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La Acedia: Atonía del Alma

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El papa Francisco, en la Exhortación Pastoral Evangelii Gaudium, al hablar del impuso misionero, ha vuelto a traer a colación el tema de la acedia, nos habla de la “acedia pastoral” que lleva a no comprometernos a fondo con la misión: “Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante” (Evangelii Guadium, 81). ¿En qué consiste la acedia? En términos generales se la entiende como “cansancio”, “desgano”, “desaliento” que conlleva la persona a una pérdida de sentido por lo que hace; está asociada con la tristeza. El papa nos dice que no se trata de un “cansancio feliz”, sino tenso, pesado. La “acedia pastoral”—dice el papa Francisco—puede tener diversos orígenes: la pretensión de desarrollar proyectos irrealizables, afanes de éxito motivados por la vanidad, pérdida de contacto real con el pueblo asociado a una “despersonalización de la pastoral”, no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida en la búsqueda de resultados inmediatos (Cf., Evangelii Gaudium, 82). Se trata de una especie de descontento o desaliento crónico que “seca el alma” y sume en la tristeza; se pierde la alegría evangelizadora.

El tema de la “acedia” surge en un contexto monacal, en tiempos de los padres del desierto. Como dice el abad Jean-Charles Nault (Cf., El demonio del mediodía. La acedia, el oscuro mal de nuestro tiempo. BAC, Madrid, 2018), el primero que ha elaborado un doctrina coherente sobre la acedia ha sido Evagrio Póntico (345-399), discípulo de Orígenes. Evagrio entiende la acedia como una falta de preocupación por la vida espiritual, la define como una “atonía del alma”, es decir: el alma no se encuentra a tono (Cf., El demonio del mediodía, O. Cit., p. 9); considera a la acedia como el “demonio del mediodía” por cuanto suele atacar al monje entre las diez de la mañana a dos de la tarde, haciéndole sentir como que el tiempo demora demasiado en transcurrir, tentándolo a abandonar su celda, buscar algún tipo de compensación a su soledad y hastío. En el libro antes mencionado, el Abad Jean-Charles Nault señala cinco principales manifestaciones de la acedia monacal: 1) Una cierta inestabilidad interior, 2) Excesiva preocupación por la salud, 3) Aversión por el trabajo manual, 4) Negligencia en la observancia, 5) El desánimo general.

Juan Casiano (360-433), asocia la acedia con la “pereza”; asigna a la acedia ocho vicios capitales: ociosidad, somnolencia, carácter desabrido, inquietud, vagancia, inestabilidad del alma y del cuerpo, charlatanería y curiosidad. Hay que tener en cuenta que una cosa es la acedia y otra las síntomas que la expresan. El papa san Gregorio Magno (540-604), retira la acedia como vicio y la integra dentro de la “tristeza”, de ese modo el tema de la acedia se difuminó y prácticamente desapareció. Varios siglos después, Hugo de San Víctor (siglo XII), quien es el primero en hablar de “siete pecados capitales”, sitúa la acedia en lugar de la tristeza (Cf., El demonio del mediodía, O. Cit., p. 27ss). Santo Tomás de Aquino definirá la acedia como “tristeza por el bien divino y desánimo por la acción” (Ibid., p. 33). Después de Santo Tomás, la acedia tiende a separarse del factor moral y del contexto de la acción, reduciéndose a la espiritualidad. Esta situación, como dice el Abad Jean-Charles Nault, se mantuvo hasta el Concilio Vaticano II.

La acedia es un estado del alma (atonicidad del alma), un obstáculo interior que dificulta nuestra relación con Dios, nos produce tristeza, genera desánimo o desgano. En ese sentido, la acedia no es un mal o tentación exclusiva de los monjes sino de todos. Al perder el gusto por la cosas de Dios, obligadamente lleva al hombre a la búsqueda de sustitutos o compensaciones que le permitan hacer más llevadera su vida. La acedia, al estar vinculada a una pérdida de sentido de la vida engendra desesperación. El papa Benedicto XVI decía que la raíz más profunda de la tristeza es la falta de esperanza. La acedia es, de algún modo, un pecado contra la fe, la esperanza y la caridad. Se enfría la fe, se opaca la esperanza y se afecta la caridad. La acedia es un mal de nuestro tiempo por cuanto “está en el origen de la desesperación de nuestros contemporáneos, que consideran que sería mejor no existir” (El demonio de mediodía, O. Cit., p. 80).  La acedia comporta una “huida de sí mismo” y una “huida de Dios”. Esa huida busca compensarse con el activismo sin espíritu que conlleva al cansancio frustrante. Muchas veces no se tiene tiempo para orar, pero sí para actividades triviales con las que se busca “matar el tiempo”, llenar los tiempos que nos sobran.

La acedia es una tentación del demonio que nos acecha en todo momento y que “nos ataca de una forma más violenta hacia la mitad de la existencia, en la edad madura, cuando ya es demasiado tarde para ‘rehacer la vida’” (Ibid., p. 94). Si es un religioso o consagrado, el afectado por la acedia pone en duda su propia vocación, piensa que su ministerio no resulta fructífero, siente la tentación de renegar del compromiso asumido, del estilo de vida escogido; piensa que pudo haberse equivocado, pretende incluso justificar su posible retiro en aras de la “autenticidad”, puesto que seguir haciendo lo que hace le parece una “hipocresía”. Al considerar que ya no es posible cambiar el rumbo de su vida (asumiendo otro estado de vida diferente) tiende a resignarse a vivir en la mediocridad, en la pusilanimidad, sin alegría, y como diría el papa Francisco, con “cara de vinagre.”

Hay que insistir en que la acedia nos puede afectar a todos, independientemente de nuestro estado de vida, no es un asunto exclusivo de monjes y sacerdotes, sino también de esposos, de viudos, solteros, jóvenes y adultos. También en el matrimonio los cónyuges son acechados por el “demonio del mediodía”, es decir, por la acedia; tienen la tentación de no querer continuar con el compromiso adquirido y buscar “nuevas opciones”. En todos los casos el remedio de la acedia es la perseverancia, la cual no es posible sin la oración, sin la gracia de Dios.

El cristiano está siempre llamado a testimoniar la alegría del encuentro con Jesús, la alegría del Evangelio. El apóstol Pablo insiste: “estén siempre alegres” (Flp 4, 4). El papa Francisco nos dice que “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Evangelii Gaudium, 1). Nos exhorta a no dejarnos robar la alegría evangelizadora, no dejarnos vencer por el pesimismo estéril: “La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia—no de-berían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor” (Evangelii Gaudium, 84). No hay lugar para la acedia.





Acedia: Lethargy of the Soul


By FATHER LORENZO ATO


Pope Francis, in the Pastoral Exhortation Evangelii Gaudium, when speaking of the missionary command, has brought up again the theme of “acedia” or lethargy. He speaks of the "pastoral acedia” or" that leads us not to commit ourselves in depth to the mission: "Some resist giving themselves over completely to mission and thus end up in a state of paralysis and acedia." (Evangelii Guadium, 81). What is acedia? In general terms it is understood as "fatigue," "reluctance," "discouragement" that leads the person to a loss of meaning for what he does. It is associated with sadness. The Pope tells us that it is not a "happy tiredness"; it is tense and heavy. The "pastoral acedia-says Pope Francis-can have different origins: the attempt to develop unrealizable projects, the zeal for success motivated by vanity, the loss of real contact with the people associated with a "depersonalization of the pastoral," not knowing how to wait and wanting to master the rhythm of life in the search for immediate results (Cf., Evangelii Gaudium, 82). It is a kind of chronic discontent or discouragement that "dries the soul" and adds to the sadness; the evangelizing joy is lost.

The theme of "acedia" arises from a monastic context, in the time of the desert fathers. As the abbot Jean-Charles Nault (Cf., The Midday Demon, Acedia, the Dark Evil of Our Time, BAC, Madrid, 2018) says, the first to elaborate a coherent doctrine on acedia was Evagrio Póntico ( 345-399), a disciple of Origen. Evagrio understands acedia as a lack of concern for the spiritual life; he defines it as an "numbing of the soul", that is to say: the soul is not in tune (Cf., The Midday Demon, O. Cit., P. 9); considers acedia as the "midday demon" because it usually attacked the monk between ten in the morning and two in the afternoon, making him feel that time takes too long to pass, tempting him to leave his cell, looking for some kind of compensation to his loneliness and boredom. In the aforementioned book, Abbot Jean-Charles Nault points out five main manifestations of monastic acedia: 1) a closed inner instability, 2) excessive concern for health, 3) aversion for manual labor, 4) negligence in the observance, 5) general discouragement.

Juan Casiano (360-433), associates acedia with "laziness." He assigns to acedia eight capital vices: idleness, drowsiness, unkind character, restlessness, vagrancy, instability of the soul and body, charlatanism and curiosity. We must bear in mind that one thing is acedia itself and another is the symptoms that express it. Pope Gregory the Great (540-604), removed acedia as a vice and integrated it into "sadness," so the subject of acedia was blurred and virtually disappeared. Several centuries later, Hugo de San Víctor (twelfth century), who is the first to speak of "seven deadly sins," places acedia in the place of sadness (Cf., The Midday Demon, O. Cit., P. 27ss). St. Thomas Aquinas will define acedia as "sadness over the divine good and discouragement from action" (Ibid., P.33). After St. Thomas, acedia tends to separate itself from the moral factor and the context of action, reducing itself to spirituality. This situation, as Abbot Jean-Charles Nault says, was maintained until the Second Vatican Council.

Acedia is a state of the soul (soul numbness), an inner obstacle that hinders our relationship with God, produces sadness, generates discouragement or reluctance. In that sense, acedia is not an evil or temptation exclusively of the monks but of all. When a taste for the things of God is lost, it obliges man to search for substitutes or compensations that allow him to make his life more bearable; acedia, being linked to a loss of meaning in life, generates despair. Pope Benedict XVI said that the deepest root of sadness is the lack of hope. Acedia, in a way, is a sin against faith, hope and charity. Faith is cooled, hope is dimmed and charity is affected. Acedia is an evil of our time because "it is at the origin of the despair of our contemporaries, who believe that it would be better not to exist" (The Midday Demon, O. Cit., and P.80). Acedia involves a "flight from oneself" and an "escape from God." That flight seeks to compensate by way of an activism without spirit that leads to frustrating fatigue. Many times you do not have time to pray, but for trivial activities with which you want to "kill time," fill the time that are left over.

Acedia is a temptation of the devil that stalks us at all times and that "attacks us in a more violent way towards midway of our existence, in middle age, when it is too late to 'remake life'" (Ibid., p.94). If he is a religious or consecrated person, the one affected by acedia doubts his own vocation, thinks that his ministry is not fruitful, feels the temptation to deny the commitment assumed, of the chosen lifestyle; he thinks that he could have been mistaken, he even tries to justify his possible retirement for the sake of "authenticity," since to continue doing what he does seems a "hypocrisy." Considering that it is no longer possible to change the course of his life (assuming another, different state of life), he tends to resign himself to living in mediocrity, in pusillanimity, without joy, and as Pope Francis would say, with "a face of vinegar.”

We must insist that acedia can affect us all, regardless of our state of life; it is not an exclusive issue of monks and priests, but also of husbands, widowers, single people, young people and adults. Also, in marriage, the spouses are stalked by the "midday demon," that is, by acedia; they are tempted not to want to continue with the commitment they have made and to look for "new options." In all cases the remedy for acedia is perseverance, which is not possible without prayer, without the grace of God.

The Christian is always called to bear witness to the joy of the encounter with Jesus, the joy of the Gospel. The apostle Paul insists: "always be happy" (Phil 4, 4). Pope Francis tells us that "With Christ joy is constantly born anew" (Evangelii Gaudium, 1). He urges us not to let ourselves be robbed of evangelizing joy, not to let ourselves be overcome by sterile pessimism: "The joy of the Gospel is that which nothing and no one can take away from us" (Jn 16:22). The evils of our world- and those of the Church-should not be excuses for reducing our commitment and our fervor" (Evangelii Gaudium, 84). There is no place for acedia.

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