Si Escuchas Su Voz

La Vocación Profética

Posted

En la historia del profetismo en Israel, una de las señales para reconocer al verdadero profeta de los falsos es la persecución. Los falsos profetas eran aquellos que habían hecho del profetismo un oficio para ganarse la vida, para sacar provecho, utilizando para ello el engaño, haciéndose pasar por profetas sin realmente serlo, en definitiva: eran unos embaucadores capaces de venderse al mejor postor; muchos de ellos eran profetas al servicio de la corte real, aduladores del rey y de las autoridades de su tiempo, decían solo lo que dichas autoridades y gobernantes querían escuchar para su beneplácito. Los verdaderos profetas (los profetas de vocación), por el contrario, se sentían en la obligación de comunicar lo que Dios quería, no obstante eso contrariase a las autoridades y al pueblo, conllevando a que fueran perseguidos.

A los gobernantes y autoridades de todos los tiempos, generalmente, les gusta que los alaben, que les hagan creer que todo lo hacen bien; por eso es que siempre hay gente dispuesta a realizar esa tarea y sacar provecho de la situación, viven del ‘oficio de adular’ a quienes detentan el poder; en cambio, pobre de aquél que se atreva a cuestionar con la verdad, a ponerse del lado de la oposición. Muchas veces los que tienen el poder pecan de arrogancia, de intolerancia, de incapacidad para el diálogo, no admiten la crítica, más bien buscan deshacerse de sus opositores, acallarlos por todos los medios, pues no aceptan la confrontación de ideas, ni otra verdad que no sea la suya. La intolerancia se da a todos los niveles, no sólo en el ámbito político, también en el ámbito religioso.

La vocación profética se funda en el llamado libre del Señor, Él es quien toma la iniciativa, su elección no se basa en los méritos o cualidades del elegible, sino en una decisión libérrima de Dios. Como ejemplo de esa vocación profética podemos mencionar a Jeremías (Cf., Jr 1, 4-10), elegido por Dios “antes de formarse en el vientre materno”, consagrado “antes de salir del seno materno”. Se enfatiza la elección incondicional del Señor, no “en previsión de los méritos futuros” del elegido, sino por pura gratuidad. La elección (vocación) es, desde luego, para una misión: ser mensajero del Señor.

Jeremías, fiel a su vocación, tiene la difícil y riesgosa tarea de hacer oír lo que muchos no quieren escuchar. Jeremías, en su tiempo, es un profeta perturbador, de su boca salen anuncios de desgracias contra el pueblo que se ha apartado del Señor, contra las autoridades corruptas de su tiempo. Quieren acallarlo, pero se niega al silencio, la Palabra de Dios le obliga a decir lo que él no quisiera decir para evitarse problemas con las autoridades. Aquellas autoridades estaban acostumbradas a lisonjas, halagos de los falsos profetas, a que les digan “todo va bien”, “el Señor está de tu parte”. El profeta, en cambio, marchando contra corriente, denuncia, cuestiona y, como es lógico, quien denuncia con la verdad se gana enemigos. Jeremías fue uno de esos profetas perseguidos por defender la causa de Dios. El Señor le ha dicho al profeta que no tenga miedo (Cf., Jr 1, 17), haciéndole la promesa de estar junto él en el momento de la prueba (Cf., Jr 1, 19); sin embargo, esto no exonera al profeta de la persecución y el sufrimiento.

El Señor había elegido a Jeremías desde el seno materno; pero esa elección fue motivo de muchos sufrimientos para el profeta. Tuvo que hablar a las autoridades de su tiempo y, por ser fiel a su misión sufrió la persecución: lo amenazaron, insultaron, fue denunciado incluso por parientes y amigos. Las autoridades querían hacerle decir lo que ellos deseaban oír, querían doblegarlo, hacer de él un ‘hombre de paz’, un profeta que no hiciera problemas, que no perturbara la tranquilidad del pueblo. El profeta puede resistir a todas las adversidades porque se siente acompañado por el Señor: “Lucharán contra ti, pero no podrán, porque yo estoy contigo para liberarte” (Jr 1, 19).

El Evangelio de Lucas (Cf., Lc 4, 18-21) nos relata el comienzo del ministerio de Jesús, con aquél anuncio hecho en la Sinagoga de Nazaret, en que Jesús se aplicó a sí mismo lo anunciado en el libro de Isaías (Cf., Is 61, 1-2): “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-20). Terminando de leer aquél pasaje Jesús dijo: “Hoy se cumple esta escritura que acaban de oír” (Lc 4, 21).

Aquel pasaje del profeta Isaías describe el proyecto que Jesús hace suyo: anunciar una Buena Noticia liberadora del hombre. El Evangelio es siempre Buena Noticia, no “Buena y Mala noticia”; es anuncio salvador. Jesús viene a traernos la verdadera libertad: libertad para los cautivos, la vista a los ciegos. El anuncio de Isaías ya no es una simple promesa, es ahora realidad con Jesús; pero, ¿Cuál fue el resultado de aquel primer anuncio de Jesús? ¿Fue acogida esa palabra? El evangelio de nos relata el ‘fracaso’ de aquella predicación: “Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo” (Lc 4, 28-29). Jesús tuvo que huir para que no lo lincharan, esa fue la respuesta de la gente ante aquel anuncio de Jesús, quien no pudo convencer a sus paisanos de Nazaret. Para muchos resultaba inaceptable que uno del pueblo, conocido como el “hijo del carpintero”, se atribuyese a sí mismo un poder salvador y se presente como el que venía a dar cumplimiento a las Escrituras. Querían ver milagros de Jesús, pero Él no estaba dispuesto a satisfacer su curiosidad y deseo de espectáculo; Jesús quería de ellos una respuesta de fe; y, como no la encontró tuvo que marcharse a otros pueblos.

Jesús, como los grandes profetas del Antiguo Testamento, experimentó el rechazo y la incomprensión de la gente importante de su tiempo, de aquellos que precisamente se tenían por muy religiosos. A Jeremías, como hemos explicado, las autoridades pretendían hacerle decir lo que a ellos les gusta. Los habitantes de Nazaret exigen a Jesús que haga lo que ellos quieren, que ofrezca un espectáculo taumatúrgico. En ambos casos no están dispuestos a ser interpelados por la Palabra de Dios, no quieren creer. Jesús les hace recordar el viejo adagio ‘nadie es profeta es su tierra’ expresado en los siguientes términos: “En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria” (Lc 4, 24).

El Señor no ha garantizado a sus discípulos el éxito en su predicación, tampoco a la Iglesia. Jesús ha prometido estar con nosotros, pero eso no nos exonera de la persecución y hasta del martirio.





The Prophetic Vocation


By FATHER LORENZO ATO


In the history of the prophets in Israel, one of the signs to recognize the true prophet from the false one was persecution. The false prophets were those who had made prophecy a trade for earning a living, to profit, using deception, pretending to be prophets without really being one. In short, they were tricksters capable of selling themselves to the highest bidder. Many of them were prophets in the service of the royal court, sycophants of the king and of the authorities of his time. They said only what those authorities and governors wanted to hear for their approval. The true prophets (the prophets of vocation), on the contrary, felt obliged to communicate what God wanted, despite that being contrary to the authorities and the people, leading to their persecution.

The rulers and authorities of all times generally like to be praised, to be made to believe everything is going well. That is why there are always people willing to carry out this task and take advantage of the situation, to live off of the 'job of flattering' those who hold power. On the other hand, woe to those who dare to question the truth, to side with the opposition. Many times, those who have power sin by arrogance, intolerance or the inability to dialogue. They do not admit criticism, rather they seek to get rid of their opponents, silence them by all means. They do not accept the confrontation of ideas or other truths that are not theirs. Intolerance occurs at all levels, not only in the political sphere, but also in the religious sphere.

The prophetic vocation is based on the free call of the Lord. He is the one who takes the initiative. His election is not based on the merits or qualities of the one selected but in a free decision of God. As an example of that prophetic vocation, we can mention Jeremiah (Cf., Jr 1: 4-10), chosen by God "before he was formed in the womb," and consecrated "before leaving the womb." The unconditional election of the Lord is emphasized, not "in anticipation of the future merits" of the chosen one, but by pure gratuity. The choice (vocation) is, of course, for a mission: to be a messenger of the Lord.

Jeremiah, faithful to his vocation, has the difficult and risky task of making people hear what many do not want to hear. Jeremiah, in his time, is a disturbing prophet; out of his mouth come announcements of misfortunes against the people who have turned away from the Lord, against the corrupt authorities. They want to silence him, but he refuses to be silent; the Word of God forces him to say what he does not want to say to avoid problems with the authorities. Those authorities were accustomed to being flattered, by the flattery of the false prophets, to being told "everything is fine," "the Lord is on your side." The prophet, on the other hand, marches against the current, he denounces, questions and, as is logical, whoever denounces with the truth makes enemies.

Jeremiah was one of those prophets persecuted for defending the cause of God. The Lord has told the prophet not to be afraid (Cf., Jr 1:17), making him the promise to be with him at the time of the test (Cf., Jr 1:19); however, this does not exonerate the prophet from persecution and suffering.

The Lord had chosen Jeremiah from the womb, but that choice was the cause of much suffering for the prophet. He had to speak to the authorities of his time and, because he was faithful to his mission, he suffered persecution: he was threatened, insulted and denounced, even by relatives and friends. The authorities wanted to make him say what they wanted to hear. They wanted to break him down, make him a “man of peace,” a prophet who did not cause problems, who did not disturb the tranquility of the people. The prophet can resist all adversities because he feels accompanied by the Lord: “They will fight against you, but they will not be able to win, because I am with you to set you free" (Jr 1:19).

The Gospel of Luke (Cf., Lk 4, 18-21) tells us about the beginning of Jesus' ministry, with that announcement made in the Synagogue of Nazareth, in which Jesus applied to himself what was announced in the book of Isaiah (Cf., Is 61, 1-2): "The Spirit of the Lord is upon me, because He has anointed me. He has sent me to bring the Good News to the poor, to announce freedom to the captives, to the blind, sight. To give freedom to the oppressed; to announce the year of the Lord's grace" (Lk 4, 18-20). Having finished reading that passage, Jesus said: "Today, this Scripture that you have just heard is fulfilled" (Lk 4:21).

That passage from the prophet Isaiah describes the project that Jesus makes his own: to announce a Good News that liberates man. The Gospel is always Good News, not "Good news and Bad news." It is a saving announcement. Jesus comes to bring us true freedom: freedom for the captives, sight for the blind. The announcement of Isaiah is no longer a simple promise, it is now reality with Jesus. But what was the result of that first announcement of Jesus? Was that word accepted? The Gospel tells us about the "failure" of that preaching: "Everyone in the synagogue became angry and, getting up, they pushed him out of the town to a ravine on the hill where his town stood, with the intention of throwing him down" (Lk 4, 28-29). Jesus had to flee so that they would not lynch him; that was the response of the people to that announcement of Jesus, who could not convince his countrymen of Nazareth. For many, it was unacceptable for one of their own people, known as the "son of the carpenter," to attribute to himself a saving power and present himself as the one who came to fulfill the Scriptures. They wanted to see Jesus' miracles, but He was not willing to satisfy their curiosity and desire for spectacle. Jesus wanted from them an answer of faith, and, since he did not find it, he had to go to other towns.

Jesus, like the great prophets of the Old Testament, experienced the rejection and incomprehension of the important people of his time, of those who precisely considered themselves very religious. The authorities, as we have explained, intended to make Jeremiah say what they liked. The inhabitants of Nazareth demand that Jesus do what they wanted, to offer a magic spectacle. In both cases they are not willing to be challenged by the Word of God, they did not want to believe. Jesus reminds them of the old adage, “No one is a prophet in his own land,” which he expressed in the following terms: "Truly, I tell you that no prophet is well received in his homeland" (Lk 4:24).

The Lord has not guaranteed his disciples success in their preaching, nor in that of the Church. Jesus has promised to be with us, but that does not exempt us from persecution and even martyrdom.

Comments

No comments on this story | Please log in to comment by clicking here
Please log in or register to add your comment