Si Escuchas Su Voz

Las Tentaciones de Jesús

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Después de su Bautismo, antes del comienzo de su vida pública, Jesús tiene una experiencia de desierto, pasa por una ‘Cuaresma’ como preparación para su misión. Jesús, según nos relatan los tres evangelios sinópticos, es llevado al desierto y allí es tentado por el diablo (Cf., Mc 1, 12-13; Mt 4, 1-10; Lc 4, 1-13). El demonio pretende desviar a Jesús del proyecto del Padre.

A la primera tentación (convertir las piedras en pan), Jesús respondió al tentador diciendo aquellas célebres palabras “No solo de pan vive el hombre” (Lc 4, 4), palabras referidas en el libro del Deuteronomio (Cf., Dt 8, 3). Resulta evidente que el hombre no puede vivir sin atender sus necesidades materiales básicas (alimentación, salud, vestido, vivienda, etc.,). Dios no puede querer que millones de personas en el mundo vivan en la miseria, imposibilitados de atender sus necesidades fundamentales, no puede querer que mueran a causa del hambre ante la insensibilidad de los que tienen en abundancia; pero, el “no solo de pan vive del hombre” nos hace reconocer el verdadero fin del hombre. El hombre no está en el mundo sólo para satisfacer sus necesidades “materiales” o primarias. El espíritu, es decir la persona en su dimensión trascendente y religada a Dios, tiene también “necesidades primarias”, entre ellas nutrirse de la Palabra de Dios y de la Eucaristía. La segunda y tercera tentación están relacionada

s con el uso del poder y el dejarse envolver por la gloria del mundo. Jesús rechaza una y otra vez las tentaciones del maligno, citando las palabras de la Escritura (Cf., Dt 6, 13.16) y ratificando su propósito de cumplir con el proyecto de Dios. En realidad no se trata sólo de las tentaciones a las que fue sometido Jesús y de las cuales salió victorioso, sino también de las tentaciones permanentes a las que está sometida la Iglesia y que pueden llevar a desnaturalizar su verdadera misión: la seducción del poder y la vana gloria, el querer pactar con los que detentan el poder político y económico, buscar la protección de los poderosos, en definitiva: la tentación de querer desviarse del verdadero camino trazado por Jesús, el camino de la cruz. Debemos estar alertas para no sucumbir a ese tipo de tentaciones, que son las mismas del pasado. En ese sentido debemos dejarnos interpelar permanentemente por la Palabra del Señor, escuchar siempre su voz. Dios quiere que el hombre escuche su voz y no endurezca el corazón (Cf., Sal 94, 8), que no se haga indiferente o insensible a la Palabra. Cada uno de nosotros está llamado a revisar su proyecto de vida, a purificar su fe y compromiso cristiano de todo tipo de contaminaciones con proyectos meramente mundanos que conllevan a traicionar nuestra fidelidad a Cristo y su Evangelio.

Dios permite que seamos tentados por el espíritu del mal, pero nos da su gracia para no sucumbir a la tentación; en la oración del Padrenuestro no le pedimos a Dios que nos libre de las tentaciones (Jesús mismo no fue librado de ser tentado por el demonio), sino que no nos deje caer en la tentación. Las tentaciones siempre estarán presentes a lo largo de nuestra vida, pero podemos combatirlas con la oración, con nuestra unión con Cristo.

Dios, obviamente, no nos pone “pruebas” para hacernos caer, es el demonio quien se complace en nuestras caídas. Dios no nos manda tentaciones, sino que, por el contrario, nos da su gracia para vencerlas. Las tentaciones son obra el maligno, Dios “permite” que seamos zarandeados por el demonio, pero hasta ciertos límites. El apóstol Pablo nos dice que “Dios no permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas” (1Cor 10, 13), sino que con la tentación (producida por el demonio y permitida por Dios), “nos da el modo de poderla resistir con éxito” 1 Cor 10, 13). En realidad, el hombre, con sus solas fuerzas, jamás podría vencer las tentaciones, sin contar con el auxilio de la gracia de Dios. El Señor nos ofrece los medios necesarios para vencer la tentación, un arma eficaz contra la tentación es la oración. Jesús les dice a sus discípulos: “Oren para que no caigan en tentación” (Lc 22, 40). 

Dios no nos tienta, la tentación viene del maligno que busca apartarnos del Señor. Dios, ciertamente, podría haber dispuesto, que no seamos tentados por el demonio ¿Por qué Dios permite que seamos tentados? Nadie ha sido exceptuado de las tentaciones. Jesucristo mismo, en su condición humana, fue tentado durante su vida terrenal. Todos los santos han sido tentados, y han librado una “dura batalla” con el demonio. Nosotros no podemos evitar ser tentados, pero sí ponemos desplegar todos los medios para evitar caer en la tentación. Algunos dicen que Dios permite que seamos tentados para fortalecernos en la virtud, y que es más meritorio no pecar por haber “vencido la tentación” a no haber cometido pecado simplemente por no haber sido tentado. Afirman que Dios permite el mal, porque en su gran sabiduría y conocimiento del futuro, prevé que se seguirá un bien mayor. Se nos dice que las tentaciones vendrían a ser una gran ocasión para “crecer en santidad”. En parte, puede que tengan algo de razón quienes defienden esa postura. Es verdad que, como dice el apóstol Santiago (Cf., Stg 1, 2-4), el estar rodeado de “pruebas” (no siendo aquí necesariamente sinónimo de “tentaciones”), puede ser una ocasión para (al superar las pruebas), salir fortalecidos en la fe, madurando en la paciencia ante el sufrimiento. La tentación siempre viene del maligno, nunca de Dios. Por otra parte, no debemos olvidar que la santidad no consiste formalmente en “no pecar” sino en mantenernos en la gracia de Dios; y, si algunas veces caemos en la tentación levantarnos inmediatamente con la ayuda de Dios.

Hay que rechazar el error del pelagianismo y neopelagianismo que exageran la capacidad del ser humano para, por sí mismo, obrar el bien y evitar el mal, haciendo de la gracia algo irrelevante. El hombre, sin poner en cuestión su libertad, siempre necesitará de la gracia de Dios para obrar el bien. La santidad es una obra de Dios en el hombre a través del Espíritu Santo que transforma al creyente. De ahí que nadie debe andar buscando tentaciones para probarse en la virtud y demostrar que puede vencerlas, eso sería una “soberbia espiritual”. El santo no es una especie de “superman” de la virtud, un asceta consumado, sino un hombre que se ha dejado trasformar por el Espíritu. No se llega a ser santo porque se ha hecho externamente “duras penitencias”, hasta poner en riesgo la salud, sino por nuestra unión con Cristo, por la acción del Espíritu. Esto, sin embargo, no debe entenderse como que no sea necesario hacer penitencia. La penitencia, el ayuno, la limosna y la oración son necesarias, pero sin desnaturalizar su verdadero sentido espiritual. Sin un corazón bien dispuesto, sin un verdadero espíritu de conversión, de poco o nada sirven las prácticas exteriores de penitencia. En el Evangelio de Mateo (Cf., Mt 6, 1-18), Jesús nos dice cómo debemos practicar nuestro ayuno, limosna y oración, a fin de no desvirtuar su verdadero sentido. 





The Temptations of Jesus


By FATHER LORENZO ATO


After his Baptism, before the beginning of his public life, Jesus has a desert experience, going through a “Lent” in preparation for his mission. Jesus, as the three synoptic Gospels tell us, is taken to the desert and there is tempted by the devil (Cf., Mk 1, 12-13, Mt 4, 1-10, Lk 4, 1-13). The devil intends to divert Jesus from the Father's project.

To the first temptation (turning the stones into bread), Jesus responded to the tempter saying those famous words, "Man does not live by bread alone" (Lk 4, 4), words referred to in the book of Deuteronomy (Cf., Dt 8, 3). It is evident that man cannot live without attending to his basic material needs (food, health, clothing, housing, etc.). God cannot will millions of people in the world to live in misery, unable to meet their fundamental needs, He cannot want them to die because of hunger in the face of the insensibility of those who have in abundance; but the "not only by bread alone does a man live" makes us recognize the true end of man. Man is not in the world just to satisfy his "material" or primary needs. The spirit, that is to say, the person in his transcendent dimension and connected to God, also has "primary needs," among them being nourished by the Word of God and the Eucharist.

The second and third temptations are related to the use of power and allowing oneself to be enveloped by the glory of the world. Jesus rejects again and again the temptations of the evil one, quoting the words of the Scripture (Cf., Dt 6, 13.16) and ratifying his intention to fulfill the project of God. In reality, it is not only the temptations to which Jesus was subjected and from which he emerged victorious, but also the permanent temptations to which the Church is subject and which can lead to denaturalizing his true mission: the seduction of power and the vain glory, wanting to agree with those who hold political and economic power, seeking the protection of the powerful, in short: the temptation to want to deviate from the true path traced by Jesus, the Way of the Cross. We must be alert not to succumb to that kind of temptation, which is the same as in the past. In that sense, we must let ourselves be constantly questioned by the Word of the Lord, and always listen to his voice. God wants man to hear his voice and not harden his heart (Cf., Ps 94, 8), so that he does not become indifferent or insensitive to the Word. Each one of us is called to revise his life plan, to purify his Christian faith and commitment of all kinds of contaminations with merely mundane projects that lead to betray our fidelity to Christ and his Gospel.

God allows us to be tempted by the spirit of evil, but he gives us his grace not to succumb to temptation. In the Lord's Prayer, we do not ask God to free us from temptations. (Jesus himself was not spared from being tempted by the devil), but to not let us fall into temptation. Temptations will always be present throughout our lives, but we can fight them with prayer, with our union with Christ.

God, obviously, does not give us "tests" to make us fall; it is the devil who takes pleasure in our falls. God does not send us temptations, but, on the contrary, he gives us his grace to overcome them. Temptations are the devil's work, God "allows" us to be buffeted by the devil, but to certain limits. The Apostle Paul tells us that "God does not allow us to be tempted above our strength" (1Cor 10, 13), but with temptation (produced by the devil and allowed by God), "He gives us the way to resist it, with success" 1 Cor 10, 13). In reality, man, with his own strength, could never overcome temptation, without counting on the help of God's grace. The Lord offers us the necessary means to overcome temptation; an effective weapon against temptation is prayer. Jesus tells his disciples: "Pray that they will not fall into temptation" (Lk 22, 40).

God does not tempt us; the temptation comes from the evil one who seeks to separate us from the Lord. God, indeed, could have arranged that we should not be tempted by the devil. Why does God allow us to be tempted? No one has been exempt from temptation. Jesus Christ himself, in his human condition, was tempted during his earthly life. All the saints have been tempted, and have waged a "hard battle" with the devil. We cannot avoid being tempted, but we do deploy all the means to avoid falling into temptation. Some say that God allows us to be tempted to strengthen ourselves in virtue, and that it is more meritorious to not sin for having "overcome the temptation" than to have committed no sin simply for not being tempted. They affirm that God allows evil, because in his great wisdom and knowledge of the future, he foresees that a greater good will be followed. We are told that temptations would become a great opportunity to "grow in holiness." In part, those who defend that position may be right. It is true that, as the Apostle James says (Cf., Stg 1, 2-4), being surrounded by "tests” (not being necessarily synonymous with "temptations" here), can be an occasion for emerging strengthened in faith, maturing in patience before suffering (when passing the tests). Temptation always comes from the evil one, never from God. On the other hand, we must not forget that holiness does not consist formally in "not sinning" but in keeping ourselves in the grace of God; and, if sometimes we fall, to get up immediately with the help of God.

We must reject the error of Pelagianism and neopelagianism that exaggerate the capacity of human beings, by themselves, to do good and avoid evil, making grace something irrelevant. Man, without questioning his freedom, will always need the grace of God to do good. Holiness is a work of God in man through the Holy Spirit that transforms the believer. Hence, no one should go looking for temptations to prove himself in virtue and demonstrate that he can overcome them; that would be a "spiritual pride." The saint is not a kind of "superman" of virtue, an accomplished ascetic, but a man who has been transformed by the Spirit. We do not become holy because we have been done externally "hard penance," even putting his health at risk, but by our union with Christ, by the action of the Spirit. This, however, should not be understood as negating a need to do penance. Penance, fasting, almsgiving and prayer are necessary, but without denaturing their true spiritual meaning. Without a well-disposed heart, without a true spirit of conversion, the external practices of penance serve little or nothing. In the Gospel of Matthew (Cf., Mt 6, 1-18), Jesus tells us how we should practice our fasting, almsgiving and prayer, in order not to distort its true meaning.

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