First Place Award for General Excellence, Catholic Press Association, 2013-2016

Si Escuchas Su Voz
‘Hemos Encontrado al Mesías’
Si Escuchas Su Voz
Padre Lorenzo Ato

Nuestra fe en Jesucristo es, ante todo, el fruto de una experiencia de encuentro con Él. Creemos en Jesús no tanto por lo que otros nos han hablado de Él, no tanto por lo que hayamos escuchado o leído acerca de Jesús sino por nuestra experiencia de encuentro personal con Él a través de la fe. Los primeros discípulos de Jesús creyeron en Él y lo siguieron porque tuvieron una experiencia de encuentro con Él, a tal punto que podían anunciarlo llenos de alegría diciendo: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41). Es el encuentro con Jesús lo que hace cambiar nuestra vida; Él no está lejos de los que lo buscan, Él mismo está saliéndonos al encuentro cada día.

El Evangelio de Juan nos presenta un breve relato del llamado (vocación) de los primeros discípulos de Jesús (Cf., Jn 1, 35-42). El pasaje bíblico tiene un marcado acento autobiográfico, se trata de un relato personal, como quien cuenta la historia de su propia vocación; es como el diario de una vocación. Esa experiencia de encuentro con Jesús debió quedar muy grabada en la memoria de aquellos discípulos, marcando un antes y un después. Como antesala a ese encuentro decisivo, el relato nos presenta la escena de Juan Bautista con dos de sus discípulos. Jesús pasaba muy cerca, y es entonces que el Bautista, dirigiéndose a sus dos discípulos y señalando a Jesús, les dice: “He ahí el Cordero de Dios” (Jn 1, 35).  Ya anteriormente el Bautista había venido preparando a sus discípulos para ese encuentro con Jesús. Ahora considera que ha llegado el momento. “Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús” (Jn 1, 37).  El evangelista aporta detalles de ese encuentro, hasta la hora que marcó el cambio de sus vidas, “serían las cuatro de la tarde” (Jn 1, 39). Esto es entendible pues el evangelista Juan es uno de los protagonistas de esa historia, aunque no lo diga expresamente; él es uno de esos dos discípulos que ‘abandonaron’ al Bautista para seguir a Jesús (el otro discípulo era Andrés, el hermano de Simón Pedro).

Cuando un acontecimiento deja una huella imborrable en nuestra vida solemos recordar hasta los mínimos detalles de ese hecho; el evangelista Juan nos cuenta la historia de su propia vocación, y por ello el relato cobra un mayor significado. El evangelista relata que Jesús les invitó a pasar junto a Él todo el día, hasta el atardecer, a eso de la cuatro; pero, no nos dice de qué hablaron con Jesús durante toda la jornada de aquel memorable día, prefiere mantenerlo en reserva, como algo muy personal. Lo cierto es que ese encuentro con Jesús marcó para siempre sus vidas.

 El Evangelio también resalta la actitud de Juan Bautista, quien es plenamente consciente de su rol, de su misión, él “no era la luz sino quien debía dar testimonio de la luz” (Jn 1, 8). Cristo (Mesías) es la verdadera luz; por ello, ante la presencia de Jesús, el Bautista da testimonio diciendo: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). En otra ocasión Juan Bautista dice, refiriéndose también a Jesús: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30). Juan el Bautista rechaza toda tentación de suplantar a Jesús, o ser el centro de la atención, “Yo no soy el Cristo, sino que he venido enviado delante de Él” (Jn 3, 28). Una buena lección para todos aquellos que tenemos la delicada misión de ser testigos del Señor ante el mundo, de hacer conocer a Jesús para que le puedan seguir.

Recordemos que Juan el Bautista, antes que Jesús, tenía sus propios seguidores o discípulos. Él no quiso retenerlos consigo, sino que los llevó hasta Jesús; Juan no quiso formar un grupo distinto de seguidores, él quería que todos siguieran al verdadero Cordero de Dios. Esa debe ser la actitud de todo misionero o agente pastoral: hacer que sea Jesús el verdadero centro de la atención, contribuir para que todos sigan únicamente a Jesús. En aquella ocasión Juan Bautista ‘perdió’ dos discípulos, pues estos se fueron detrás de Jesús; pero, esa ‘pérdida’ fue propiciada por el mismo Juan Bautista, que fue el que indujo a sus propios discípulos a abandonarle, a seguir al verdadero Mesías. De ese modo, el Bautista va desapareciendo de la escena, sin protagonismos, sin tristezas, pues es consciente de estar cumpliendo la misión para la cual fue enviado: preparar el camino del Señor, ser el precursor del Mesías. Juan Bautista no solo no se entristece sino que se alegra porque sus discípulos le abandonan para seguir a Jesús. Cuando hemos cumplido con guiar a los fieles hasta Jesús debemos tener la capacidad para desaparecer de la escena, preferir quedarnos solos y siempre alegres.

 Notamos, en algunos grupos de confesiones religiosas no católicas, que Jesús no parece ser el centro de la atención sino el pastor o fundador. Y este peligro también se puede dar en grupos de la Iglesia, donde se habla más del fundador (de un movimiento o congregación) que de Jesucristo; donde se enseña más la vida del fundador o del líder que la de Jesucristo mismo; donde se fomenta más la devoción y admiración por el fundador que por Jesucristo. Hay, por otra parte, ciertos líderes religiosos que quieren ser el centro de la atención, les gusta figurar en todo para que la gente los admire; parecen interesados en que se fijen más en ellos que en Jesucristo, que la gente les siga a ellos más que a Jesucristo. A todos ellos debe servirles de ejemplo la actitud de Juan Bautista, quien prefirió quedarse solo, no quiso que nadie lo siguiera a él sino que todos siguieran al Señor.

 Cada uno de nosotros también, en nuestra condición de creyentes, tenemos una experiencia personal de encuentro con Jesús, una propia vocación, una hora en la que fuimos llamados. La vida religiosa, la religión misma, es una experiencia de Dios, es relación con Dios; es a Él a quien nos dirigimos, imploramos, alabamos, agradecemos, etc. Por ello, todo nuestro modo de actuar, en relación a Dios, dependerá de lo que pensemos y creamos acerca de Él. Dar testimonio de Jesús no es solo hablar bien de Él; es, sobre todo, transmitir una experiencia de fe; pero, ¿Cómo se puede dar testimonio del Señor si no se le conoce? Lo primero es, entonces, conocer al Señor. Conocer es aquí “tener experiencia”. Quien no tiene experiencia del Señor sencillamente no lo conoce. Se puede saber muchas cosas sobre Jesús (por lo que hayamos leído a aprendido del catecismo) y, sin embargo, no conocerlo. El conocimiento del Señor es una experiencia religiosa que solo puede tenerla quien se acerca a Él en actitud de fe. Cristo es el mismo ayer, ahora y siempre; a Él es a quien tenemos que seguir. Él es el único centro de nuestra vida.

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