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La Inculturación del Evangelio, Desafíos Permanentes

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El término ‘inculturación’ hay que entenderlo desde la analogía con el término ‘encarnación’. De hecho, el fundamento mismo de la inculturación es el misterio de la encarnación del Verbo de Dios, la humanización de Dios. Así como Cristo, encarnándose en una situación histórica concreta, anunció el Reino de Dios desde la cultura de su tiempo, igualmente la Iglesia tiene que continuar su presencia encarnando el Evangelio en cada cultura.

El término ‘inculturación’, como hace notar H. Carrier, es relativamente nuevo en los documentos de la Iglesia. El Concilio Vaticano II no lo utiliza todavía, aunque ya el vocablo estaba en uso. Ha sido san Juan Pablo II el primer Papa en utilizarlo y, además, emplearlo con frecuencia. “El primer documento oficial que utilizó esta expresión fue el Mensaje al Pueblo de Dios del IV sínodo de los obispos (Octubre, 1977)” [Carrier, Hervé: Evangelio y culturas. De León XIII a Juan Pablo II. Edice, Madrid, 1988, p. 104).  El Papa Juan Pablo II, en la Carta Encíclica “Slavorum Apostoli” (1985), entiende la inculturación como “la encarnación del Evangelio en las culturas autóctonas y, a la vez, la introducción de éstas en la vida de la Iglesia” (Slavorum Apostoli, N.° 21).

El papa Pablo VI establecía el principio de distinción entre Evangelio y cultura. Tal distinción, sin embargo, no supone una disociación o incomunicación. Se tiene que buscar, como decía el Papa Juan Pablo II, una “síntesis entre cultura y fe” y esto es una exigencia de la cultura, sino también como una exigencia misma de la fe, pues “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida” (Discurso a los participantes al Primer Congreso Nacional del “Movimento Ecclesiale di Impegno Cuturale” (Roma 16 de enero de 1982).

La iglesia tiene que moverse en una especie de ‘tensión dialéctica’ entre el ‘ser’ y ‘no ser’: ser la ‘Iglesia universal’ y, al mismo tiempo, concretarse culturalmente en cada ‘Iglesia particular’. De ahí que, en los debates sobre el tema de la inculturación, hay quienes hablan de “despojar al cristianismo de su corteza cultural occidental, a fin de provocar una verdadera africanización, indianización o indigenización de las iglesias autóctonas” (Carrier, Hervé: Evangelio y culturas.  O. Cit., p. 105). Cabe preguntarse ¿Es realmente posible, en la práctica, aislar el mensaje evangélico de sus revestimientos culturales? El Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae (1979), al hablar de la encarnación del mensaje evangélico en las culturas, nos da una respuesta esclarecedora: “…por una parte, el Mensaje evangélico no se puede pura y simplemente aislarlo de la cultura en la que está inserto desde el principio (el mundo bíblico, y, más, concretamente, el medio cultural en el que vivió Jesús de Nazaret); ni tampoco, sin graves pérdidas, podrá ser aislado de las culturas en las que ya se ha expresado a lo largo de los siglos; dicho Mensaje no surge de manera espontánea en ningún humus cultural; se transmite siempre a través de un diálogo apostólico, que está inevitablemente inserto en un cierto diálogo de culturas; por otra parte, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora. Cuando penetra una cultura, ¿quién puede sorprenderse de que cambie en ella no pocos elementos? No habría catequesis si fuese el Evangelio el que hubiera de cambiar en contacto con las culturas” (Catechesi Tradendae, 53).

En la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (1981) el Papa decía: “Está en conformidad con la tradición constante de la Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos todo aquello que está en condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo. Sólo con el concurso de todas las culturas tales riquezas podrán manifestarse cada vez más claramente y la Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento cada día más completo y profundo de la verdad, que ha sido dada ya enteramente por su Señor” (Familiaris Consortio N°.10). La inculturación de la fe es una exigencia esencial de toda evangelización, ‘define’ la evangelización misma. Evangelización e inculturación de la fe vienen a ser en el fondo la misma cosa. Si la Iglesia es universal, si el Evangelio está destinado a todos los pueblos, a todas las culturas, es entonces evidente que no se puede evangelizar sin asumir las culturas en sus valores, sin un respeto profundo por la diversidad cultural. La Iglesia tiene el deber de hablar el lenguaje concreto de cada cultura que pretende evangelizar. “La tarea de la inculturación supone esencialmente una doble fidelidad: fidelidad a las culturas particulares y a la universalidad del mensaje evangélico. Esta tensión forma parte de la evangelización” (Carrier, Hervé: Evangelio y culturas.  O. Cit., p. 114).

El evangelizador debe ser consciente no sólo de que los destinatarios del Evangelio son hombres de una cultura particular, que deben vivir su fe en los moldes de su propia cultura, sino que él mismo (como evangelizador) está condicionado por la cultura a la cual pertenece. Lo dicho del evangelizador vale también para la Iglesia como institución; ésta debe ser consciente de sus condicionamientos socio-culturales, evitando confundir una plasmación histórica concreta del cristianismo en una determinada cultura, con los rasgos esenciales ‘inmutables’ del Evangelio, provenientes de la voluntad permanente de Jesucristo.

Sigue vigente el principio de que se debe conservar la unidad en las cosas esenciales y admitir la pluralidad en las cosas accidentales. Esta pluralidad no es algo nuevo en la Iglesia, la historia nos revela que un sano pluralismo resulta siempre enriquecedor; basta recordar el pluralismo teológico de las antiguas escuelas de Alejandría y Antioquía, la teología agustiniana de San Buenaventura y la de Santo Tomás; otro tanto podríamos decir de la liturgia, la liturgia griega y la latina. En ese sentido, en el III Sínodo de obispos del año 1974 (que dio origen a la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”), con mucha razón los obispos ‘no romanos’ pedían una mayor autonomía de las Conferencias Episcopales y en general de las Iglesias locales, en las cosas que no son esenciales y que no afectan a la unidad de la Iglesia. La inculturación del Evangelio exige, pues, el respeto por la diversidad cultural.

Cada cultura puede expresar a su modo las inagotables riquezas del Evangelio de Cristo. En el proceso de inculturación, no solamente las culturas son renovadas con el mensaje evangélico, sino que también la misma Iglesia sale enriquecida por las culturas. El Evangelio puede transformar la cultura; a su vez, “la Iglesia entera quedará enriquecida también por aquellas culturas que, aun privadas de tecnología, abundan en sabiduría humana y están vivificadas por profundos valores morales” (Familiaris Consortio, N°. 10).

En el Sínodo amazónico (2019), se ha evidenciado nuevamente los desafíos permanentes que implica la inculturación del Evangelio. Los padres sinodales han señalado la necesidad que tenemos de una “conversión cultural”, la misma que implica “hacernos al otro, aprender del otro. Estar presentes, respetar y reconocer sus valores, vivir y practicar la inculturación y la interculturalidad en nuestro anuncio de la Buena Noticia” (Documento final del Sínodo Amazónico, N.° 41). El papa Francisco nos ha vuelto a hablar de la necesidad de una iglesia inculturada, de una iglesia católica con rostro amazónico.

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