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La Santidad de Los Laicos

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A lo largo de los siglos la Iglesia ha declarado santos y santas a miles de personas; pero, si revisamos el santoral, constatamos que un gran número de ellas son religiosos y religiosas, sacerdotes, obispos, fundadores de congregaciones religiosas. En el pasado muchos pensaron que para llevar una vida santa había que optar por la vida religiosa, entrar en una congregación, en un monasterio, retirarse del “mundanal ruido”. En el pasado, en los orígenes de la vida monacal (y también en la Edad Media), se hablaba de la “huida del mundo” para poder vivir el ideal de vida cristiana. Hoy en día, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, se enfatiza que todos, según su propio estado de vida, pueden alcanzar la santidad: “Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y a la perfección dentro del propio estado” (Lumen Gentium, 42), es decir, que la santidad no está reservada a religiosos, monjes, sacerdotes, sino que también los laicos están llamados a la santidad, cumpliendo sus deberes en el mundo.

En el mes de mayo del presente año (2019) la Iglesia ha beatificado a dos mujeres laicas. La primera, Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), mexicana, esposa y madre de familia de 9 hijos, fue beatificada el 4 de mayo en la Basílica de Guadalupe (México). Ella es la primera laica mexicana elevada a los altares. La segunda, Guadalupe Ortiz de Landázuri (1916-1975), madrileña, doctora en química e investigadora, beatificada el 18 de mayo de 2019, es también una mujer laica que, como numeraria de la Prelatura del Opus Dei, vivió la santidad sin optar por el matrimonio (pues los numerarios, aun siendo laicos, hacen promesa de celibato), ella es la primera laica del Opus Dei que ha sido beatificada. Estos dos ejemplos actuales nos muestran que los laicos, no necesitan abandonar su estado de vida para ser santos, pues lo que Dios nos pide es que le amemos con intensidad, y que nos dejemos desbordar de su amor, y derrochemos ese amor amando a los demás.

La vida ejemplar de los santos no consistió en hacer “grandes obras humanas”; algunos de ellos, ciertamente, han sido doctores de la Iglesia (han contribuido al desarrollo de la teología), otros han sido fundadores de congregaciones religiosas importantes; pero, su vida santa radicó esencialmente en un intenso amor a Dios. No han sido declarado santos por haber hecho “grandes obras materiales”, por la producción intelectual (de los doctores de la Iglesia), sino por su vivencia del amor, por sus “virtudes heroicas”, porque sus vidas son motivadores para otros. Su santidad no es reductible a una “santidad moral” como resultado de un ejercicio ascético (rigurosas penitencias), en otras palabras: la santidad de sus vidas no fue obra suya, sino del Espíritu Santo; ellos fueron dóciles a la acción del Espíritu Santo, se dejaron transformar por Él. Ellos siempre se consideraron a sí mismo pecadores, practicaron la confesión frecuente, se nutrieron constantemente de la Eucaristía, obraron la caridad. Muchos de ellos eran personas de frágil salud, como es el caso de la última beatificada (Guadalupe Ortiz de Landázuri), quien sufría del corazón; sin embargo, tenían una enorme fortaleza interior, el fuego del Espíritu, que los hacía sobreponerse a la enfermedad, enfrentar la adversidad y desgastarse de manera sobrehumana por la causa de Cristo, viviendo con alegría, pues no conocemos el caso de una “santo triste”.

Hay muchas personas laicas que llevan una vida santa, aunque no sean oficialmente reconocidos como tales, pues los procesos que se tienen que promover ante la Sagrada Congregación para la causa de los santos (en el Vaticano), son complejos y toman su tiempo. La Iglesia, para declarar oficialmente que una persona es santa, se asegura de examinar minuciosamente la vida de aquél que ha sido propuesto; tiene que “constatarse” también que se haya obrado un milagro por la intercepción del venerable (generalmente es una curación que escapa a toda explicación científica presente y futura). Ahora bien, es de aclarar que la Iglesia, con el veredicto de la Congregación de la Causa de los Santos, lo único que hace es reconocer y declarar solemnemente que una persona es santa, y que podemos tener la certeza de que está en el cielo y desde allí puede interceder por nosotros, que su vida y virtudes son ejemplo para otros creyentes. No es que una persona recién comienza a ser santa desde que se expide el decreto de reconocimiento de su santidad. El decreto no lo hace santo, sino que solo reconoce su santidad.

La Iglesia tiene potestad para declarar con certeza que una persona es santa, pero nunca para determinar solemnemente que alguien “está en el infierno”, pues no puede saber los alcances de los insondables designios divinos, ni establecer los límites de la misericordia de Dios. Un ejemplo paradigmático es el caso del ladrón crucificado junto con Jesús que invocó la misericordia cuando casi agonizaba: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino” (Lc 23, 42), recibiendo de Jesús como respuesta: “En verdad te digo: Hoy estará conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43). Aquél ladrón, a quien la tradición ha llamado “Dimas”, no obstante que, al parecer, no llevó una “vida ejemplar”, se arrepintió en el último momento y se ganó el cielo “sin mucho esfuerzo”; quizá por eso, este santo no tiene un lugar en el calendario litúrgico, no hay una fecha para celebrarlo, pues, para muchos no sería muy “prudente” poner a san Dimas (el “buen ladrón”) como ejemplo de vida, más aún para aquellos que consideran que la santidad es sobre todo de tipo moral, que se gana con el esfuerzo, sacrificio y penitencia, y que el cielo es una recompensa merecida por sus “buenas obras” realizadas en esta vida (seguidores del pelagianismo o semipelagianismo). Quienes piensan de ese modo parecen olvidar que somos salvados por pura gracia de Dios y no por nuestras buenas obras. Con esto, desde luego, no pretendemos decir que lo importante es convertirse “al último momento de nuestra vida”, pues normalmente las personas (con algunas excepciones), mueren como viven. Es difícil, aunque no imposible, esperar que alguien que ha llevado toda una vida alejada de Dios se arrepienta en el último momento de su existencia terrenal. Tengamos claro que la santidad es siempre obra de Dios, que para ser santos hay que dejarse conducir y moldear por el Espíritu Santo. Si queremos ser santos, acojamos la exhortación del apóstol Pablo: “Dejémonos conducir por el Espíritu” (Ga 5, 25).





The Holiness of the Laity


By FATHER LORENZO ATO


Throughout the centuries, the Church has declared thousands of people to be saints; but, if we review the list of saints, we find that a large number of them are religious men and women, priests, bishops or founders of religious congregations. In the past, many thought that to lead a holy life, one had to choose religious life, enter a congregation or a monastery, and withdraw from the “worldly noise.” In the past, in the origins of monastic life (and also in the Middle Ages), there was talk of “flight from the world” to live the ideal of Christian life. Today, especially since the Second Vatican Council, it is emphasized that everyone, living according to their own state of life, can attain holiness: “All Christian faithful are therefore invited and even forced to persistently seek sanctity and holiness, perfection within their own state” (Lumen Gentium, 42), that is, that holiness is not reserved for religious, monks and priests, but also that the laity are called to holiness, fulfilling their duties in the world.

In the month of May of this year, the Church has beatified two laywomen. The first, Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), a Mexican wife and mother of nine children, was beatified on May 4 at the Basilica of Guadalupe (Mexico). She is the first Mexican laywoman raised to the altars. The second, Guadalupe Ortiz de Landázuri (1916-1975), from Madrid, a doctor in chemistry and researcher, beatified on May 18, is also a laywoman who, as a numerary of the Opus Dei Prelature, lived sanctity without opting for marriage (because the numeraries, even being lay people, make a promise of celibacy). She is the first laywoman of Opus Dei that has been beatified. These current examples show us that the laity do not need to abandon their state of life to be saints, because what God asks of us is that we love Him with intensity, and that we allow ourselves to overflow with His love, and that we squander that love by loving others.

The exemplary life of the saints did not consist in doing “great human works.” Some have certainly been doctors of the Church (they have contributed to the development of theology), others have been founders of important religious congregations; but their holy life was essentially based on an intense love for God. They have not been declared saints for having done “great material works,” or for their intellectual production (of the doctors of the Church), but for their experience of love, for their “heroic virtues,” because their lives are motivating for others. Their holiness is not reducible to a “moral holiness” as a result of an ascetic exercise (rigorous penances). In other words, the sanctity of their lives was not their own work, but the work of the Holy Spirit. They were docile to the action of the Holy Spirit; they let themselves be transformed by Him. They always considered themselves sinners, they practiced frequent confession, they nourished themselves constantly on the Eucharist and they performed works of charity. Many of them were people of fragile health, as is the case of the recently beatified (Guadalupe Ortiz de Landázuri), who suffered from heart disease; however, they had an enormous inner strength, the fire of the Spirit, which made them overcome disease, face adversity and wear themselves out in a superhuman way for the sake of Christ, living with joy, because we do not know any example of a “sad saint.”

There are many lay people who lead a holy life, even if they are not officially recognized as such, because the processes in which they would have to be promoted before the Sacred Congregation for the cause of the saints (in the Vatican) is complex and takes time. The Church, to officially declare that a person is a saint, makes sure to thoroughly examine the life of the one who has been proposed. It must also be “verified” that a miracle has been performed by the interception of the venerable (it is generally a cure that escapes all present and future scientific explanation). Now, it must be clarified that the Church, with the verdict of the Congregation for the Causes of Saints, only recognizes and solemnly declares that a person is holy, and that we can be certain that he or she is in heaven and from there they can intercede for us, that their life and virtues are examples for other believers. It is not that a person has just begun to be a saint when the decree of recognition of their holiness was issued. The decree does not make them saints; it only recognizes their sanctity.

The Church has the power to declare with certainty that a person is holy, but never to solemnly determine that someone “is in hell,” because he cannot know the scope of the unfathomable divine designs, nor establish the limits of God’s mercy. A paradigmatic example is the case of the thief crucified together with Jesus who invoked mercy when he was almost dead: “Jesus, remember me when you are in your kingdom” (Lk 23, 42), receiving from Jesus as an answer: “Truly I tell you: today you will be with me in Paradise” (Lk 23, 43). That thief, whom the tradition has called “Dismas,” although, apparently, he did not lead an “exemplary life,” he repented at the last moment and won heaven “without much effort.” Perhaps it is because of this that this saint does not have a place in the liturgical calendar. There is no date to celebrate him, because for many it would not be “prudent” to hold up St. Dismas (the “good thief”) as an example of life, all the more so for those who consider that holiness is above all of a moral nature, which is earned through effort, sacrifice and penance, and that heaven is a reward deserved for their “good works” done in this life (followers of Pelagianism or semi-Pelagianism). Those who think this way seem to forget that we are saved by the grace of God and not by our good works.  With this, of course, we do not intend to say that the important thing is to become holy “at the last moment of our life,” because normally people (with some exceptions) die as they are. It is difficult, though not impossible, to hope that someone who has lived a lifetime away from God will repent at the last moment of their earthly existence. Let us be clear that holiness is always the work of God; in order to be saints we must let ourselves be led and shaped by the Holy Spirit. If we want to be saints, let us accept the exhortation of the Apostle Paul: “Let us allow ourselves to be led by the Spirit” (Gal 5:25).

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