Si Escuchas Su Voz

La Limosna del Pobre

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En la Biblia, el pobre, el huérfano y la viuda son el prototipo de personas excluidas de la sociedad, los más pobres entre los pobres; por ello, ya desde el Antiguo Testamento Dios aparece como su defensor. En el Nuevo Testamento Jesús expresa su abierta solidaridad con los más pobres, Él mismo se ha hecho uno entre ellos, ha querido compartir la suerte de los pobres y sencillos; por contrapartida, Jesús cuestiona duramente a los que ponen su confianza en el dinero y el poder.

En el Evangelio de Marcos, Jesús, después de fustigar duramente la actitud de los letrados (escribas) que hacen ostentación de fama y poder, y que utilizando la religión se aprovechan de los pobres para devorar sus bienes (Cf., Mc 12, 38-40), ensalza la actitud de una pobre viuda que es capaz de un verdadero acto de desprendimiento y confianza absoluta en la providencia de Dios (Cf., Mc 12, 41-44). Se hace, pues, una contraposición entre dos formas de ver y vivir la religión. En varios pasajes de los Evangelios Jesús resalta la actitud de los pobres y sencillos frente a la arrogancia de los poderosos.

Recordemos que Jesús, en sus discursos contra los fariseos y maestros de la ley, cuestiona duramente a quienes han hecho de la religión una forma de vida para provecho propio en términos mercantilistas. En el capítulo anterior del Evangelio de Marcos (Cf., Mc 11, 15-19), el evangelista nos ha presentado el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo, narración que grafica claramente la situación de mercantilismo de la religión en la que estaban involucrados hasta los sumos sacerdotes. En otros pasajes Jesús dirige palabras muy duras contra los que han puesto su confianza en el dinero.

Como antesala a la escena del óbolo de la pobre viuda, fustiga a los escribas “que les gusta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencia en la plaza, que buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos” (Mc 12, 38-40). No cabe duda que Jesús no usa formas diplomáticas para dirigirse a quienes ostentan el poder económico, político o religioso. Su lenguaje es directo, incisivo, tajante como espada de doble filo. Jesús no se preocupa por guardar ‘las formas’. Resulta entonces entendible el rechazo que generarían las palabras de Jesús entre quienes eran directamente aludidos. Uno de sus más duros cuestionamientos se dirige precisamente contra quienes se supone están llamados a velar por la autenticidad del culto; siendo ellos, precisamente, quienes lo han pervertido. La frase resulta lapidaria: “devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos”. Han convertido la religión en un negocio en beneficio propio, se aprovechan de la buena fe de la gente pobre y sencilla para expoliarla. Se trata de una de las formas más graves de perversión de la religión, por ello Jesús señala: “Esos tendrán una sentencia más rigurosa” (Mc 12, 40).

La religión, como todo fenómeno humano, puede estar sujeta a deformaciones, pero en el presente caso no se trata de una deformación de la religión sino de su negación, es decir: no puede haber ninguna actitud religiosa en quienes han convertido el culto en una forma de negocio, en quienes lucran con lo religioso.  Las duras críticas de Jesús a quienes se aprovechan de la religión, obviamente, valen para todos los tiempos. De ahí que la Iglesia siempre tiene que dar testimonio de desprendimiento, de solidaridad con los más pobres, rechazando cualquier tentación de alianzas con el poder político y económico.

Retomemos la escena que nos relata el Evangelio sobre el óbolo de la viuda.  El escenario donde se desarrollan los hechos es el templo, símbolo religioso por excelencia para los judíos.

Jesús invita a sus discípulos a observar la escena, quizá muy similar a nuestros templos a la hora de hacer la colecta. El hecho de que se deposite en un ánfora o se haga a través de un sobre o de una transferencia vía Internet resulta irrelevante para la cuestión de fondo: lo importante es fijarnos en la actitud religiosa que está detrás del gesto del óbolo. No viene al caso perdernos en disquisiciones sobre el tipo de monedas que depositó la viuda del Evangelio en la alcancía del templo, ni a cuanto equivale al cambio en moneda actual, pues todo eso resulta anecdótico. Lo fundamental es fijarnos en la actitud de desprendimiento de aquella mujer, mirar más allá de las apariencias y captar su verdadero sentido religioso y, desde luego, tratar de aprender de ella.

La Iglesia, desde sus orígenes, ha heredado la práctica judía del óbolo, de la colecta. Los fieles, de diversas formas, contribuyen al sostenimiento de su Iglesia. Periódicamente se hacen colectas específicas para un determinado propósito, como por ejemplo para las misiones, y para muchas obras sociales. En ese sentido es perfectamente válido exhortar a los fieles a la generosidad en sus aportes. Queda a criterio de conciencia de cada uno lo que debe dar para apoyar las obras de la Iglesia. La generosidad no es una cuestión de cantidad sino de actitud, y eso es precisamente lo que nos enseña el relato que comentamos.

La viuda del Evangelio pone en evidencia cuál es la verdadera actitud religiosa de desprendimiento y confianza absoluta en la providencia divina. Por otra parte, cabe destacar que el gesto de la viuda no pretende llamar la atención de nadie, es un gesto anónimo pero que no pasa desapercibido para Jesús, quien lo hace notar a sus discípulos. Si aquella mujer hubiera consultado a un director espiritual sobre si debía o no dar en limosna todo lo que tenía para vivir, sin duda que habría recibido la orientación de “no exagerar” hasta el extremo de darlo todo; pero, aquella mujer ha ido más allá del sentido común corriente y ha puesto en evidencia la falsa generosidad de los que no eran pobres como ella. Los otros han dado de lo que les sobra, ella en cambio ha dado de lo que le hace falta, de su pobreza, de lo estrictamente necesario para vivir. La generosidad, desde luego, no está reservada exclusivamente a los más pobres, también la gente que no es tan pobre puede hacer verdaderos gestos de generosidad. No se trata de cantidad sino de una actitud del corazón que se traduce en desprendimiento.

Jesús nos enseña que tenemos mucho que aprender de los más pobres, de aquellos considerados de “escasa cultura” o analfabetos. Ellos no tienen la habilidad discursiva de los doctos y maestros, pero nos enseñan con su testimonio de vida, con sus gestos de generosidad y desprendimiento. Obviamente, no por el solo hecho de ser materialmente pobre se tiene esas virtudes. Hablamos sobre todo de los pobres en el espíritu, de los humildes y sencillos. La gente está más necesitada de verdaderos gestos de generosidad que de discursos de personas ilustradas.





The Poor Man's Alms


By FATHER LORENZO ATO


In the Bible, the poor, the orphan and the widow are the prototypes of people excluded from society, the poorest of the poor. For this reason, ever since the Old Testament, God appears as their defender. In the New Testament, Jesus expresses his open solidarity with the poorest; he himself has become one among them, he has wanted to share the fate of the poor and simple. On the other hand, Jesus strongly questions those who put their trust in money and power.

In the Gospel of Mark, Jesus, after harshly lashing out at the attitude of the lawyers (scribes) who show great display of fame and power, and who, misusing religion, take advantage of the poor to devour their goods (Cf., Mk 12, 38-40). He extols the attitude of a poor widow who is capable of a true act of detachment and absolute trust in the providence of God (Cf., Mk 12, 41-44). There is, therefore, a contrast between two ways of seeing and living religion. In several passages of the Gospels, Jesus highlights the attitude of the poor and the simple in contrast with the arrogance of the powerful.

Let us remember that Jesus, in his speeches against the Pharisees and teachers of the law, strongly questions those who have made religion a way of life for their own benefit in commercial terms. In the previous chapter of the Gospel of Mark (Cf., Mk 11, 15-19), the evangelist has told us the episode about the expulsion of the merchants from the temple, a narrative that clearly depicts the situation of the commercialization of religion in which even the chief priests were involved. In other passages, Jesus addresses very harsh words against those who have placed their trust in money.

As a prelude to the scene of the poor widow's mite, he scolds the scribes "who like to go around in long robes and accept greetings in the marketplaces, seats of honor in synagogues, and places of honor at banquets. They devour the houses of widows and, as a pretext recite lengthy prayers." (Mk 12, 38-40). There is no doubt that Jesus does not use diplomatic language to address those who hold economic, political or religious power. His language is direct, incisive, and sharp as a double-edged sword. Jesus does not worry about keeping “the formalities.” The rejection that the words of Jesus would generate among those who were directly alluded to is therefore understandable. One of his toughest questions is directed precisely against those who are supposed to be called to ensure the authenticity of worship, being themselves, precisely, those who have perverted it. The phrase is lapidary: "They devour widows' possessions under the pretext of long prayers." They have turned religion into a business for their own benefit; they take advantage of the good faith of the poor and simple people in order to plunder it. It is one of the most serious forms of perversion of religion; for that reason Jesus points out: "They will receive a very severe condemnation" (Mk 12, 40).

Religion, like all human phenomena, can be subject to deformation, but in the present case it is not a distortion of religion but its denial. That is, there can be no religious attitude in those who have turned worship into a way of business, in those who profit from what is religious. The harsh criticisms of Jesus of those who take advantage of religion, obviously, are valid for all time. Hence, the Church always has to give witness to detachment, solidarity with the poorest, rejecting any temptation of alliances with political and economic power.

Let us return to the scene that the Gospel tells us about the widow's mite. The place where the events take place is the temple, the religious symbol par excellence for the Jews. There is Jesus with his disciples, who this time should take a lesson not from a theological discourse, but from the gesture of a poor, illiterate widow. If words are very important, gestures are even more important. Jesus invites his disciples to observe the scene, perhaps very similar to our churches at the time of taking the collection. The fact that it is deposited in an urn or is made through an envelope or a transfer via Internet is irrelevant to the question of substance. The important thing is to look at the religious attitude behind the gesture of the mite. It is irrelevant to lose ourselves in disquisitions about the type of coins deposited by the widow of the Gospel in the temple's treasury, or what amounts to its value in current currency, since all this is anecdotal. The fundamental thing is to look at the attitude of detachment of the woman. Look beyond appearances and grasp their true religious sense and, of course, try to learn from her.

The Church, from its origins, has inherited the Jewish practice of giving alms, from the collection. The faithful, in various ways, contribute to the support of the Church. Specific collections for a particular purpose, as for example for the missions and for many social works are regularly taken. In this sense, it is perfectly valid to exhort the faithful to generosity in their contributions. It is at the discretion of each one's conscience what they should give to support the works of the Church. Generosity is not a matter of quantity but of attitude, and that is precisely what the story that we discussed teaches us.

The widow in the Gospel shows us the true religious attitude of detachment and absolute trust in divine providence. On the other hand, it should be noted that the gesture of the widow is not intended to attract the attention of anyone. It is an anonymous gesture, but it does not go unnoticed by Jesus, who brings it to the attention of his disciples. If that woman had consulted a spiritual director about whether or not she should give in alms all she had to live on, she would undoubtedly have received the guidance of "not exaggerating" to the point of giving everything; but, that woman has gone beyond ordinary common sense and has exposed the false generosity of those who were not poor like her. The others have given from what they have left over; she has given what she needs, from her poverty, from what is strictly necessary to live. Generosity, of course, is not reserved exclusively for the poorest; people who are not so poor can also make true gestures of generosity. It is not about quantity but an attitude of the heart that translates into detachment.

Jesus teaches us that we have much to learn from the poorest, from those who are considered "poorly educated" or illiterate. They do not have the discursive ability of the learned and of teachers, but they teach us with their life testimony, with their gestures of generosity and detachment. Obviously, it is not the mere fact of being materially poor that lets you have these virtues. We speak above all of the poor in the spirit, of the humble and simple. People are more in need of true gestures of generosity than of speeches by enlightened people.

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