Si Escuchas Su Voz

La Búsqueda de Sentido

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Creyentes y no creyentes no pueden dejar de plantearse preguntas que tienen que ven con el sentido mismo de la existencia humana. El filósofo E. Kant, en la Crítica de la Razón Pura, decía que hay cuatro preguntas que no podemos dejar de hacernos: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? y ¿Qué es el hombre? La primera cuestión tiene que ver con la posibilidad del conocimiento humano y los límites de la razón pura; la segunda tiene que ver con el tema de la ética o moral, la tercera con el tema de la esperanza, y la cuarta con la antropología filosófica. En esta columna nos interesamos por la tercera cuestión, relacionada con lo escatológico.

El tema de la esperanza no es ajeno al no creyente, pues todos esperamos siempre algo en la vida o de la vida, esa esperanza, en el caso del no creyente, se mueve en un horizonte exclusivamente intramundano; en cambio, para el creyente trasciende ese horizonte y la frontera de la existencia terrenal, es una esperanza escatológica. El hombre tiene que abrirse más allá de una esperanza meramente terrena. A la luz de la fe se puede descubrir el sentido de la historia y encontrar respuestas a las grandes interrogantes existenciales. El tema de la esperanza es indesligable de la cuestión del fin del hombre, es decir, ¿Para qué está el hombre en esta vida? ¿Hacia dónde se orienta su existencia?

En el Antiguo Testamento, en el libro del Eclesiastés (Qohelet), se pone la cuestión “¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?” (Qo 2, 22). El Eclesiastés o “Predicador” asume una postura crítica y contestataria, poniendo en cuestión las falsas seguridades, llevándonos a reflexionar sobre el sentido mismo de la existencia. A la pregunta ¿Qué sentido tiene lo que hacemos, nuestros esfuerzos y fatigas? La primera respuesta del “Predicador” es: “Todo es vanidad”, o “vaciedad” (que no tiene sentido), pues “ni siquiera de noche el corazón del hombre tiene sosiego” (Qo 2, 23). La luz de la razón resulta insuficiente para encontrar el verdadero sentido de la vida. El pesimismo del “predicador” es una antesala para abrirnos a un nuevo horizonte, para descubrir el sentido más profundo de lo que no aparece ante nuestros ojos, ni siquiera a la reflexión del sabio, y que solo puede ser descubierto a la luz de la fe. La fe, desde luego, no es ajena a la verdad, no es una seguridad subjetiva ante la oscuridad de la ciencia y la razón, no cambia la naturaleza de las cosas, sino que nos permite descubrir su sentido profundo. El hombre no puede dejar de plantearse cuestiones existenciales tales como ¿Para qué estamos en el mundo? ¿Hacia dónde vamos? ¿Es la muerte el final de todo? La ciencia y la filosofía nos proveen de verdades parciales e insatisfactorias, solo desde la fe podemos alcanzar una ‘verdad total’.

El cristiano tiene que mirar la existencia humana desde una nueva perspectiva, desde Cristo Resucitado, reconocer una realidad que transciende la existencia terrenal, vivir de la esperanza de un “cielo nuevo y una tierra nueva” que lo compromete a “buscar las cosas de arriba”, “aspirar los bienes de arriba, no los de la tierra” (Col 3, 2). ‘Buscar las cosas de arriba’ significa morir al ‘hombre viejo’ vivir la condición del “hombre nuevo” renovado por Cristo en el Espíritu.

En el Evangelio (Cf., Lc 13, 13-21) Jesús nos pone en guardia frente a la tentación de la codicia, el afán desmedido de ‘acumular riquezas’ obrando insensatamente. Jesús no condena la riqueza sino la codicia, la avaricia, el convertir las cosas en fines, reduciendo nuestro horizonte a lo terreno. Todos sabemos que la vida no depende de lo que tenemos, “comprada su vida nadie tiene, ni a Dios puede, con plata, sobornarlo” (Sal 48, 8); sin embargo, muchas veces ese ‘conocimiento’ no tiene implicancias prácticas en el obrar humano, es decir: las personas actúan como si no fueran a morir. No se trata, desde luego, de vivir con una permanente ‘angustia de la muerte’, pero tampoco se trata de vivir sin contar con la certeza de nuestra radical finitud. No se trata solo de tomar conciencia de nuestra existencia efímera sino de contar con esta temporalidad.

Hay que tener presente lo que se nos dice en el libro del Eclesiástico: “Acuérdate de tu fin y nunca pecarás” (Si 7, 36). El ‘fin’ es orientador del presente, mirándolo desde el futuro, evita el inmediatismo del obrar. El ‘fin’, del que habla el libro del Eclesiástico, puede entenderse en dos sentidos: ‘fin’ como término de la existencia humana terrenal, relacionado con la muerte; desde esa perspectiva la frase puede entenderse como “acuérdate que vas a morir y nunca pecarás”; el otro sentido de ‘fin’ es como ‘finalidad’, en relación con el propósito de la existencia humana, llamados a participar de la vida divina. Desde esa perspectiva, la frase puede entenderse como “acuérdate que has sido llamado a participar de la vida divina, y nunca pecarás”, o dicho en términos más genéricos: “Acuérdate que no todo termina en esta vida y nunca pecarás”. Ambas perspectivas son complementarias.

En el Salmo 102 se nos dice que “la vida del hombre es como la hierba que muy pronto se marchita; como las flores del campo crecemos y florecemos, pero, tan pronto sopla el viento dejamos de existir y nadie vuelve a vernos” (Sal 102, 15-16). El hombre no puede dejar de considerar su existencia finita que lo conduce irremediablemente a la muerte, pero tampoco puede ignorar que, a la luz de la fe, no todo termina con la muerte, sino que esperamos la vida eterna. Siendo que la existencia humana es finita y frágil, se impone el deber moral de una vida responsable, de optimizar el tiempo, pues en un tiempo limitado nos jugamos el destino final. Mientras cuenta con el tiempo el hombre puede enmendar su vida, convertirse. Con la muerte se acaba para el hombre toda posibilidad de merecer, de cambiar su destino final, de convertirse.

En la antigüedad y la Edad Media, la “Meditatio Mortis” (meditación sobre la muerte) era un lugar común en los ejercicios espirituales; hoy en día se prefiere evitar hablar de ese tema. El olvido del ‘fin terreno de la existencia humana’ puede traer consecuencias prácticas muy negativas. Si pensamos que la muerte aparece como una posibilidad lejana, entonces tendemos a instalarnos en el mundo y olvidar que somos ‘ciudadanos del cielo’, donde Cristo está sentado a la diestra del Padre. El Salmo 48 nos dice: “No temas cuando el hombre se enriquece, cuando crece el boato de su casa, pues a su muerte nada ha de llevarse, su boato no bajará con él” (Sal 48, 17-18). Jesús nos dice también: “¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si al final se pierde? O ¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 26). No se trata, desde luego, de despreciar las realidades terrenas, sino de mirar, con la luz de la fe, lo más profundo de la realidad, trascendiendo el tiempo y el espacio de una existencia limitada.





The Search for Meaning


By FATHER LORENZO ATO


Believers and non-believers alike cannot stop asking questions that have to do with the very meaning of human existence. The philosopher E. Kant, in the “Critique of Pure Reason,” said there are four questions we cannot stop asking: What can I know? What should I do? What can I expect? And what is man? The first question has to do with the possibility of human knowledge and the limits of pure reason; the second has to do with the subject of ethics or morals; the third with the theme of hope; and the fourth with philosophical anthropology. In this column, we are interested in the third question, related to the eschatological.

The theme of hope is not alien to the non-believer, because we always expect something in life or from life. That hope, in the case of the non-believer, moves on an exclusively “this-worldly” horizon. On the other hand, for the believer it transcends that horizon and the frontier of earthly existence; it is an eschatological hope. Man has to open beyond a merely earthly hope. In the light of faith you can discover the meaning of history and find answers to the great existential questions. The theme of hope is inseparable from the question of the end of man, that is, what is man in this life? Where is his existence oriented?

In the Old Testament, in the book of Ecclesiastes (Qohelet), the question is put as: “What does man get out of all the labors and worries that strain him under the sun?” (Qo 2, 22). The Ecclesiastes or “Preacher” assumes a critical and rebellious position, questioning the false assurances, leading us to reflect on the very meaning of existence. To the question: “What is the meaning of what we do: our efforts and our struggles?”, the first response of the “Preacher” is: “Everything is vanity,” or “emptiness” (which means it has no meaning), because “even at night the heart of man has no rest” (Qo 2, 23). The light of reason is insufficient to find the true meaning of life. The pessimism of the “preacher” is a prelude to open us to a new horizon, to discover the deepest meaning of what does not appear before our eyes, not even to the reflection of the wise, and that can only be discovered in the light of the faith. Faith, of course, is not alien to the truth. It is not a subjective security before the darkness of science and reason. It does not change the nature of things, but it allows us to discover its profound meaning. Man cannot stop asking existential questions such as, “What are we in the world for? Where are we going? Is death the end of everything?” Science and philosophy provide us with partial and unsatisfactory truths; only from faith can we achieve a ‘total truth.’

The Christian has to look at human existence from a new perspective, from the Risen Christ, to recognize a reality that transcends earthly existence, to live on the hope of a “new heaven and a new earth” that commits him to “look for the things above,” “to aspire the goods of above, not those of the earth” (Col 3, 2).  “To look for things from above” means to die to the “old man,” to live the condition of the “new man” renewed by Christ in the Spirit.

In the Gospel (Cf., Lk 13, 13-21), Jesus puts us on guard against the temptation of greed, the excessive desire to ‘accumulate riches’ by acting foolishly. Jesus does not condemn wealth but greed: greed, turning things into ends, reducing our horizon to the earthly. We all know that life does not depend on what we have, “nobody has bought his life, nor can he, with money, bribe God.” (Ps 48, 8); however, many times that ‘knowledge’ has no practical implications in human action, that is: people act as if they were not going to die.  It is not, of course, about living with a permanent ‘anguish of death,’ but neither is it about living without the certainty of our radical finitude. It is not just about becoming aware of our ephemeral existence but of counting on this temporality.

We must keep in mind what we are told in the book of the Ecclesiasticus: “Remember your end and you will never sin” (Si 7, 36). The ‘end’ is guiding the present, looking at it from the future avoids the immediacy of action. The ‘end’, of which the book of the Ecclesiasticus speaks, can be understood in two senses: ‘end’ as a termination of earthly human existence, related to death. From this perspective, the phrase can be understood as “remember that you are going to die and you will never sin”.  The other meaning of ‘end’ is as ‘purpose’: in relation to the purpose of human existence, being called to participate in the divine life. From that perspective, the phrase can be understood as “remember that you have been called to participate in the divine life, and you will never sin”, or in more generic terms: “Remember that not everything ends in this life and you will never sin”. Both perspectives are complementary.

In Psalm 102, we are told that “the life of man is like the grass that very soon withers; as the flowers of the field grow and flourish, but, as soon as the wind blows, we cease to exist and nobody comes to see us again” (Ps 102, 15-16). Man cannot stop considering his finite existence that leads him irremediably to death, but he cannot ignore the fact that, in the light of faith, not everything ends with death, but we await eternal life. Being that the human existence is finite and fragile, the moral duty of a responsible life is imposed, to optimize the time, because in a limited time we play the final destiny. While he has time, man can amend his life, be converted. With death, all possibility of meriting, of changing his final destiny, of becoming converted, ends for man.

In antiquity and the Middle Ages, the “Meditatio Mortis” (Meditation on Death) was commonplace in spiritual exercises; nowadays, we prefer to avoid talking about this topic. The oblivion of the ‘end of earthly human existence’ can have very negative practical consequences. If we think that death appears as a distant possibility, then we tend to settle down in the world and forget that we are ‘citizens of heaven’, where Christ is seated at the right hand of the Father. Psalm 48 tells us: “Be not afraid when one becomes rich, when the glory of his house increases.  For when he dies he will carry nothing away; his glory will not go down after him. (Ps 48, 17-18). Jesus also tells us: “What good is it for a man to gain the whole world if he loses himself in the end? Or what can a man give in exchange for his life?” (Mt 16, 26). This is not, of course, to despise earthly realities, but to look, with the light of faith, into the depths of reality, transcending the time and space of a limited existence.

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