Si Escuchas Su Voz

La Fe de Abraham

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En el Segundo Domingo de Cuaresma, Ciclo C, la Liturgia nos presenta, en la primera lectura (Cf., Gn 15, 5-12.17-18), la figura de Abraham como el prototipo del creyente que demuestra en la práctica la absoluta confianza en la Palabra del Señor y el sometimiento a su voluntad. En el libro del Génesis se nos describe la historia de Abraham, su vocación, las pruebas por las que tuvo que pasar y de las que salió airoso. Abraham fue llamado a abandonar su tierra cuando era ya un anciano (Cf., Gn 12, 1ss), salió hacia lo desconocido confiando solamente en las promesas de Dios; ante esa primera llamada no pidió explicaciones, ni menos pidió garantías del cumplimiento, simplemente confió. Dios le exige a Abraham abandonar todas sus seguridades (su tierra, su familia), no lo provee de ninguna certeza sino de promesas: promesa de poseer una tierra desconocida, tener una numerosa descendencia. Abraham, no obstante las dudas que hubiera podido tener al hacer su discernimiento, debe confiar absolutamente en la promesa de Dios; por ello, la Carta a los Hebreos nos presenta a Abraham como un héroe de la fe: “Por la fe Abraham, llamado por Dios, obedeció la orden de salir para un país que se le daría como herencia, y partió sin saber a dónde iba. Por la fe vivió como forastero en esa tierra prometida” (Hb 11, 8ss). 

Dios hace una alianza con Abraham (Cf., Gn 15, 1ss), le promete que tendrá una descendencia tan numerosa como ‘las estrellas del cielo’ y que poseerá una tierra fértil que mana leche y miel. Abraham era plenamente consciente de su edad y que su mujer Sarah era también avanzada en años y además estéril; para cualquier persona, en esas condiciones, no resultaba fácil poder creer en la promesa de tener una ‘numerosa descendencia’. El acto de fe, no es un acto ciego, como el que dice “creo porque creo”, no es ajeno a la racionalidad, por ello el mismo Abraham plantea preguntas que pueden aparecer como dudas o cuestionamientos: “Mi Señor, Yahveh, ¿Qué me vas a dar si me voy sin hijos…” (Gn 15, 2). Entonces Dios le mostró el cielo estrellado y le dijo: “Mira el cielo, cuenta las estrellas si puedes’ y añadió ‘así será tu descendencia’” (Gn 15, 5). No es una respuesta que despeje sus dudas, es nuevamente una invitación a creer confiando fundamentalmente en la Palabra del Señor. Abraham, responde desde la fe: “Abraham creyó al Señor y se le contó en su haber” (Gn 15, 6).

Cuando Dios le dice que le dará la tierra en propiedad, Abraham pregunta: “Señor, ¿Cómo sabré que voy a poseerla?” (Gn 15, 8); esta vez el Señor garantiza el cumplimiento de sus promesas haciendo una alianza con Abraham. Al hombre de fe no dejan de asaltarle las dudas, no deja de hacer cuestionamientos; pero, por sobre todo, confía en la palabra del Señor. La fe, sin anular la razón, exige de algún modo dar un ‘salto’, la fe no puede ser racionalizada. Creer en Jesús no es el resultado de un largo proceso de razonamientos. El acto de fe desborda o trasciende los cánones de la razón y de la ciencia; lo cual no significa que la fe sea contraria a la razón y a la ciencia.

No cabe duda que la mayor prueba por la que tuvo que pasar Abraham fue cuando Dios, supuestamente, le pidió el sacrificio de su propio hijo Isaac, el hijo de la promesa (Cf., Gn 22, 1-13), un acto que a todas luces nos parece irracional ¿Dios podía haberle pedido algo semejante? En el contexto histórico y en el entorno en que se mueve Abraham era común la práctica de sacrificios humanos a los dioses paganos. Los israelitas tuvieron la tentación de caer en ese tipo de prácticas condenadas en la Biblia. Dios, obviamente, no puede pedir que se le ofrezcan sacrificios humanos. El relato del sacrificio pedido a Abraham no debe ser leído como un mandato irracional de Dios para “probar” la fe de Abraham, sino más bien como una condena a la práctica de los sacrificios humanos. Posiblemente Abraham llegó a pensar en la posibilidad de ofrecer a su primogénito en sacrificio a Dios, como lo hacían en los paganos que inmolaban a sus primogénitos ante los falsos dioses. Abraham estuvo a punto de caer en esa terrible práctica pagana de inmolar a sus primogénitos. El mandato del Ángel: “no alargues tu mano contra el niño, ni le hagas daño...” (Gn 22, 12), habría que entenderlo como la prohibición de practicar sacrificios humanos. Dios le hace caer en la cuenta a Abraham que él no debe contaminarse con ese tipo de prácticas.

Dios no puede pedir actos irracionales al hombre. Si bien la fe desborda el canon de la razón, eso no quiere decir que la fe sea irracional. Fe y razón no pueden nunca estar en conflicto, pues provienen de un mismo origen. La fe no es un salto al vacío. Dios no nos está poniendo “pruebas” para hacernos caer, eso es más bien obra del maligno. Dios nos fortalece en la fe, permite que seamos probados o tentados por el maligno, aunque no más allá de nuestras fuerzas. El hombre de fe, sin duda que tiene que superar muchas pruebas, vencer la tentación en una lucha constante, contando siempre con la gracia divina. No le pedimos a Dios que nos libre de las pruebas y tentaciones sino que nos dé la fuerza para superarlas y crecer en la virtud. La fe es un don de Dios y a la vez respuesta libre del hombre a la revelación divina. La razón humana es muy limitada, es la fe la que nos abre a nuevos horizontes de comprensión de la realidad. El sometimiento a la voluntad divina no es un acto irracional. Para creer en Dios no hay que renunciar ineludiblemente a la racionalidad y al sentido común.





The Faith of Abraham


By FATHER LORENZO ATO


In the first reading for the Second Sunday of Lent, Cycle C, the Liturgy presents us with the figure of Abraham as the prototype of the believer who demonstrates absolute confidence in practice in the Word of the Lord and submission to his will (Cf., Gen 15, 5-12.17-18). In the book of Genesis we are told the story of Abraham, his vocation, the tests he had to go through and the ones he overcame. Abraham was called to leave his land when he was already elderly (Cf., Gen 12, 1ss).

He went out into the unknown trusting only in the promises of God. In the face of that first call he did not ask for explanations, or much less ask for guarantees of compliance; he simply confided. God requires Abraham to give up all his securities (his land, his family). He does not provide him with any certainty but only with promises: the promise of owning an unknown land and of having numerous offspring. Abraham, notwithstanding the doubts he might have had in making his discernment, must absolutely trust in the promise of God; therefore, the Letter to the Hebrews presents Abraham as a hero of the faith: “By faith Abraham, called by God, obeyed the order to leave for a country that would be given as an inheritance, and departed without knowing where I was going. By faith he lived as a stranger in that Promised Land”  (Heb 11, 8ff).  

God makes an alliance with Abraham (Cf., Gen 15, 1ss). He promises him that he will have offspring as numerous as ‘the stars of heaven’ and that he will possess a fertile land that flows with milk and honey. Abraham was fully aware of his age and that his wife Sarah was also advanced in years and also sterile. For anyone, under these conditions, it would not be easy to believe in the promise of having ‘numerous offspring’. The act of faith is not a blind act, like the one that says “I believe because I believe”; it is not alien to rationality, and therefore Abraham himself poses questions that may appear as doubts or questions: “My Lord, Yahweh, what can you give me if I die childless...?” (Gen 15, 2). Then God showed him the starry sky and told him: “Look at the sky, count the stars if you can” and added “so will your descendants be” (Gen 15: 5). It is not an answer that clears doubts; it is again an invitation to believe, trusting fundamentally in the Word of the Lord. Abraham responds from the faith: “Abraham put his faith in the Lord and it was attributed to him as an act of righteousness” (Gn 15, 6).

When God tells him that he will give the land to him, Abraham asks: “Lord, how will I know that I am going to possess it?” (Gn 15, 8); this time the Lord guarantees the fulfillment of his promises by making an alliance with Abraham. The man of faith does not cease to assail his doubts, he does not stop asking questions; but, above all, he trusts in the word of the Lord. Faith, without nullifying reason, requires in some way to make a ‘blind leap’; faith cannot be rationalized. Believing in Jesus is not the result of a long process of reasoning. The act of faith goes beyond or transcends the canons of reason and science; which does not mean that faith is contrary to reason and science.

There is no doubt that the greatest test that Abraham had to go through was when God supposedly asked for the sacrifice of Abraham’s own son Isaac, the son of the promise (Cf., Gen 22, 1-13), an act that obviously seems irrational. Could God have asked for something like that? In the historical context and in the environment in which Abraham moves, it was common to practice human sacrifices to the pagan gods. The Israelites were tempted to fall into the kind of practices condemned in the Bible. God, obviously, cannot ask to be offered human sacrifices. The account of the sacrifice requested of Abraham should not be read as an irrational command of God to “prove” the faith of Abraham, but rather as a condemnation of the practice of human sacrifice. Possibly, Abraham came to think of the possibility of offering his firstborn son as a sacrifice to God, as did the pagans who immolated their firstborn before the false gods. Abraham was about to fall into that terrible pagan practice of immolating his firstborn. The mandate of the Angel: “Do not stretch out your hand against the child, or harm him...” (Gn 22, 12), should be understood as the prohibition of practicing human sacrifices. God makes Abraham realize that he should not be contaminated by such practices.  

God cannot ask for irrational acts from man. While faith goes beyond the canon of reason that does not mean that faith is irrational. Faith and reason can never be in conflict, since they come from the same origin. Faith is not a leap into the void. God is not putting “tests” to make us fall, that is rather the work of the evil one. God strengthens us in faith, allows us to be tested or tempted by the evil one, although not beyond our strength. The man of faith, without a doubt, has to overcome many trials, overcome temptation in a constant struggle, always counting on divine grace. We do not ask God to free us from trials and temptations but to give us the strength to overcome them and grow in virtue. Faith is a gift of God and at the same time man’s free response to divine revelation. Human reason is very limited; it is faith that opens us to new horizons of understanding of reality. Subjection to the divine will is not an irrational act. To believe in God, one does not need to inescapably renounce rationality and common sense.

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