Si Escuchas Su Voz

Primacía de La Misericordia

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El Evangelio es siempre una buena noticia, un mensaje de salvación para el hombre; proclama que Dios ha venido a salvar y no a condenar. El Señor nunca ofrece dos alternativas o caminos para el hombre: salvación o condenación, sino solo la salvación. En la Escritura se nos dice que “Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva” (Cf., Ez 18, 23; 33, 11). El hombre, por su libertad, puede rechazar la oferta de gracia y perdón que Dios le da, en ese sentido puede escoger su propia condenación. La salvación es una obra de Dios, la condenación es obra del hombre. Jesús también nos dice que no ha venido a condenar sino a salvar, a dar su vida por nosotros (Cf., Jn 3, 17; 12, 47).

Jesús nos revela a un Padre misericordioso que está siempre dispuesto a acoger al pecador. La actitud de Jesús ante los pecadores expresa la primacía de la misericordia sobre el legalismo, la centralidad de la persona. Uno de esos pasajes bíblicos del Nuevo Testamento que mejor expresa esa idea es el referido a la mujer adúltera (Cf., Jn 8, 1-11). En este relato se pone en evidencia una aparente contraposición entre justicia (en el sentido de cumplimiento de la ley) y misericordia divina.

El escenario del relato es un contexto de polémica con los escribas y fariseos, quienes acusan a Jesús de promover el incumplimiento de la ley de Moisés, de atentar contra las tradiciones y prácticas religiosas judías; buscan “pruebas” o al menos un pretexto para poder acusarlo. La ocasión se les presenta cuando sorprenden a una mujer en flagrante adulterio. Aprovechando esas circunstancias llevan a la mujer ante la presencia de Jesús y, quizá con una malsana satisfacción y aires de triunfo (pues piensan que está vez sí podrán fabricarle una “prueba” para acusarlo) le dicen: “Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres, ¿Tú qué dices?” (Jn 1, 5). Está claro que en este caso los escribas y fariseos, no están interesados en la verdad, en resolver un problema de conciencia o de aplicación debida de la norma en una situación concreta, ante algún vació de la ley; aquí no hay una mínima consideración por aquella mujer pecadora, menos una actitud de compasión hacia ella, la mujer es utilizada para sus innobles propósitos. La situación parece embarazosa, los letrado y fariseos, hábilmente, quieren poner a Jesús ante una dilema del cual no tenga escapatoria. En efecto, si Jesús decía que había que cumplir la ley apedreando a la mujer adúltera, entonces su mensaje de amor y perdón sería cuestionado; si, por el contrario, decía que había que perdonarla, entonces sería acusado de promover el incumplimiento de la Ley de Moisés. Jesús, según el relato, escribía sobre la arena, como si ignorase a sus interpelantes; pero, ante la insistencia de estos, respondió: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra” (Jn 8, 7). Era una respuesta inesperada por los escribas y fariseos, Jesús ha desbaratado el falso dilema y ha convertido a sus interpelantes en interpelados. 

El Evangelio nos dice que uno a uno los acusadores se fueron escabullendo, nadie se atrevió a considerarse justo para aplicar la ley; probablemente Jesús escribía sobre la arena los pecados de esos acusadores, y nadie quiso ser puesto en evidencia. Para Jesús, dice el papa Francisco, “esa mujer sorprendida en adulterio no representa un parágrafo de la Ley, sino una situación concreta en la que implicarse. Por eso se queda allí, en silencio. Y mientras tanto realiza dos veces un gesto misterioso: escribe con el dedo en el suelo” (Jn 8, 6, 8) (Homilía del papa Francisco en la Basílica Vaticana, 29 de marzo de 2019).

Cuando los letrados y fariseos se marcharon, Jesús entabla un corto diálogo con la mujer pecadora, es la parte principal del relato evangélico. No son necesarias muchas palabras. Jesús no lanza una reprimenda contra ella echándole en cara su mala conducta, la inmoralidad de su accionar y de las penas del infierno a que puede hacerse merecedora. Jesús tiene ante la mujer pecadora una actitud de compasión. Alguien se podría preguntar, siendo Jesús el justo, el santo por excelencia, ¿Por qué no ejerció el ‘derecho’ de arrojar la primera piedra contra la mujer pecadora? Nadie le hubiera podido reprochar tal actitud, pues estaba avalado por la ley de Moisés que autorizaba lapidar a las adúlteras y, de ese modo hubiera quedado bien con los escribas y fariseos. Jesús va más allá de la ley, busca su verdadero espíritu, nos dice que la ley está al servicio de los hombres, no al revés. En el Sermón de la Montaña, Jesús dice que no ha venido abolir la Ley y los profetas sino a darles plenitud (Cf., Mt 5, 17). La Ley se refiere a la Ley de Moisés contenida en el Pentateuco (los cinco primero libros del Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y el Deuteronomio), ley que para los judíos tiene un carácter sagrado e inviolable. En el pasaje de la mujer adúltera— como hace notar el papa Francisco—nos encontramos ante la presencia de “una pecadora y el Salvador”; “Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido su deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor” (Carta Apostólica Misericordia et Misera, 1). Jesús encarna la misericordia y el perdón. La misericordia—señala el Papa—es siempre un acto de gratuidad del Padre, “un amor incondicionado e inmerecido”; y, “por este motivo, ninguno de nosotros podemos poner condiciones a la misericordia” (Misericordia et Misera, 2).

La misericordia, por otra parte, no implica ninguna banalización del pecado. Dios ama al pecador pero aborrece el pecado. A la mujer adúltera Jesús le dice: “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más” (Jn 8, 11). Queda claro entonces la exigencia de la responsabilidad personal, el esfuerzo por salir de toda situación de pecado. Las palabras de Jesús: “En adelante no peques más” expresan claramente la exigencia de la conversión permanente. El creyente, ayudado por la gracia, puede llevar una vida acorde con las exigencias del Evangelio. El mal, como dice el papa Francisco, “es fuerte, tiene un poder seductor: atrae, cautiva. Para apartarse de él no basta nuestro esfuerzo, se necesita un amor más grande. Sin Dios no se puede vencer el mal: solo su amor nos conforta dentro, solo su ternura derramada en el corazón nos hace libres. Si queremos la liberación del mal hay que dejar actuar al Señor, que perdona y sana” (Homilía del papa Francisco en la Basílica Vaticana, 29 de marzo de 2019). De ahí la importancia que da el Papa a la práctica frecuente del sacramento de la reconciliación: “La confesión es el paso de la miseria a la misericordia, es la escritura de Dios en el corazón. Allí leemos que somos preciosos a los ojos de Dios, que él es Padre y nos ama más que nosotros mismos” (Ibid.).





Primacy of Mercy


By FATHER LORENZO ATO


The Gospel is always good news, a message of salvation for man. It proclaims that God has come to save and not to condemn. The Lord never offers two alternatives or ways for man: salvation or condemnation, but only salvation. In the Scripture, we are told that God does not want the death of the sinner but that he convert and live (Cf., Ez 18, 23, 33, 11). Man, because of his freedom, can reject the offer of grace and forgiveness that God gives him, in that sense he can choose his own condemnation. Salvation is a work of God; condemnation is the work of man. Jesus also tells us that he has not come to condemn but to save, to give his life for us (Cf., Jn 3, 17; 12, 47).  

Jesus reveals to us a merciful Father who is always ready to welcome the sinner. The attitude of Jesus before sinners expresses the primacy of mercy over legalism, the centrality of the person. One of those biblical passages of the New Testament that best expresses that idea is the one referring to the adulterous woman (Cf., Jn 8, 1-11). In this story, there is an apparent contrast between justice (in the sense of compliance with the law) and divine mercy.

The scenario of the story is a context of controversy with the scribes and Pharisees, who accuse Jesus of promoting a breach of the Law of Moses, of attacking Jewish religious traditions and practices; they look for “evidence” or at least a pretext to accuse him. The occasion is presented to them when they surprise a woman in flagrant adultery. Taking advantage of these circumstances they lead the woman to the presence of Jesus and, perhaps with an unhealthy satisfaction and air of triumph (because they think that this time they will be able to fabricate a “proof” to accuse him) they say to him: “Moses commanded us in the Law to stone to these women, what you say?” (Jn 1, 5). It is clear that in this case the scribes and Pharisees are not interested in the truth, in solving a problem of conscience or due application of the norm in a concrete situation, before some void of the law; here there is not a minimum of consideration for that sinful woman, much less an attitude of compassion towards her. The woman is being used for their ignoble purposes. The situation seems embarrassing: the lawyers and Pharisees skillfully want to put Jesus into a dilemma from which there is no escape. Indeed, if Jesus said that the law had to be fulfilled by stoning the adulterous woman, then his message of love and forgiveness would be questioned; if, on the contrary, he said that she had to be forgiven, then he would be accused of promoting the breach of the Law of Moses.

Jesus, according to the story, wrote on the sand, as if ignoring its questioners. At their insistence, he replied: “He who is without sin cast the first stone” (Jn 8: 7). It was an unexpected response by the scribes and Pharisees; Jesus has disrupted the false dilemma and has turned the tables on his questioners.  

The Gospel tells us that one by one the accusers went sneaking away, no one dared to consider himself righteous enough to enforce the law. Jesus probably wrote the sins of those accusers on the sand, and no one wanted to be exposed.  Pope Francis says that, for Jesus, “that woman caught in adultery does not represent a paragraph of the Law, but a concrete situation in which to implicate him. That’s why he stays there, in silence. And meanwhile he makes a mysterious gesture twice: ‘he writes with his finger on the ground’” (Jn 8: 6, 8) (Homily of Pope Francis in the Vatican Basilica, March 29, 2019).

When the lawyers and Pharisees left, Jesus engages in a short dialogue with the sinful woman; this is the main part of the Gospel story. Many words are not necessary. Jesus does not launch a rebuke against her by throwing in her face her bad behavior, the immorality of her actions and the pains of hell to which she can make herself worthy. Jesus has an attitude of compassion before the sinful woman. Someone could ask, since Jesus is the righteous one, the saint par excellence, why did he not exercise the ‘right’ to throw the first stone against the sinful woman? Nobody could have reproached him for such an attitude, because it was guaranteed by the Law of Moses that authorized the stoning of adulteresses. Jesus goes beyond the law; he seeks its true spirit, and tells us that the law is at the service of men, not the other way around. In the Sermon on the Mount, Jesus says that he has not come to abolish the Law and the prophets but to give them fullness (Cf., Mt 5, 17). The Law refers to the Law of Moses contained in the Pentateuch (the first five books of the Old Testament: Genesis, Exodus, Leviticus, Numbers and Deuteronomy), a law that for Jews has a sacred and inviolable character. In the passage of the adulterous woman, as Pope Francis notes, we find ourselves in the presence of “a sinner and the Savior.” “Jesus has looked into that woman’s eyes and read her heart: there he has recognized her desire to be understood, forgiven and freed. The misery of sin has been clothed by the mercy of love” (Apostolic Letter Mercy and Misery, 1). Jesus embodies mercy and forgiveness. Mercy, the Pope points out, is always an act of gratuity from the Father, “an unconditional and undeserved love”; and, “for this reason, none of us can place conditions on mercy” (Mercy and Misery, 2).  

Mercy, on the other hand, does not imply any trivialization of sin. God loves the sinner but abhors sin. To the adulterous woman Jesus says: “Neither do I condemn you. Go and sin no more” (Jn 8, 11). The requirement of personal responsibility and the effort to leave behind any situation of sin are clear. The words of Jesus: “Go and sin no more” clearly express the requirement of permanent conversion. The believer, aided by grace, can lead a life in accordance with the demands of the Gospel. Evil, as Pope Francis says, “is strong, has a seductive power: it attracts, captives. To move away from it, our effort is not enough, a greater love is needed. Without God you cannot overcome evil: only his love comforts us inside, only his tenderness spilled in our heart makes us free. If we want liberation from evil we must let the Lord act, he who forgives and heals” (Homily of Pope Francis in the Vatican Basilica, March 29, 2019). Hence, the importance that the pope gives to the frequent practice of the sacrament of reconciliation: “Confession is the passage from misery to mercy, it is the writing of God in the heart. There we read that we are precious in the eyes of God, that he is Father and he loves us more than we do ourselves’’ (Ibid.).

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