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Para Que ‘Se Cumpla Las Escrituras’

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En muchos pasajes del Nuevo Testamento, sobre todo en los evangelios de Mateo y Juan, se nos presentan episodios de la vida de Jesús (antes de su nacimiento, de la infancia, su vida pública, así como el misterio pascual), como “cumplimiento” de las Escrituras (del Antiguo Testamento). Esto podría llevar a pensar, equivocadamente, que Jesús ya tenía como una especie de “destino trazado” que inevitablemente se tenía que cumplir en esta vida terrenal, que Él no tenía la libertad de darle otro rumbo a su vida, que de todas maneras tenía que morir en una cruz, porque “así estaba escrito” en las profecías del Antiguo Testamento. Hay quienes piensan que, como en el caso de la tragedia griega de Edipo Rey, no hay nada que podamos hacer para escapar a nuestro destino ¿Es eso realmente así? Veamos antes algunos pasajes bíblicos que refuerzan la tesis del “cumplimiento de las Escrituras” en Jesús:

Mateo nos relata la huida de la sagrada familia a Egipto, permaneciendo en el auto exilio hasta la muerte de Herodes, “para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: ‘De Egipto llamé a mi hijo’ [Os 11, 1]” (Mt 1, 15); así mismo, señala que, después de la muerte de Herodes, José retornó con María y el niño “...y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliera el oráculo del profeta: ‘Será llamado Nazareno’” (Mt 2, 22-23). En muchos otros pasajes se nos presenta la vida de Jesús, también su Pasión, Muerte y Resurrección, como el “cumplimiento de las Escrituras” (Cf., Mt 4, 14; 8, 17; 12, 17ss; 13, 35; 21, 4-5). En el anuncio de su Pasión, Jesús les dice a su discípulos que “...el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser probado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días” (Mc 8, 31; Cf., también: Mt 16, 21; Lc 9, 22; 17, 25).

En el relato de la Pasión según san Marcos, en la escena del prendimiento, Jesús les dice a los que llegan a detenerlo: “Todos los días estaba junto a ustedes en el Templo, y no me detuvieron; pero, es para que se cumpla las Escrituras” (Mc 14, 49). En el relato de la Pasión que hace san Mateo, sobre el mismo episodio del prendimiento de Jesús, cuando uno de sus discípulos saca una espada y hiere al siervo del Sumo Sacerdote, Jesús le ordena a ese discípulo que guarde la espada, le dice que si Él quisiera podría pedir al Padre que le envíe “más de doce legiones de ángeles”; pero, entonces—señala Jesús—“¿Cómo se cumplirán las Escrituras de que así debe suceder?” (Mt 26, 53); es decir: Jesús habría aceptado que lo apresen para que se “cumpla las Escrituras.” Al igual que Mateo, el evangelista Juan utiliza muchas veces la expresión “para que se cumpla las Escrituras” (Cf., Jn 12,37-40; 13,18; 15,25; 17,12; 19,24.28.36.37). 

Hay, pues, como se evidencia por los textos citados, una insistencia en los evangelios de la “necesidad” de que su cumplan en Jesús las Escrituras del Antiguo Testamento; dicha insistencia, como dice la Pontifica Comisión Bíblica, “da a las Escrituras del pueblo judío una importancia extraordinaria. Da a entender claramente que aquellos acontecimientos carecerían de significado, si no correspondían a lo que dicen las Escrituras. En tal caso, ya no se trataría de una realización del designio de Dios” (Pontificia Comisión Bíblica: El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la biblia cristiana. Roma, 2001, N.° 6).

En el Evangelio de Juan, Jesús declara que “la Escritura no puede fallar” (Jn 10, 35). Su valor se funda en el hecho de que es “Palabra de Dios”. Esta convicción se manifiesta continuamente en el Nuevo Testamento; por otra parte, hablando de los oráculos proféticos del Antiguo Testamento, también hay la convicción de que no deben interpretarse de manera particular; al respecto nos dice el apóstol Pedro: “ante todo, tengan presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; pues nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios” (2 Pe 1, 20-21).  En el Evangelio, Jesús mismo, haciendo una relectura de la Escritura, interpreta las profecías referidas al Mesías, dándoles su sentido pleno, sentido que, de alguna manera, estaba contenido en el Antiguo Testamento. La Pontificia Comisión Bíblica nos dice: “Una doble convicción se manifiesta en otros textos: por una parte, lo que está escrito en las Escrituras del pueblo judío tiene que cumplirse necesariamente, pues revela el designio de Dios que no puede dejar de realizarse; por otra parte, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo corresponden plenamente a lo que habían dicho las Escrituras” (El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la biblia cristiana, N.° 6).

En el Evangelio de Lucas, Jesús resucitado se aparece a sus discípulos y les dice: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Y, entonces abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: ‘Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén’” (Lc, 24, 44-45). Se revelaría, entonces, la “necesidad” del misterio pascual de Jesús, necesidad afirmada en numerosos pasajes bíblicos.

Según estos relatos, ¿Se podría concluir que Jesús estaba obligado irremediablemente a morir en una cruz para “dar cumplimiento a las Escrituras”? Jesús ¿No tenía la libertad para sustraerse a la muerte humillante en la cruz? ¿Su “destino” estaba trazado y no podía ser cambiado, pues respondería a un designio del Padre? Con respecto a las profecías, hay que tener en cuenta que los seres humanos, en nuestra condición terrenal corporal, nos podemos dejar de movernos según las categorías del espacio-tiempo; pero, Dios no está limitado por esas categorías; por ello, Él puede “ver” el pasado, el presente y el futuro, no de la forma que nosotros lo experimentamos (de una manera lineal, no reversible). Él puede, por tanto, “ver un futuro como presente”; pero, hay que aclarar que las cosas del futuro (futuro para los hombres) no sucederán porque Él las ve, sino que Él las ve porque efectivamente suceden (y sucederán “para nosotros” en nuestro “tiempo futuro”). Dicho de otro modo: nadie tiene un destino trazado anticipadamente, donde no haya ninguna posibilidad de ejercer nuestra libertad. Los escritores bíblicos no tenían, humanamente, la capacidad de “ver el futuro”, es Dios quien se los revela a través de las profecías. No es que Dios había predeterminado que su Hijo muriese de manera humillante en una cruz; pero, Él pudo “ver” eso que sucedería en el tiempo para nosotros. Dios no envió a su Hijo para que lo mataran sino para salvarnos. En esta vida terrenal nosotros nos movemos en el espacio-tiempo, Dios se mueve en la eternidad; esta categoría no se confunde con el tiempo, la eternidad no es un tiempo alargado o indefinido.

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