Si Escuchas Su Voz

Fortaleza Desde La Debilidad

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Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,10).

Después de los episodios del Monte Carmelo, en los que se narra el enfrentamiento del profeta Elías con los profetas de Baal (Cf., 1Re 18, 20-40), Elías se ve obligado a huir al desierto hacia el monte Horeb, pues teme por su vida. Su fidelidad a Dios le ha ocasionado graves problemas. Ahora el profeta se siente sin fuerzas, indefenso, perseguido, amenazado. En esas circunstancias experimenta la soledad y la frustración humana, al punto de desear la muerte (1Re 19, 3-4); pero Dios le sale al encuentro y lo anima a continuar el camino, lo alimenta con pan y agua a fin de que recupere sus fuerzas para la larga travesía por el desierto, “cuarenta días y cuarenta noches” hasta llegar al monte del Señor.

Hay situaciones muy duras en la vida del creyente, en las cuales podemos experimentar una especie de silencio de Dios, como si nos hubiera abandonado a nuestra propia suerte, como si no escuchara nuestras súplicas y gritos de auxilio, y sentimos que desfallecemos. La fe se purifica en los momentos de la prueba. Dios no nos ha prometido librarnos de la prueba, del dolor, del sufrimiento, de la persecución; lo que nos ha prometido es estar siempre con nosotros, caminar a nuestro lado, darnos la fuerza necesaria para no sucumbir ante el desaliento. La fe, como dice el papa Francisco, no hace que nos olvidemos del sufrimiento, ella nos permite caminar en la noche, aunque no siempre se logre disipar las tinieblas; “al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña” (Lumen Fidei, 57). La fidelidad a Dios exige la fe y el sacrificio de nuestra parte. Cada uno de nosotros, como Elías, tiene que pasar por esa experiencia de desierto, como tiempo de prueba, de purificación de nuestra fe. Dios nos da su gracia para mantenernos firmes, al final nuestra fe saldrá fortalecida. Como a Elías, el Señor también nos dice: “Levántame, come, que el camino es superior a tus fuerzas” (1Re 19, 7). Dios nos alimenta con el pan de su Palabra y el pan de la Eucaristía, alimento espiritual que nos fortalece interiormente.

El apóstol Pablo nos narra su experiencia personal de lucha consigo mismo para tratar de superar sus propias debilidades, experimenta la flaqueza y su propia incapacidad para, por sí mismo, hacerse “virtuoso”; invoca el auxilio del Señor para que le ayude en su esfuerzo ascético, para que lo libre de sus flaquezas, pero obtiene como única respuesta: “Te basta mi gracia, y mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2Cor 12, 9). El Apóstol, toma entonces conciencia que debe renunciar al afán individualista de protagonismo, a ser artífice de “méritos propios” o  pretender justificarse delante de Dios en virtud de “buenas obras”; llega al convencimiento de que con sus solas fuerzas no puede lograr nada, que no puede gloriarse de mérito alguno, que debe poner toda su confianza en el Señor y dejarse transformar por el Espíritu; considera, entonces, que su debilidad, lejos de ser un obstáculo para crecer en la vida del Espíritu, es la ocasión para que se muestre la fuerza de Dios: “...me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,10). La toma de conciencia de la propia debilidad, sin embargo, no puede ser una justificación para renunciar al esfuerzo y dar el “combate de la fe”. La convicción del Apóstol es, finalmente, que sin la gracia de Dios, el hombre no puede hacer nada bueno; por contrapartida: con la gracia de Dios “el hombre lo puede todo”: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13). La debilidad, entonces, se convierte en fortaleza.

La experiencia personal de Pablo es extrapolable, en cierto modo, a la Iglesia como institución. La fuerza de la Iglesia para cumplir con su misión no puede radicar en alianzas con el poder, menos aún en querer controlar algún tipo de poder terrenal. La fuerza de la Iglesia, se sustenta en la fuerza del Espíritu que la anima y acompaña, en la presencia permanente del Señor que le ha garantizado estar con ella “todos los días hasta el fin del mundo” (Cf., Mt 28, 20). La experiencia histórica nos enseña que cada vez que la Iglesia intentó alianzas con el poder terrenal, fue en desmedro de su misión; y, por el contrario, cada vez que la Iglesia ha sido perseguida ha salido más fortalecida en su impulso misionero.

Los graves hechos que están ocurriendo en países como Nicaragua y Venezuela, donde los gobernantes embriagados del poder vulneran los derechos elementales de sus propios ciudadanos, ponen a la Iglesia en la obligación moral de ser “la voz de lo que nos tienen voz”, de denunciar, sin temor a represalias, las injusticias que se cometen contra los más vulnerables. De ahí que la firme actitud asumida por los pastores, en las naciones antes mencionadas, no debe ser indiferente para nadie.

La Iglesia, en situaciones de conflictos, ciertamente, tiene que cumplir una función mediadora; pero, en circunstancias concretas, como las antes mencionadas, no puede pretender mantenerse en una postura “absolutamente neutral”, como si fuera un árbitro entre partes enfrentadas, sino que tiene que ponerse del lado de los más débiles. El diálogo debe sustentarse en la verdad y el respeto por la justicia.  En el cumplimiento de su misión, la Iglesia no hace cálculos políticos, no pacta con el poder de turno, asume el riesgo de la persecución. Un signo inequívoco de que la Iglesia está cumpliendo fielmente su misión es, precisamente, la persecución. No es que la Iglesia fomente la persecución contra sí misma, o tenga “vocación martirial”, la Iglesia busca simplemente ser fiel a su misión.

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