First Place Award for General Excellence, Catholic Press Association, 2013-2016

Haciendo Nuestro Camino a Través de Una Tormenta Que Golpeó Mi Hogar
Por WANDA F. VASQUEZ
Foto por Wanda F. Wasquez ©
CAMINO A NUEVA YORK—Wanda F. Vasquez, a la derecha, directora del Ministerio Hispano en la arquidiócesis, se toma su propia foto junto a su madre, Carlota Figueroa, y su hermana, Ines Figueroa, en el Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín de San Juan, Puerto Rico, antes de tomar su vuelo a Nueva York. Las dos hermanas ayudaron a evacuar de su casa en la isla de Vieques a la señora Figueroa el mes pasado.

WANDA F. VASQUEZ

Director del Ministerio Hispano,
Arquidiócesis de Nueva York

Muchos no se dan cuenta de que nací y crecí en Puerto Rico. Mi unión con Puerto Rico es muy personal, especialmente durante este tiempo cuando nos enteramos del sufrimiento de la gente de la isla como resultado del huracán María, una súper tormenta de categoría 5 que devastó a Puerto Rico. 

Debo mencionar que mi madre vive en Puerto Rico. Me informaron que el 95 por ciento de Puerto Rico no tenía electricidad y el 80 por ciento de la isla no tenía agua. Mis dos hermanas y yo estábamos desesperadas por encontrar a mi madre. Nos comunicamos a través de las redes sociales con muchos grupos quienes estaban en la isla de Vieques, donde vive, para tratar de localizar a nuestra madre y a los miembros de nuestra familia. El único medio de comunicación en ese momento era Facebook y WhatsApp. Recibí noticias del bienestar de mi madre el 7 de octubre. Este día seguirá vivo en mis pensamientos debido a las bendiciones que recibí de esa llamada telefónica. Las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia que viven en todo Puerto Rico han estado trabajando para proporcionar apoyo espiritual y establecer comunicación entre las personas y sus familiares. Las hermanas se acercaron para informarme que mi madre estaba bien. Fue la llamada telefónica más feliz que he recibido, en los últimos tiempos.

Inmediatamente hicimos arreglos para viajar a Puerto Rico el 20 de octubre para evacuar a mi madre de Vieques. Las limitaciones impuestas por los militares no nos permitieron viajar antes del 14 de octubre. Nuestro viaje fue largo y difícil, 3 horas y 34 minutos para llegar al Aeropuerto Internacional de San Juan, tomar un taxi a Isla Grande, y esperar cuatro horas para abordar el vuelo chárter que nos llevaría a Vieques. Los vuelos chárter de Vieques Air Link habían perdido muchos aviones debido al huracán y solo había dos aviones de turbina funcionando el día que viajamos. Un segundo problema fue el limitado racionamiento de gasolina. Los aviones solo podían volar cuando se alcanzaba la cantidad máxima de pasajeros. En el vuelo, vimos muchas cubiertas azules mientras volamos sobre casas que han perdido techos y casas que fueron completamente destruidas.

Permanecimos en la isla de Vieques por cinco días, sin electricidad ni agua. Aunque portamos suministros como lámparas y cargadores alimentados con energía solar, filtros de agua y baterías para ayudarnos a pasar los días, al tercer día nos encontramos desesperados y ansiosos. Vieques todavía estaba bajo de la Ley Marcial, y todos sus residentes tenían que permanecer en sus hogares a partir de las 6 p.m. hasta las 6 a.m. todos los días. Las empresas permanecieron abiertas solo de 11 a.m. a 4 p.m., y el agua que utilizamos durante nuestra estadía fue embotellada y limitada. El único hospital en Vieques fue cerrado porque los generadores dejaron de funcionar y los recursos entregados a la gente de la isla fueron insuficientes. Las tardes eran largas y el sueño no era una opción para muchos debido al saqueo. Mi madre aguantó 30 días viviendo en este tipo de ambiente, donde nadie estaba seguro, ni siquiera en sus hogares.

El día antes de nuestra partida, donamos nuestros suministros a los ancianos en la comunidad, y asistimos a la Misa en la Iglesia de la Inmaculada Concepción en la plaza del pueblo. Solo 12 personas estuvieron presentes para la Misa porque el racionamiento de gasolina, las carreteras todavía estaban bloqueadas con árboles y escombros, o los feligreses simplemente no tenían un medio de transporte.

Salimos de Puerto Rico un día antes de que originalmente fuéramos programados para partir. En el Aeropuerto Internacional de San Juan, vimos a cientos de personas en espera buscando desesperadamente vuelos para salir de Puerto Rico. Las varias personas con las que logré hablar estuvieron en el aeropuerto por tres días o más buscando vuelos a Nueva York, Florida, y Texas. Muchos perdieron todas sus pertenencias, pero el sentido de fe y espíritu permaneció en sus ojos. Un caballero dijo en voz alta: “Hemos perdido todos nuestros bienes materiales, que realmente no son importantes, porque Dios nos bendijo con la vida”. Su comentario alentó a todos los presentes a darse cuenta de que Dios tiene el control de nuestra vida cotidiana, y Él está aún más presente en el peor de los momentos. Hoy, mi madre está a segura y lejos de una situación que siempre permanecerá en todos nuestros recuerdos.  Mi madre está traumatizada, pero de buen ánimo.

También fui bendecida cuando fui invitada a acompañar al Cardenal Dolan, el Obispo Nicholas DiMarzio de Brooklyn, Mons. Kevin Sullivan, y los Padres Eric Cruz y James Cruz para visitar Puerto Rico el día 30 de octubre. Cuando llegamos al Aeropuerto Internacional de San Juan nos encontramos con el Arzobispo de San Juan, el Arzobispo Roberto González, quien nos acompañó a la Catedral Metropolitana Basílica de San Juan Bautista donde el Cardenal Dolan celebró una Misa de Solidaridad con el Pueblo de Puerto Rico.

Lo más destacado fue la colaboración entre el Cardenal Dolan y el Obispo DiMarzio. Se identificaron con las personas que están sufriendo después de la tormenta al brindar la ayuda financiera necesaria para aliviar parte del sufrimiento en Puerto Rico. También visitamos Caritas International y las Hermanas Carmelitas enclaustradas del pueblo de Trujillo Alto. Los corazones de las personas que conocimos se elevaron en animo porque muchos habían sentido que Puerto Rico había sido olvidado.

Las palabras tranquilizadoras del cardenal y su delegación ayudaron a la gente a saber que el mundo estaba prestando atención de sus situaciones.  El pueblo de Puerto Rico sufrió 30 horas de la tormenta, pero tengo la firme convicción de que la fe y el espíritu que se nos muestran durante nuestra visita siempre serán fuertes. Como muchos han hecho resonancia desde la tragedia, Puerto Rico y su pueblo se levantarán nuevamente. ¡Puerto Rico Se Levantara!

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