrecen una explicación alternativa de la Biblia, ni prescinden del estudio crítico-literario, histórico y teológico. Más bien añaden una dimensión que no está al alcance de otros métodos” (Malina, B.J.: El mundo del Nuevo Testamento. O. Cit., p. 10). B. J. Malina nos dice que la comprensión de lo que es el ser humano se basa en el siguiente presupuesto: “todos los seres humanos son totalmente iguales, totalmente diferentes, y al mismo tiempo algo iguales y algo diferentes” (O. Cit., p. 21). Lo “totalmente igual” haría referencia a la “naturaleza” o esencia del ser humano. Lo “totalmente diferente” a nuestra realidad como personas (somos “únicos e irrepetibles”); lo “algo igual y algo diferente” se relacionaría más con la cultura.

Todos parecen estar de acuerdo en que para entender el significado de un texto antiguo es necesario saber lo que el autor quería decir y lo que entendían sus destinatarios. No podríamos entender adecuadamente el mundo del Nuevo Testamento, sin entrar de algún modo en la cultura mediterránea del siglo I y del Oriente próximo; lo mismo vale para cualquier texto perteneciente a otras culturas, lo mismo vale para cualquier intento de acercarnos a un mundo cultural distinto al nuestro, cualquiera que éste sea y cualquiera que sea el tiempo que nos separa. De ahí la importancia que cobra la antropología cultural, las ciencias sociales, las mismas que, a través de modelos, nos permiten comprender otros sistemas culturales. “La antropología lucha contra el etnocentrismo y el anacronismo, e intenta meterse en el mundo social de los valores y de los símbolos de otras culturas y de otros pueblos” (Aguirre, R.: Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. Ensayo de exégesis sociológica del cristianismo primitivo. Verbo Divino. Estella (Navarra), 1998, p. 17). No se trata, como es obvio, de propugnar ningún tipo de sociologismo reduccionista que pretendiera interpretar los hechos religiosos desconociendo la dimensión específica de la fe. La fe, la experiencia religiosa, jamás puede agotarse en una interpretación cultural o sociológica.

Con frecuencia, como lo hace notar B.J. Malina, los comentaristas bíblicos, historiadores, o el lector común de la Biblia, deducen con facilidad significados que en realidad no responden a lo que el hagiógrafo pretendía, ello se debe a que, inconscientemente, se traslada al texto bíblico significados que son propios de nuestra cultura, lo cual constituye, sin duda, una gran tergiversación del sentido de los textos bíblicos. Esto mismo puede suceder también a la hora de interpretar o valorar las costumbres y tradiciones culturales diversas a las nuestras. Pensamos, muchas veces de buena fe, que los otros tendrían que actuar del mismo modo que nosotros actuamos, según nuestra propia cultura. Podemos ser ‘etnocéntricos’ sin caer en la cuenta de ello.

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