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Invitados al Banquete del Señor

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Una de las imágenes bíblicas del reino de Dios es la del “banquete”. Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron la llegada de un reino de justicia y paz, donde nadie pasaría hambre ni necesidad porque Dios nos llenaría de sus dones abundantemente. El profeta Isaías describe la afluencia de los pueblos en Jerusalén como un inmenso banquete: “El Señor congregará a todos los pueblos en este monte para un convite de manjares frescos y buenos vinos…” (Is 25, 6). A partir de este pasaje se desarrolla la idea del banquete mesiánico en el judaísmo, imagen que es retomada en los Evangelios. Dios invita a todos a participar gratuitamente de su banquete, imagen del Reino de Dios: “Vengan todos los que están sedientos, los que no tienen dinero, coman sin pagar” (Is 55,1); pero, también nos dice “¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no llena?” (Is 55, 2).  En los evangelios también se utiliza la imagen del banquete para hablar del Reino de Dios (Cf., Mt 22, 2-10/Lc 14, 15-23).
Cristo instituyó, en la última Cena, en la víspera de su Pasión y muerte, la Eucaristía, a la cual todos somos invitados a participar para alimentarnos del verdadero pan de vida, como anticipo del banquete celestial. La Eucaristía es, ciertamente, la actualización incruenta del único sacrificio cruento de Jesús en la cruz, en el cual se obró el acto redentor; sin embargo, no por ello, deja de tener también la connotación de banquete; el Catecismo de la Iglesia nos enseña que “la Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros” (Catecismo de la Iglesia, 1382). De ahí que en la celebración eucarística, no se debe enfatizar el elemento nutricional (comida) sino el sacrificial y de comunión. Cristo se nos ofrece, en su cuerpo y sangre como alimento espiritual, por lo que no es necesario resaltar los signos nutricionales (las especies de pan y vino), como hacen algunos grupos que en sus celebraciones eucarísticas consagran panes grandes que luego se reparten en trozos entre los asistentes, como si fuera una comida ordinaria. En el afán de enfatizar el signo de “compartir un mismo pan”, se puede desvirtuar el verdadero sentido de la eucaristía. No asistimos a la Misa para saciar el hambre material (hambre de pan) sino el hambre espiritual (hambre de Dios).
El capítulo sexto del Evangelio de san Juan nos presenta el discurso de Jesús sobre el “Pan de vida”. Dicho discurso tiene como punto de partida el milagro de la multiplicación de los panes (Cf., Jn 6, 1-15). Con aquel signo el evangelista nos revela la identidad de Jesús como el Mesías. El signo debe ser interpretado en clave religiosa, como el cumplimiento de las promesas mesiánicas.
En el Antiguo Testamento encontramos un antecedente del milagro de la multiplicación de los panes. En el segundo libro de los Reyes (Cf., 2Re 4, 42-44) se nos presenta el ‘milagro’ de la multiplicación de los panes obrado por el profeta Eliseo, relato que guarda muchas semejanzas con el Evangelio. Un hombre se presenta ante el profeta llevando veinte panes de cebada y grano fresco en espiga; Eliseo le manda dar de comer a la gente, a lo cual el servidor replica diciendo “¿Qué hago yo con esto para tantas personas?” Cumpliendo el encargo de Eliseo reparte los panes entre la gente. Todos comieron y sobró.
En el Nuevo Testamento, los cuatro evangelios nos presentan el relato de la multiplicación de los panes (Mc 6, 32-44; Lc 9, 10-17; Mt 14, 13-21; Jn 6, 1-15). Es en el Evangelio de san Juan, un texto teológicamente más elaborado, que el relato es puesto en el contexto del discurso del pan de vida. Jesús aparece como el pastor preocupado en alimentar a su pueblo no solo con el pan material sino con el pan de la Palabra. El Evangelio nos dice que todos comieron hasta saciarse, y con las sobras se llenaron doce canastas. Debemos entender el signo en clave mesiánica, no en un sentido literalista; por ello no hay que preguntarse por la cantidad de comensales y por las cuestiones logísticas, sino por su sentido religioso. Jesús no es un mago que hace llover pan del cielo para resolver el problema del hambre de la gente. Dice el Evangelio que muchos de los presentes, al ver el signo de Jesús, quisieron hacerlo rey (Cf., Jn 6, 14-15), es decir: no entendieron lo que Jesús quiso transmitirles. Jesús defraudado porque se haya mal interpretado su signo, tuvo que huir y retirarse a la montaña solo. Quizá muchos pensaron que haciéndolo rey tendrían resuelto el problema de la comida, consideraron a Jesús como un mago que les ahorraría el esfuerzo de conseguir el pan con el esfuerzo del trabajo de cada día. Aún hay gente que espera que Dios le resuelva todos sus problemas, quieren ahorrarse esfuerzos y sacrificios. El Señor quiere contar con nuestro trabajo, no hará las cosas que nosotros podemos hacer. Por otra parte, también es verdad que no basta el esfuerzo humano para resolver todos los problemas que la vida nos plantea. El hombre de fe sabe que el Señor acude en su auxilio, que puede ayudarle en situaciones muy difíciles.
La religión, a diferencia de la magia, exige la fe. No esperemos que Dios actúe como un mago que multiplica panes y peces. Lo que Él quiere es que se multiplique la generosidad entre los hombres. Cuando el pan se comparte la mesa no queda vacía. Siempre hay nuevos comensales esperando. El Señor nos invita a compartir nuestro pan con el hermano necesitado. Nadie es tan pobre que no pueda compartir algo con los demás. En la medida en que compartimos, el pan se multiplica, siempre alcanza para más. El Señor vuelve a obrar el milagro.
El relato evangélico, desde luego, va más allá de una invitación a la solidaridad y fraternidad. Es preámbulo del discurso del “Pan de Vida” que debe ser interpretado en clave eucarística. Jesús no invita a trabajar por el alimento que no perece, por el alimento que da la vida eterna; nos dirá que Él es el pan bajado del cielo que se nos da en alimento de salvación. Con ello se completa el pleno significado del milagro de la multiplicación de los panes. En la Eucaristía, como sabemos, Jesús nos ofrece su cuerpo y sangre como alimento de vida eterna. La Eucaristía es el ágape que anticipa el banquete celestial al final de los tiempos. El Concilio Vaticano II nos habla de la Eucaristía como “banquete pascual, en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera” (SC, 47).

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