El Cardenal Dolan Recuerda Su Viaje a Cuba con Fe y Esperanza

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Al principio, el viaje parecía agobiante: un recorrido por auto, manejando 11 horas a través del campo cubano desde la ciudad de Santiago, situada en la parte sureste de Cuba, hacia La Habana, hacia al otro extremo de la isla.

Sin embargo, el cardenal Dolan estaba decidido a celebrar Misa en la Basílica del Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, cerca de Santiago, posiblemente el lugar más sagrado de la isla.

Para llegar allí, el cardenal esperó seis horas en el aeropuerto de La Habana donde abordó un viejo avión con destino a Madrid, que tenía una escala en Santiago. Esa era la única forma de llegar a esa ciudad debido al impacto de las sanciones impuestas por Estados Unidos en vuelos a algunas ciudades de la isla, incluida la ciudad más cercana a El Cobre. Además de enfrentar esta pesadilla logística, la escasez de combustible, también provocada por las sanciones de Estados Unidos, hizo que la opción de regresar a La Habana en avión no fuera posible.

Al principio, había mucha aprehensión de emprender el viaje, dijo el cardenal Dolan sobre el tramo en auto de 545 millas, algo que le quitaría tiempo valioso a su viaje misionero de seis días del 7 al 12 de febrero, su primero a la isla. “Y pensar que fuimos capaces de viajar en la versión cubana del ferrocarril transiberiano,” añadió.

Sin embargo, gracias a su optimismo, el cardenal pudo ver estas circunstancias como una oportunidad.

“Pudimos ver a las personas, las casas y los juegos de béisbol a lo largo del camino”, dijo el cardenal Dolan en una entrevista el 11 de febrero con Catholic News Service en La Habana. “Cuando ves (para afuera) por la ventana, ¿qué ves? Ves a madres con sus bebés, ves a los esposos que regresan del trabajo en carretas de caballos, ves humo saliendo de las chimeneas, ves a los vecinos charlando, ves a niños jugando. Ya sabes, así es la vida. Así es como Dios lo quiso”.

La vista desde la carretera le permitió observar también parte de la escasez material del país, el rico campo verde y las similitudes del pueblo cubano con sus contrapartes en Estados Unidos, que, en muchos aspectos, son parecidos a lo que él ve cuando visita a su familia en San Luis, Missouri y camina por la calle.

Observando al pueblo cubano, el cardenal Dolan cayó en cuenta que “de hecho, somos una familia y eso es especialmente cierto en la Iglesia”.

Durante su estadía, el cardenal visitó instalaciones donde católicos, incluidas muchas religiosas, ayudan a los pobres y enfermos. También visitó iglesias grandes y pequeñas repartidas por toda la isla que, en muchos casos, son atendidas por católicos extranjeros que sirven allí.

“Estoy muy impresionado por la gente que conocí”, dijo el cardenal. “Las iglesias, aunque no estaban llenas, parecían tener una buena representación. Me alegró especialmente ver a parejas y familias jóvenes, principalmente en el (santuario de El Cobre), y así mismo en otras iglesias. Me inspiró mucho ver un buen número de vocaciones”.

El cardenal Dolan añadió que estaba agradecido de que el gobierno recibiera sacerdotes y mujeres religiosas del extranjero en Cuba. Para algunas comunidades, esta es la única forma de mantener viva la iglesia en el país.

El cardenal también pudo observar las difíciles condiciones en las que algunos católicos trabajan, especialmente en lugares donde no hay iglesias físicas. Debido a la escasez de materiales, iglesias dañadas o tapiadas, o lugares de culto confiscados en el pasado, algunas comunidades católicas en Cuba se reúnen como los primeros cristianos: en pequeños grupos en casas particulares.

“Conocí a un sacerdote en Santiago, un sacerdote joven, este sacerdote no tiene iglesia”, recordó el cardenal. “Es el pastor de un área y todos los días visita una casa. Va a una por día y pasa cinco o seis horas. Hace catequesis con jóvenes, escucha confesiones, unge a los enfermos, celebra Misa. Ellos comparten una comida festiva juntos. Hablan, tienen un poco de instrucción de fe y comparten. Ya sabes, esos son los Hechos de los Apóstoles”.

En la Biblia, el libro de los Hechos de los Apóstoles describe la iglesia cristiana primitiva y cómo la fe se extendió desde Jerusalén hasta el Imperio Romano. Al igual que los discípulos descritos en este libro, el sacerdote que conoció, “está haciendo lo que puede. Se da cuenta de lo que no puede hacer. Se da cuenta de lo que puede hacer. Y dice, como dicen los Apóstoles: ‘Plata y oro no tengo. Ni siquiera tengo un edificio de la iglesia. Pero lo que tengo, lo doy en el nombre de Jesucristo.’ Eso me inspiró mucho”, dijo el cardenal Dolan.

El cardenal dijo que también se inspiró al ver el comportamiento de sus hermanos obispos en Cuba, muchos de los cuales se tomaron el tiempo para reunirse con él en varios puntos de la isla.

“Mi mayor observación sería mi admiración por mis hermanos obispos que parecen ser extraordinariamente realistas, sin perder la esperanza, sabiendo que es un momento muy difícil. Aún así, ellos tienen un sentido fenomenal de serenidad y confianza”, añadió. “Dicen...‘hagamos lo que podamos y hagámoslo bien’, y se concentran en la pastoral, se concentran en las familias, la caridad, la evangelización, la catequesis y la adoración, y dicen que el resto se encargará de sí mismo. Los admiro por eso”.

En el camino, el cardenal Dolan se reunió con el arzobispo Dionisio García Ibáñez de Santiago, el cardenal Juan García Rodríguez de La Habana, el arzobispo Wilfredo Pino Estévez de Camagüey, el obispo Emilio Aranguren Echeverría de Holguín, quien encabeza la conferencia de obispos cubanos, y el obispo Juan Hernández Ruiz de Pinar del Río, así como el arzobispo Giampiero Gloder, el nuncio apostólico en Cuba.

De los obispos cubanos, el cardenal Dolan dijo: “Cuando se les pregunta, dan su opinión honesta sobre lo que les gustaría ver mejorar. Aprovechan las oportunidades. Tienen que dialogar con el gobierno. Parecen radiantemente seguros y serenos, nunca ingenuos”.

Pero era obvio que el cardenal tenía mucho afecto por las religiosas que sirven a los pobres en Cuba, deteniéndose para darles abrazos prolongados y tomándose su tiempo para hablar con ellas y mostrarles su gratitud y aprecio por el trabajo que realizan.

“Tengo confianza en el futuro de la Iglesia debido a su presencia”, dijo a la comunidad de Carmelitas Descalzas que conoció en el monasterio de Santa Teresa y San José en La Habana.

Fue con ellas con quienes celebró su última Misa en la isla el 12 de febrero y donde se detuvo para filmar un breve video, mientras las hermanas Carmelitas miraban desde detrás de una rejilla.

“Pero ver a estas maravillosas hermanas, saber que están orando diariamente, dando sus vidas en silencio y penitencia y orando por el bien de las almas, la conversión de los pecadores, por la gloria del nombre de Dios, por el amor de Jesús y su Iglesia. ¡Qué gran bendición!”, dijo el cardenal Dolan. “Entonces, hermanas, gracias. Las amamos en Estados Unidos”.—CNS

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