Si Escuchas Su Voz

Presumir de Nuestras Debilidades

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La oración no es solo testimonio de fe, sino también un acto de humildad en el cual reconocemos nuestra condición humana, la necesidad de la ayuda de Dios como pura gratuidad y no como algo merecido. La Biblia nos provee muchos ejemplos de esa actitud de humildad para dirigirnos a Dios. El hombre no puede exigir nada a Dios en virtud de sus méritos, sino invocar el amor misericordioso de Dios como puro don. Los evangelios nos presentan a un Jesús siempre dispuesto a acoger la súplica humilde y confiada de los que se acercan a Él. Sin humildad es imposible agradar a Dios.

La religión, la fe y la oración, se vinculan con el tema de la justicia: Dios no es ajeno al sufrimiento del pobre, sino que se pone de su lado: “Escucha las súplicas del oprimido, no desoye las súplicas del huérfano o de la viuda cuando repite su queja” (Si 35, 16-17). El libro del Eclesiástico nos dice que “la oración del humilde traspasa las nubes” (Si 35, 21) y Dios no deja de escucharla. El texto pone en evidencia la preferencia de Dios por el humilde, el pobre y el desvalido

El Evangelio nos presenta la parábola del fariseo y el publicano (Cf., Lc 18, 9-14), como ejemplo paradigmático de las actitudes que deben acompañar a la oración auténtica. Estos dos personajes de la parábola representan en realidad a dos tipos de ‘creyentes’. El primero (representado por el fariseo) corresponde a quienes se consideran a sí mismos como ‘justos’, ‘santos’, ‘impolutos’ y que, por tanto, piensan que merecen ser escuchados y atendidos en sus requerimientos por Dios. Esa actitud está indesligablemente unida a la ‘soberbia religiosa’, lo cual es expresado en la ‘plegaria’ del fariseo, que en realidad es una presentación de sus ‘méritos’ por contraposición a los ‘deméritos’ del publicano: “…te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo” (Lc 18, 11-12). Esa ‘soberbia religiosa’ sigue estando presente en la Iglesia en algunos prelados, religiosos y religiosas. ¿Cuántos de ellos piensan de sí mismos “no soy como los demás”? y enumeran aquellas acciones por las que consideran ser ‘mejores’ que los otros: rezo la Liturgia de las Horas todos los días, hago ayuno y abstinencia cuando la Iglesia lo manda, trabajo con ‘total entrega’ al servicio de la Iglesia, ayudo a los más necesitados, etc. Hay quienes difícilmente pueden hacer una ‘oración de petición’ o de súplica, porque ello supondría reconocerse necesitados de Dios.

La auténtica oración de súplica supone el reconocimiento de nuestra necesidad y de la imposibilidad de lograr con nuestros propios méritos lo que buscamos: el perdón de nuestros pecados y la vida eterna. La Escritura nos dice que el Señor no lleva cuenta de nuestros pecados ni nos trata como merecen nuestras culpas (Cf., Sal 102, 8-10). En el salmo conocido como “De profundis” (Sal 129), se dice: “Si llevas cuenta de nuestras culpas, Señor, ¿Quién podrá resistir?” La respuesta implícita es ‘nadie’; es decir: nadie puede justificarse delante de Dios; pues si Dios pusiera en un lado de la balanza nuestras ‘buenas obras’ o ‘méritos’, y en otro lado de la balanza nuestros pecados de acción u omisión (‘deméritos’) ¿Hacia dónde se inclinaría? Siempre saldríamos perdiendo. Por eso el salmista exalta la misericordia de Dios que es ‘lento a la cólera’ y ‘rico en piedad’, de quien ‘procede el perdón’. Como Pablo, no podríamos presumir o gloriarnos de nuestras ‘buenas obras’ sino de nuestras propias flaquezas o debilidades (Cf., 2Cor 12, 9). Nunca debemos olvidar que hemos sido salvados por pura gracia, mediante la fe, y no en virtud de nuestras buenas obras (Cf., Ef 2, 8-10).

En el Evangelio, el publicano no presume de nada, reconoce su condición pecadora, y confía en la misericordia de Dios: “¡Señor, ten compasión de este pecador!” (Lc 18, 13). No necesita decir más; no hay ninguna intención de justificarse. Jesús elogia la actitud humilde del publicano y cuestiona la soberbia del fariseo que cree merecer de Dios. Jesús dice: “El que se enaltece será humillado, el que se humilla será enaltecido” (Lc 18, 14). Una de las oraciones que más llega al corazón misericordioso de Jesús es, precisamente, aquella del publicano, o la del ciego de Jericó que le aborda diciendo “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10, 48) ¿Puede el Señor ser indiferente a esa súplica? La Iglesia, en la Liturgia, ha hecho suya esa hermosa oración a modo de jaculatoria o letanía: “Señor, ten piedad”, como expresión clara del reconocimiento de nuestra condición humana pecadora y del amor misericordioso de Dios.

Pareciera contradictorio que alguien presuma de sus propias debilidades en lugar de presumir de sus fortalezas o capacidades; sin embargo, el apóstol Pablo, rompiendo esquemas mentales fuertemente arraigados, es alguien que se complace en presumir de su debilidad: “Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Co 12, 9b-10).

Los psicólogos dirían que una persona que no reconoce sus propias fortalezas, sino que exalta sus debilidades tiene una “muy baja autoestima”, no es capaz de “amarse a sí mismo”, auto valorarse positivamente, tener un adecuado autoconcepto. Otros dirán que es “falsa humildad” que una persona no quiera reconocer sus fortalezas y capacidades. ¿Es que acaso para exaltar la gloria de Dios hay que enfatizar la debilidad humana? Feuerbach afirmaba que la religión presupone el despojamiento (alienación) del hombre para engrandecer a Dios. De nuevo hay que preguntarse ¿qué significa “ser humilde”? ¿Dios se complace en que nos humillemos?  Cómo entender las palabras de san Pablo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”. En varias ocasiones el papa Francisco ha advertido del riesgo que implica el semipelagianismo que se esconde detrás de corrientes que exaltan las posibilidades humanas, corrientes psicológicas que destacan la necesidad de potenciar el autoconcepto, el creer en nosotros mismos como condición para el éxito en la vida.

El apóstol Pablo parece contraponer “fortaleza humana” que tiene su origen en las posibilidades del hombre sin necesidad de la gracia (en una visión pelagiana y semipelagiana), con “fortaleza humana” que tiene su fuente y origen en la gracia que Dios otorga al hombre. En otras palabras: para el apóstol Pablo, el hombre por sus solas fuerzas no tiene ningún mérito, no puede hacer nada sin la ayuda de Dios; en cambio, si tiene la gracia de Dios, entonces es realmente fuerte, pero esa fortaleza le es dada como don que proviene de Dios. Estamos frente al problema de la gracia y el mérito. La experiencia del apóstol le ha llevado a la convicción que ante Dios nadie puede alegar mérito alguno, ninguna “fortaleza propia”. La fuerza de Dios se manifiesta allí donde el hombre reconoce su propia limitación.

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