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Hacia una Fraternidad Universal

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La tercera encíclica del papa Francisco “Fratelli Tutti”, como él mismo lo precisa, es una encíclica social; la cual no tiene como propósito resumir la doctrina del amor fraterno, sino “detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos” (N.° 6). El Papa señala que se ha inspirado en san Francisco de Asís para escribir su encíclica, quien ha sabido expresar lo esencial de una fraternidad abierta, aquella que “permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite” (N.° 1). El santo de Asís vivió con intensidad el amor al otro, especialmente a los más pobres, amó a las creaturas de la naturaleza, llamó hermanos al sol, a la luna. San Francisco—dice el Papa—“se sentía hermano del sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran de su propia carne. Sembró paz por todas partes y caminó cerca de los pobres, de los abandonados, de los enfermos, de los descartados, de los últimos” (Ibid). Nos preguntamos ¿Será realmente posible vivir una fraternidad universal o estamos solo ante un ideal utópico irrealizable? El papa Francisco nos dice que “reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías” (N.° 180).

En nuestra columna anterior escribimos acerca de la utopía de la paz universal, el anhelo de construir un mundo mejor, una sociedad donde imperen la justicia y la paz, como el ideal bíblico descrito por el profeta Isaías: un mundo donde el hombre se reconcilie consigo mismo, con Dios, con sus hermanos y con la naturaleza; un mundo donde sean vecinos el lobo con el cordero, donde se echen juntos el leopardo con el cabrito, donde nadie se haga daño (Cf., Is 11, 6-9). Ciertamente, la esperanza cristiana nos habla de un “cielo nuevo y una tierra nueva” (Is 65, 17; Ap 21; Rm 8, 19). Pero, estamos hablando de un horizonte escatológico, es decir, el cumplimiento pleno está reservado a la intervención de Dios con la segunda venida gloriosa de Jesucristo (parusía). Lo cual no quiere decir que tengamos que cruzarnos de brazos para esperar la parusía, pues lo escatológico no es algo que comienza al final de la historia humana, sino ya en la historia humana. El Reino de Dios ya ha comenzado a hacerse realidad con la venida de Jesús. Dios va construyendo su reino en el mundo contando con el esfuerzo y cooperación de los hombres.

Como lo hemos señalado en nuestra anterior columna, el pensamiento utópico es necesario, por cuanto las utopías tienen una función dinamizadora, cuestionan una sociedad real existente contrastándola en el espejo de una sociedad ideal inexistente, pero que se cree podría existir, o por lo menos se quiere que llegue a existir. El cristiano no puede dejar de ser utópico. Utopía aquí no es una falsa conciencia (ideología), tampoco mero deseo o sueño, sino esperanza firme en el cumplimiento de las promesas de Dios. El ideal o “utopía” de la fraternidad y la amistad universal, para los cristianos, no se base en un simple anhelo de carácter filantrópico, tampoco en el ideal de la razón práctica, sino en la Palabra del Señor.

Si observamos la historia humana en su devenir, parece que estamos muy lejos de lograr el ideal de la fraternidad universal y la paz mundial. Esto no nos debe desanimar o desmotivar en nuestro esfuerzo por trabajar en la construcción de un mundo más justo y fraterno. Es un hecho que no ha sido posible erradicar la guerra, el hambre y la miseria en el mundo; la justicia sigue siendo inalcanzable para muchos. La Guerra—como bien señala el papa Francisco—nunca puede ser la solución para ningún conflicto, no hay nada que la justifique, de ahí el clamor del Papa: ¡Nunca más la guerra! Actualmente—nos dice el Papa—vivimos “una guerra mundial a pedazos”, “porque los destinos de los países están fuertemente conectados entre ellos en el escenario mundial” (Fratelli Tutti, 259). “Toda guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal” (N.° 261).

Con respecto a la pena de muerte, el Papa reafirma su postura de total rechazo, lo cual conllevó a una modificación del Catecismo de la Iglesia que aún había dejado abierta la posibilidad de la misma. Hoy día—señala el papa Francisco—decimos con toda claridad que la “pena de muerte es inadmisible y que la Iglesia “se compromete con determinación para proponer que sea abolida en todo el mundo” (Fratelli Tutti, 263). También se ha pronunciado en contra de la cadena perpetua, a la cual el Papa ha denominado “una pena de muerte oculta”. Una toma de postura valiente del papa Francisco, sin caer en condescendencias con gobiernos de varios países en el mundo que siguen aplicando la pena de muerte.

El papa Francisco nos hace recordar que la justicia es un requisito indispensable para alcanzar el ideal de la fraternidad universal; y, “quienes pretenden pacificar a una sociedad no deben olvidar que la inequidad y la falta de un desarrollo humano integral no permiten generar paz” (Fratelli Tutti, 235). Por otra parte, “los sueños de la libertad, la igualdad y la fraternidad pueden quedar en el nivel de las meras formalidades, porque no son efectivamente para todos” (Fratelli Tutti, 219). El Santo Padre no ha querido escribir cosas novedosas en su encíclica sino hacernos recordar lo que pertenece ya a la doctrina del magisterio de la Iglesia.

Los no creyentes o agnósticos ¿Tienen fundados motivos o razones para comprometerse en el esfuerzo por construir una sociedad más justa y fraterna? Sin duda que sí; y no pensemos que esas razones se reducen a la mera filantropía. Por otra parte, no olvidemos que, si bien es cierto que nadie se salva sin Cristo y sin la Iglesia, la gracia de Dios desborda las fronteras de la Iglesia. La Iglesia tiene una dimensión mistérica, sacramental, es el cuerpo místico de Cristo. Toda persona que de buena fe trabaja por la paz y la justicia en el mundo está contribuyendo con sus esfuerzos al crecimiento del reino de Dios en la tierra, lo sepa o no. El tema de fondo no es lo que dicen las personas acerca de sus propias creencias o increencias, sino cómo viven. En la parábola del buen samaritano (Cf., Lc 10, 25-37), la cuestión no es saber ¿quién es mi prójimo? sino ¿quién se comporta como prójimo? El verbo principal allí no es “saber” sino “hacer”: “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37). No se trata entonces de perdernos en discusiones teóricas acerca de la fraternidad y la paz mundial sino de trabajar para construir la fraternidad, con plena conciencia de que nuestro esfuerzo no será en vano, que nada se pierde de lo que hacemos.

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