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Reconocer Las Huellas del Crucificado

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El Tiempo Pascual nos recuerda insistentemente que Cristo Resucitado vive en medio de nosotros. La mejor ‘prueba’ de la Resurrección de Jesús es el crecimiento de la comunidad de los creyentes a partir de una experiencia de encuentro con el Señor. Los cristianos no creemos en un difunto llamado Jesús, sino en alguien que vive por siempre y hace sentir su presencia en medio de nosotros. El encuentro con Jesús resucitado viene mediado por la fe. Sin esa fe no es posible dicho encuentro.

Los apóstoles se presentan como ‘testigos’ de la resurrección. En realidad no son testigos directos del hecho mismo de la resurrección, pues nadie vio resucitar a Jesús, sino del ‘encuentro’ con el Resucitado, con quien, como dice el apóstol Pedro, han comido y bebido después de la resurrección (Cf., Hch 10, 41). Históricamente está acreditado que pocos días después de los acontecimientos del Viernes Santo los discípulos, que habían huido atemorizados, retornan intempestivamente a Jerusalén. La razón de ese retorno, según su propio testimonio, es el encuentro con el Resucitado. Aunque no podemos precisar la naturaleza de ese encuentro, no cabe duda que esa experiencia los marcó definitivamente, eso explica el rápido crecimiento de la comunidad cristiana y la difusión del Evangelio.

La fe en la resurrección debe tener consecuencias prácticas en la vida. Es esa fe la que posibilitó la conformación de las primeras comunidades cristianas con un estilo de vida propio. La situación descrita en el Libro de los Hechos de los Apóstoles (Cf., Hch 2, 42-47; 4, 32-35) representa el modelo ideal de la vida cristiana: recibir la enseñanza, compartir los bienes, con atención especial a los más pobres, el culto, la vida de oración. Es un modelo que nos sirve para contrastarlo con la vida de los cristianos de hoy. Los cristianos de hoy ¿Son capaces de compartir el pan y no sólo la fe?

El evangelio del segundo domingo de Pascua, Ciclo C, (Cf., Jn 20, 19-31) nos narra una de las apariciones de Jesús resucitado. Los discípulos, después de la muerte del Señor, habían huido de Jerusalén, sufren una profunda crisis de fe que no hubieran podido superar si Jesús resucitado no les hubiera salido al encuentro. Es esa presencia la que les hace superar el miedo y la cobardía, llenándoles de alegría y paz interior. Si no estamos convencidos de que Jesús vive, que no está entre los muertos, no seremos tampoco capaces de superar nuestros miedos. El miedo a ser testigos del Señor, afrontando las consecuencias del seguimiento a Jesús.

El Evangelio de san Juan nos relata el encuentro de Tomás con Jesús resucitado; nos dice que Tomás no estuvo aquella tarde del primer día de la semana (después del Viernes Santo), cuando Jesús se apareció a sus discípulos. Cuando éstos le contaron que habían visto a Jesús, Tomás no les creyó, sino que dijo: “si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no meto mis dedos en la herida de su costado, no creeré” (Jn 20, 25). Esta actitud de Tomás es lo que le ha dado fama de “incrédulo”; pero, ¿realmente Tomas era incrédulo? El evangelista nos dice que, ocho días después, Jesús resucitado volvió a aparecerse a sus discípulos, esta vez Tomas estaba con ellos. El Resucitado accede al deseo del apóstol de “ver y palpar” las huellas de la crucifixión, pero, como una forma de reproche, Jesús le dice “no seas incrédulo, sino creyente”. La respuesta de Tomas fue: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). Se trata de una confesión de fe que hasta entonces los otros discípulos no habían llegado a hacer: reconocer la divinidad de Jesús, llamarlo “Dios”, de la misma naturaleza que el Padre, como posteriormente quedará confirmado en el símbolo de la fe (credo) del primer Concilio de Nicea (año 325). Los discípulos, si bien reconocían a Jesús como Mesías, como Hijo de Dios, sin embargo no habían llegado a entender que Jesús era de condición divina. Tomás, el “incrédulo”, es el primero en hacer una profesión de fe recociendo a Jesús como verdadero Dios. Digamos que Tomás fue de algún modo “incrédulo” hasta antes del encuentro con el Resucitado, pero verdaderamente creyente después de ese encuentro. La comunidad cristiana llega progresivamente a una profesión de fe más completa, aquella que reconoce claramente las dos naturalezas de Jesús (la humana y la divina), sin que se trate de “dos individuos” sino de una sola persona (la segunda persona de la Trinidad).

Hay que reivindicar la figura del apóstol Tomás como verdadero creyente. Él necesitó “ver y palpar” en el Resucitado las huellas del crucificado para abrirse plenamente a la fe. Necesitó que el Resucitado le salga al encuentro y le muestre sus “llagas”, las “huellas de los clavos” y del costado abierto con una lanzada. Ciertamente que Jesús Resucitado no tiene esas huellas de la crucifixión, pensar lo contrario sería considerar que la resurrección es la reanimación de un cadáver, la vuelta a la vida terrena en las mismas condiciones de limitación material. El cuerpo del resucitado es glorioso, no sujeto a corruptibilidad, tampoco objeto de una experiencia sensorial, es decir, que lo podamos tocar físicamente. El relato de Evangelio no hay que tomarlo en sentido literal, como si Tomás efectivamente metió sus dedos en el costado de Jesús. El relato tiene una finalidad teológica, insistir en que el Resucitado es el mismo que fue crucificado, así mismo evitar considerar la resurrección como algo meramente espiritual (lo cual sería negar la resurrección corporal). Por otra parte, si bien Jesús resucitado, como cabeza de la Iglesia, ya nos sufre como es el caso del hombre en su condición terrenal, también es verdad que de algún modo sigue sufriendo en sus miembros (el cuerpo de la Iglesia), tal como se evidencia en las palabras que Jesús resucitado le dirige al entonces perseguidor Saulo: “Saulo, Saludo, ¿Por qué me persigues?” (Hch 9, 4). Saulo se queda totalmente sorprendido porque él consideraba que estaba persiguiendo a unos fanáticos seguidores de un “difunto llamado Jesús”, por ello pregunta: “¿Quién eres Señor?”, recibiendo como respuesta: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hch 9, 5). Pablo, ya convertido, toma conciencia que al perseguir a la naciente iglesia estaba persiguiendo a Jesús. Hoy en día, podemos sanar las “llagas” de Jesús curando las heridas del hermano que sufre, a través de esas huellas podemos tocar, como Tomás, las llagas de Jesús. A veces —nos dice el papa Francisco—“sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás” (Evangelii Gaudium, 270). Tocar las llagas del otro, es decir, hacernos cargo de su sufrimiento, sanar sus heridas, es hacernos cargo del cuerpo llagado de Cristo que nos cuestiona e interpela en el sufrimiento del otro. En el encuentro con el otro podemos también encontrarnos con Jesús. Desde luego, también en los sacramentos, particularmente en la Eucaristía, nos encontramos con Jesús, por eso cuando en la misa el sacerdote eleva la hostia consagrada, exclamamos como Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

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