Si Escuchas Su Voz

Parresía y Profetismo

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Los graves acontecimientos de violencia que están sucediendo actualmente en Nicaragua y la difícil situación que afrontar la Iglesia en ese país nos llevan a reflexionar sobre un concepto muy importante en el Nuevo Testamento, conocido como “parresía”, el mismo que en términos generales lo podríamos traducir por “valentía”, libertad y audacia, para dar testimonio de la verdad, particularmente en situaciones de peligro o amenaza inminente. La parresía está unida al profetismo, es decir: todo profeta es movido por la parresía para transmitir el mensaje de Dios, asumiendo las consecuencias de esa misión.

En el Antiguo Testamento, una de las claves infalibles para distinguir a un verdadero profeta de los muchos falsos profetas que estaban al servicio de la corte real, era la “persecución”. Los verdaderos profetas, no lo eran por “profesión” sino por vocación, y siempre terminaban perseguidos, amenazados y algunos de ellos encarcelados, torturados y hasta asesinados. Los falsos profetas gozaban de privilegios y beneficios a cambio de su sometimiento al rey y autoridades religiosas de su tiempo. Los falsos profetas eran adulones del rey, jamás podían decir algo en contra de él; tenían el cinismo de pretender “hacer creer” al rey que Dios estaba de su parte avalando sus acciones de gobierno. El profetismo era para ellos un “oficio” o “profesión”, una forma de “ganarse la vida” que les traían muchos beneficios, a cambio de traicionar la verdad, poniéndose de espaldas a Dios para congraciarse con las personas que detentaban el poder político, religioso y económico.

En nuestro tiempo deberíamos dudar de ciertos “misioneros exitosos” exentos de toda persecución; debemos poner en duda la labor de una Iglesia que siempre mantenga unas “buenas relaciones” con el poder político y económico, podría ser que se esté alejando de su verdadera misión. Una iglesia “adulona del poder” no es definitivamente la Iglesia que Cristo quiere.

La experiencia histórica nos dice que allí donde la Iglesia es perseguida sale más fortalecida, surgen muchas personas (“héroes anónimos de la fe”) dispuestos a poner en riesgo su vida para mantenerse fieles a la verdad del Evangelio. Dios, ciertamente, no quiere que sus seguidores busquen el martirio, que “se hagan matar”, lo que les pide es que sean fieles al Señor; esa fidelidad conlleva, en algunos casos, el riesgo de la propia vida. Si nos vemos inmersos en esas situaciones, entonces debemos asumirlo. Es un deber del misionero defender su propia vida y la de los demás; es un despropósito poner la cabeza en la guillotina del tirano, o “ponerse a tiro de cañón” buscando el martirio; pero, también es cierto que la “vida biológica” no es el bien supremo para un cristiano, y que en circunstancias extremas debemos asumir el riesgo de perderla para ser fieles a nuestras convicciones, pero, por sobre todo, para ser fieles al seguimiento de Jesús.

La Iglesia nunca deberá transar con el poder, debe mantener siempre su independencia y autonomía, debe ponerse del lado de los más pobres. El mejor testimonio que pueden dar los pastores de la Iglesia en Nicaragua, en estos momentos de crisis, es estar siempre al lado de los perseguidos, caminar con ellos, llevar la cruz con ellos, gritar con voz profética, ser la voz de lo que no tienen voz, de los que son silenciados por la maquinaria del poder político. Una Iglesia perseguida da lo mejor de sí, se purifica y sale más fortalecida. Esto no significa, desde luego, que la Iglesia tenga que esperar ser perseguida para dar lo mejor de sí en cumplimiento de su misión.

Lo que está sucediendo en Nicaragua debe mover a la solidaridad internacional, más allá incluso de cuestiones religiosos, pues no se trata, en el caso de Nicaragua, de la pugna de un gobierno con afanes totalitarios y una Iglesia como institución que aspire a alguna cuota de poder (a quien el gobernante de esa nación acusa de “golpista”), sino de la lucha irracional de un aprendiz de dictador, flanqueado por quienes comparten los privilegios del poder, en contra su propio pueblo, contra los más vulnerables a quienes ordena masacrar por considerarlos “opositores”, “golpistas” o “terroristas”, en una creciente escalada de violencia que ya ha ocasionado más de trescientos muertos. La Iglesia no puede permanecer indiferente, tiene el deber moral impostergable de ponerse del lado de los más vulnerables. En esa lucha desigual, la Iglesia no cuenta con los privilegios del poder, su fuerza es moral y espiritual; y por eso mismo es una fuerza superior. La Iglesia en Nicaragua no puede renunciar y no ha renunciado a su misión profética.

Las circunstancias políticas en Nicaragua, han conllevado a poner a la Iglesia en una situación difícil, en un enfrentamiento no buscado con el poder, pero que no puede ser ignorado, lo cual exige una respuesta firme y valiente. No hay lugar para los discursos tibios o para abstractos llamados a la paz y de respeto de una democracia en decadencia. Es la hora de tomar posturas firmes, es la hora de la parresía. Estamos convencidos que ningún pastor de la Iglesia en Nicaragua abandonará por miedo a su rebaño, sino todo lo contrario, estarán dispuestos a dar la vida por la ovejas que les han sido confiadas a su cuidado. Es la hora de la prueba, la Iglesia de Nicaragua saldrá purificada y con mayores bríos para continuar con su misión evangelizadora.

Los católicos del mundo entero, unidos al santo Padre, rogamos para que la Iglesia en Nicaragua no sea regada con la sangre de nuevos mártires de la fe, sino para que se restablezca la cordura en el gobierno, para que la comunidad internacional intervenga inmediatamente y detenga el baño de sangre, y se acabe con el sufrimiento y angustia de millones de nicaragüenses. Nuestra lucha, como bien dice san Pablo, va dirigida contra los poderes y dominaciones de un mundo tenebroso en el cual se mueven las fuerzas del mal. Por ello debemos permanecer fieles a la misión dada por Dios a sus Pastores, a su Iglesia, permanecer con el escudo de la fe, con la espada del Espíritu, “siempre en oración y súplica” (Cf., Ef 6, 10ss). De ahí la urgencia del profetismo, de desplegar el “combate de la fe” con la fuerza del Evangelio. No podemos evitar, a veces, que personajes que encarnan el mal, inflijan daño en la sociedad, con una secuela de muerte y desolación, pero sí podemos hacerle frente desde nuestra cercanía con los que sufren, estando al lado de las víctimas, acompañándolos en el camino de la cruz.

El llamado de ayuda a la comunidad internacional por parte de la Iglesia de Nicaragua, no puede caer en saco roto. Ningún católico del mundo puede sentirse indiferente. No se trata, desde luego, de fomentar o agudizar los conflictos sociales recurriendo a la violencia, sino simplemente de ponerse del lado de los perseguidos, en una resistencia pacífica activa, eficaz, en oración unidos a Jesucristo, e Buen Pastor; no se trata de “dejarse matar” sino de defender la vida. La parresía que proviene del Espíritu de Dios, nos da la fuerza para superar el miedo, la amenaza o el chantaje. Con san Pablo, podemos decir llenos de confianza y esperanza: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Flp 4, 13).

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