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Hermanos del Hijo Pródigo

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En más de una de nuestras columnas hemos comentado el muy conocido pasaje bíblico del “Hijo Pródigo”, parábola exclusiva del evangelio de Lucas (Lc 15, 11-32) que, dicho sea de paso, es uno de los evangelistas que más destaca los rasgos misericordiosos de Jesús. Es indudable que el protagonista principal de dicha parábola es el Padre misericordioso (que representa a Dios). Lo que más se destaca en la parábola no es la condición pecadora del hijo menor (el hijo pródigo), sino la misericordia de Dios. En esta ocasión centramos nuestro análisis en la actuación del hermano mayor que aparece en escena casi al final de la parábola. 

Toda la atención parece estar centrada en la historia de vida del hijo menor que libremente decide apartarse de la casa del Padre, para hacer su propio camino, en búsqueda de una malentendida autonomía con consecuencias dramáticas. La parábola nos describe magistralmente la condición pecadora del hombre y la misericordia infinita de Dios. Se destaca el camino o itinerario de conversión para retornar a la casa del Padre, con la plena consciencia de no merecer absolutamente nada de Él, sino solo confiar en su misericordia. Ya sabemos, según el relato de la parábola, cuál fue la actitud del Padre: lejos de increpar la conducta reprochable del hijo menor, se llena de gozo por su retorno y hace una gran fiesta porque lo ha recobrado con vida: “estaba muerto; y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado” (Lc 11, 24). Queda claro entonces que prevalece la misericordia del Padre y la total gratuidad de la gracia ante cualquier mérito del hombre.

El hijo mayor no se alegra por el retorno de su hermano, muy por el contrario, al enterarse que el Padre ha organizado una fiesta, “se irritó y no quería entrar” (Lc 11, 28). ¿Cuál es la causa de su enojo? Se siente defraudado por la actitud de su padre, piensa que no ha actuado con justicia, que ha sido demasiado benevolente con el hijo menor. No quiere entender las razones del Padre que intenta persuadirlo para que entre en la fiesta y participe de la alegría por el retorno del hermano. Expresa su reclamo al padre diciendo: “Hace muchos años que te sirvo y jamás dejé de cumplir una orden tuya. Sin embargo, nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos. Y ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado” (Lc 11, 29-30). El hermano mayor alega derechos propios, habla en términos de justicia distributiva, más aún cuando se ha comportado (según sus propias palabras) como un hijo servicial y obediente al padre. ¿Merecía una recompensa por esos “muchos años de servicio”? ¿Acaso no parece razonable que las personas reciban una justa recompensa por sus buenas obras? El problema de fondo es la actitud y modo de valorar las cosas y a las personas que tiene el hermano mayor, su incapacidad para entender que la misericordia desborda el ámbito de la justicia. No ha entendido que la felicidad no está en “comerse un cabrito con los amigos” sino en gozar de la presencia y cercanía del Padre. Es entonces que cobran su pleno sentido las palabras del Padre en respuesta a los reclamos del hijo mayor: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo” (Lc 11, 31).

¿En qué se sustentaba la obediencia y servicio que como mérito reclamaba el hijo mayor? Sin duda en un interés subordinado: esperaba “ser recompensado” por el Padre, pero con una recompensa que no estaba dispuesto a compartir con nadie. No valoraba tanto el estar con el Padre. El hermano mayor quiere que le reconozcan sus méritos y que el hermano menor sufra las consecuencias de sus actos; pero, el comportamiento del Padre, lo saca de sus esquemas. El hijo mayor piensa en términos de justicia, méritos propios, el Padre en términos de misericordia y perdón.

El hermano mayor representa a todos aquellos se esfuerzan por cumplir los mandamientos “por obligación”, no por verdadero amor a Dios sino porque piensan que no tienen otra alternativa; lo hacen solo para obtener méritos y así ganar la recompensa eterna. En el hipotético caso que Dios pudiera exonerarlos del cumplimiento de algunos mandamientos, ellos estarían felices, se sentirían más liberados. Piensan que Dios está obligado a darles la recompensa eterna como premio por sus buenas obras. Su relación con Dios parece basarse en el “do ut des” (“te doy para que me des”). Se esfuerzan en practicar la virtud, están dispuestos a disciplinas rigurosas, pero la finalidad o motivación con la que obran vicia dichas prácticas. Puede haber mucho sentido de la obligación, pero nada de amor y misericordia. Su corazón está pervertido por la soberbia espiritual.

En el caso de la parábola, el hermano mayor deja entrever que a él le hubiera gustado disfrutar de ciertos placeres, pero se auto disciplinaba para que el Padre valore su “obediencia”. Es probable que no solo quería comerse un cabrito con sus amigos, sino también hacer otras cosas que le reprocha a su hermano menor. Lo terrible es que no ha sido el amor al Padre lo que le ha mantenido sin alejarse de Él, sino por ganar méritos, para aparecer como el mejor, como el obediente y disciplinado, y de ese modo poder “exigir” recompensa.

Hay en la Iglesia también quienes se comportan como el hermano mayor de la parábola. Son capaces de sacar a relucir su “Hoja de vida” (años de servicio a la Iglesia, cargos desempeñados, misiones realizadas, etc.,) para exigir un mejor trato y reconocimientos. Sienten la seguridad de merecer el cielo como recompensa por sus buenas obras. Están convencidos que Dios, por justicia, no podría dejar de darles la bienaventuranza eterna. Y, están también convencidos que muchos no merecen la recompensa divina y debe pagar por sus malas obras. Es evidente que con Dios no podemos hacer negocios, nadie puede presumir de sus buenas obras por las cuales de todas maneras Dios nos tendría que retribuir. Si Dios actuara con el criterio de la justicia humana, y le diera a cada cual lo que merece, siempre saldríamos perdiendo, pues como dice el salmista: si el Señor llevara cuenta de nuestras culpas ¿Quién podría resistir? (Cf., Sal 129, 3). La Iglesia nos enseña que “frente a Dios no hay, en sentido de un derecho estricto, mérito por parte del hombre. Entre Él y nosotros, la desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos recibido todo de Él, nuestro creador” (Catecismo de la Iglesia, N.° 2007). Dios ha querido asociar los “méritos del hombre” a sus méritos, por ello afirmamos que los méritos, en sentido estricto, son de Dios primariamente, y sólo secundariamente son “méritos del hombre”. “Los santos han tenido siempre una conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia” (Catecismo de la Iglesia, N.° 2011).

La experiencia de sentirnos amados de Dios nos hace permanecer junto a Él. El hermano mayor de la parábola muestra su resentimiento porque en el fondo no abrió su corazón al amor, no se sintió amado por el Padre.

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