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Fidelidad Al Magisterio Ordinario Del Papa

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La verdad para nuestra salvación se encuentra contenida en el depósito de la fe (la Sagrada Escritura y la Tradición), cuya interpretación auténtica ha sido confiada al Magisterio de la Iglesia. De este modo, cuando se define la doctrina de fe y costumbres tenemos la garantía de la asistencia del Espíritu Santo prometida al sucesor de Pedro y a los obispos en  comunión con él. El Concilio Vaticano II, recogiendo el dogma definido en el Concilio Vaticano I sobre la infalibilidad del Papa cuando habla ex cathedra, nos enseña que “el Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32), proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres” (Lumen Gentium, 25). Esas definiciones del sucesor de Pedro, “son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo” (Ibid.,). “La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro” (Ibid.).

De la doctrina antes expuesta sobre la infalibilidad del Papa en materia de fe y costumbres, no se puede inferir que los católicos debemos prestar el asentimiento de la fe y obediencia al Santo Padre solamente cuando habla ex cathedra. En muy pocas ocasiones el sucesor de Pedro ha hecho uso de esta prerrogativa que corresponde al magisterio extraordinario; pues, casi siembre ejerce el magisterio ordinario a través de diversos documentos pontificios, tales como las encíclicas, exhortaciones pastorales, bulas, cartas apostólicas, entre otros. ¿Cuál es el grado de asentimiento y de obediencia que debemos al magisterio ordinario del Sumo Pontífice? Hay algunos católicos que con mucha ligereza cuestionan sin reservas la enseñanza del Santo Padre contenidas, por ejemplo, en una encíclica o una exhortación apostólica, aduciendo que no se trata de documentos que definan asuntos de fe y costumbres. A raíz de la publicación de la Exhortación Pastoral Amoris Laetitia, algunos grupos ultraconservadores, como los miembros de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), han cuestionado duramente la postura del Papa; si bien es cierto que se trata de una organización que no se encuentra en plena comunión con Roma por “cuestiones doctrinales” (según ellos mismos aducen), no debe dejar de llamarnos la atención sus posturas totalmente irreverentes contra el Santo Padre, posturas que se sustentan en la soberbia, en la falsa convicción de estar en plena posesión del verdad, asumiendo que el Papa se habría apartado de la verdadera doctrina. Jesucristo ha garantizado la asistencia del Espíritu Santo al sucesor de Pedro y a los pastores en comunión con él, no a un grupo de “iluminados” que se irrogan a sí mismo la custodia del depósito de la fe pretendiendo presentarse como garantes de la ortodoxia. Como regla de oro, los católicos nunca podemos prestar oídos a quienes proclaman que el Papa se ha apartado de la verdadera doctrina, porque eso sería aceptar que Cristo incumplió su promesa y que las puertas del mal han prevalecido finalmente sobre la Iglesia (Cf., Mt 16, 18-19). Todo lo que divide y separa en la Iglesia no puede provenir de Dios sino del maligno. Los católicos podemos tener la certeza de mantenernos en la verdadera doctrina si estamos siempre en comunión con el Santo Padre; no debemos olvidar la frase de san Ambrosio: “Ubi Petrus ibi Ecclesia” (“Donde está Pedro, allí está la Iglesia”).

Cuando existen cuestiones controvertidas normalmente se deja la suficiente libertad a los teólogos para discutir esos temas; pero, en algunos casos, si bien es cierto que el Santo Padre no recurre al magisterio extraordinario (ex cathedra) para zanjar una discusión, eso no quiere decir que los católicos tengan plena libertad para cuestionar las enseñanzas del Papa en su magisterio ordinario. El Concilio Vaticano II nos enseña que los católicos deben prestar el asentimiento de la voluntad y del entendimiento, de modo particular, “al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo” (Lumen Gentium, 25). El magisterio ordinario del Santo Padre expresado en documentos pontificios, sin bien es cierto que no son considerados infalibles, no quiere decir que podamos cuestionarlos abiertamente, contradecirlos públicamente o apartarnos de esas enseñanzas. El Código de Derecho Canónico recoge lo dicho por el Concilio Vaticano II sobre este punto: “Se ha de prestar asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad, sin que llegue a ser de fe, a la doctrina que el Sumo Pontífice o el Colegio de los Obispos, en el ejercicio de su magisterio auténtico, enseñan a cerca de la fe y de las costumbres, aunque no sea su intención proclamarla con un acto decisorio; por tanto, los fieles cuiden de evitar todo lo que no sea conforme con la misma” (C.I.C., canon 752). Con frecuencia el Santo Padre hace pronunciamientos sobre diversas materias pastorales y cuestiones éticas, a través de las Congregaciones de la Curia Romana, los documentos que estas congregaciones emiten son aprobados por el Papa, en consecuencia tienen el valor de magisterio ordinario. Si bien es cierto que los laicos “tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia” (Lumen Gentium, 37), deben hacerlo con prudencia, “salvando siempre la integridad de la fe y las costumbres”, con reverencia y caridad a sus pastores (Cf., C.I.C, canon 212, & 3); así mismo, el Concilio exhorta a los fieles para que “acepten con prontitud de obediencia cristiana aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en su calidad de maestros y gobernantes” (Lumen Gentium, 37). No hay nada que justifique un trato irreverente al Santo Padre, menos todavía una actitud desafiante y de cuestionamiento público. Los católicos debemos expresar en todo momento al Santo Padre nuestra adhesión filial, nuestro profundo amor y respeto, orando siempre por él.

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