Si Escuchas Su Voz

Hablemos del ‘Más Acá’

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En el Evangelio de san Lucas se nos presenta la conocida parábola del pobre Lázaro (Cf., Lc 16, 19-31), cuyo trasfondo es un llamado a la compasión y solidaridad para con el pobre que sufre. El texto no pretende hacer un “reportaje al más allá” (algo así como el infierno de Dante que se describe en la clásica obra “La Divina Comedia” del poeta florentino Dante Alighieri) sino hablarnos de nuestra responsabilidad en el “más acá”, pues es en esta vida, en el aquí y en el ahora (Hic et nunc) donde se juega la posibilidad de nuestra salvación o condenación. Mientras que la salvación es siempre una obra de Dios, la condenación es una obra del hombre.

El papa Francisco, en su mensaje para la Cuaresma del año 2017 toma ese pasaje del Evangelio de Lucas y nos dice: “Dejémonos guiar por ese relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión”. El texto, pues, tiene que ver con la praxis cristiana, con la práctica de la compasión. El pasaje contiene un severo cuestionamiento a quienes organizan su vida sin importarles el sufrimiento de los pobres, se condena la indolencia, la indiferencia frente al otro.

La fe no puede separarse de la práctica de la justicia. Es imposible pretender vivir la religión sin un compromiso real con la justicia. El cristianismo no les dice a los pobres que sufran con resignación su situación presente, y que después, en la “otra vida”, serán recompensados, eso sería una ideología que justificaría las situaciones de injusticia inaceptables. Por el contrario, la fe nos lleva a un serio cuestionamiento de la realidad presente, a nivel personal y social. El Papa Francisco señala con toda claridad que “nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social” (Evangelii Gaudium, 201).

La fe, la esperanza en la vida eterna, exigen la práctica de la justicia y la caridad aquí y ahora; porque es aquí, en esta vida terrenal donde se gana o pierde la salvación. Es aquí en esta vida, y mientras tengamos vida, donde construimos lo que será nuestro destino definitivo. Solo mientras el hombre vive tiene la posibilidad de arrepentirse, tomar decisiones libres y darle un giro a su vida. Con la muerte se acaba para el hombre toda posibilidad de cambiar su destino final. Considerando lo efímero de la existencia humana, el tiempo y la eternidad, resulta una insensatez malgastar la vida terrena en lo que no perdura. Dios no ha venido a condenar sino a salvar. Si existe la condenación es porque existe el libre albedrío del hombre que decide no amar a Dios. Ese no amor a Dios es un no amor al hombre, particularmente del pobre, rostro sufriente de Cristo que nos cuestiona e interpela. Lázaro es, sin duda, un personaje perturbador para la conciencia adormecida de quienes pretenden ignorar la presencia de los pobres. Lázaro – como bien dice el papa Francisco– “nos enseña que el otro es un don”; “incluso el pobre a la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida” (Mensaje para la Cuaresma 2017).

En el Antiguo Testamento, los profetas cuestionaron duramente la pretensión de separar el culto de la práctica de la justicia. El profeta Amós, por ejemplo, condena la indolencia, la insensibilidad ante el sufrimiento del pobre, más aún en quienes se ufanan de ser fieles cumplidores de la ley del Señor. Amós, conocido como el “profeta de la justicia”, cuestiona las falsas seguridades de aquellos que no ponen su confianza en Dios. El profeta arremete contra la “hipocresía religiosa” de quienes pretenden estar en bien con Dios por el solo hecho de cumplir con ciertas prácticas cultuales, entendidas como ‘deberes religiosos’, viviendo en el confort y el derroche, ignorando la suerte de los pobres y el compromiso con la justicia (Cf., Am 6, 4-7). Condena a aquellos que “venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias” (Am 2, 6). No hay auténtica religión sin un compromiso por la justicia, sin vivencia de la solidaridad.

La parábola del Evangelio de Lucas nos describe la situación de esos personajes (un pobre que sí tiene nombre, y un “rico sin nombre”), su existencia terrenal y su destino después de esta vida. El rico, a quien la tradición ha identificado con el nombre de “Epulón”, vivía como generalmente viven las personas opulentas de nuestro tiempo: se vestía con lo mejor, se banqueteaba, se daba la gran vida, derrochaba; pero era incapaz de mirar a alguien que estaba muy cerca de él, allí en su propia puerta, el pobre. Probablemente se había habituado a verlo, tanto que ya no le llamaba la atención. Hay que curarnos de la indiferencia que endurece el corazón, no hay que perder nunca la capacidad de compadecernos, indignarnos y hacer nuestro el sufrimiento del otro.

En muchos países del mundo se han venido implementando modelos económicos de corte neoliberal, con algunos maquillajes. Los defensores de ese modelo económico siguen creyendo dogmáticamente que la pobreza se resuelve con mayores inversiones, pues generan mayores puestos de trabajo. Piensan que un mayor crecimiento económico permitirá el ‘chorreo’ para los más pobres. El Papa Francisco cuestiona las llamadas teorías del ‘chorreo’, y las ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera (Cf., Evangelii Gaudium, 54). No se trata de hacer que la economía ‘chorree’ desde arriba a los más pobres sino de generar las condiciones para una justa distribución de la riqueza y el cierre progresivo de la enorme brecha existente entre los que viven en la sobreabundancia y los que no tienen nada.

En América Latina, África y varios países de otras latitudes, como por ejemplo en la India, saltan a la vista los enormes contrastes y desigualdades sociales y económicas: unos pocos que epulones que ostentan el poder económico y millones de personas en extrema pobreza que esperan sobrevivir con las migajas que los ricos dejan caer de sus mesas. Esa situación de injusticia e inequidad clama al cielo. ¿Por qué se ha llegado a esa situación? ¿cómo es posible que la indolencia sea lo habitual y la solidaridad lo excepcional?

Como bien decía el apóstol Pablo: “La raíz de todos los males es el apego al dinero” (1Tm 6, 10). El apego del dinero produce en el hombre una “ceguera” que no le permite darse cuenta de la existencia del pobre, endurece su corazón, lo hace indolente. Con esa ceguera el rico va sellando su destino final, por ello dice Jesús en el Evangelio, “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!” (Mc 10, 25). Con ello no quiso decir que los ricos no se salvarán, sino que, mientras tengan su corazón apegado al dinero, tienen escasas opciones. La presencia del pobre no puede ser ignorada o negada. Tampoco se puede evitar las consecuencias de dicha negación. Nuestras decisiones tomadas en esta vida se hacen irreversibles después de la muerte.

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