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La Muerte como Ganancia

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Estando ad portas de celebrar la semana santa (que se inicia con el Domingo de Ramos), que tiene como centro el Triduo Pascual (Pasión, muerte y resurrección de Jesús), reflexionaremos sobre el significado de la muerte como una ganancia. En varias columnas escritas anteriormente hemos mencionado que Jesús no buscó deliberadamente su muerte en la cruz, sino que la asumió como expresión de su fidelidad al Padre. Por otra parte, hemos explicado también que la voluntad del Padre no era que Jesús tuviera una muerte ignominiosa en la cruz para que “pagara” o aplacase la “ira de Dios” por las ofensas de los hombres. El Padre no podría complacerse con el sufrimiento de su amado Hijo, sino con su fidelidad. Sabemos que Jesús nos redimió con su muerte en la cruz; pero, la redención no exigía que necesariamente tuviese que morir de una manera tan cruenta, con horrendos sufrimientos, colgado de un madero. Cualquier explicación que intente racionalizar ese acontecimiento o “justificarlo” resulta incongruente e inaceptable. La muerte de Jesús en la cruz no puede ser entendida sino desde la fe. En definitiva: el sufrimiento y la muerte de un inocente no puede ser entendibles racionalmente; no pueden ser valorados desde el canon de la razón. Resultaría contrario a la bondad y misericordia de Dios que Él pueda complacerse con el sufrimiento de los inocentes.

En la Carta a los Hebreos (Cf., Hb 5, 7-9) se nos habla de la obediencia de Jesús al Padre. ¿Qué significado tiene esa obediencia? Es un sometimiento libre a la voluntad del Padre, expresión de la fidelidad a Dios. La voluntad del Padre no ha sido, como lo hemos señalado, la muerte ignominiosa de su hijo en la cruz. Dios no envió a su Hijo al mundo para que lo matasen sino para traernos la salvación. La muerte de Jesús en la cruz es una consecuencia de la fidelidad a su misión, consecuencia asumida por el rechazo de los hombres. Jesús mismo no ha querido ni buscado voluntariamente la muerte en la cruz; Jesús ha querido que los hombres se conviertan y vivan. No obstante que Jesús no buscó la muerte en la cruz, la asumió libremente cuando se le presentó como consecuencia ineludible ante el rechazo de los hombres, e hizo de esa muerte causa de salvación. Jesús nos salvó muriendo en la cruz. Su muerte, asumida como expresión suprema de fidelidad a una misión, se convirtió para todos nosotros en una ganancia: con su muerte hemos sido redimidos.

Puede extrañarnos o resultarnos incompresible que el Padre no acogiese inmediatamente la súplica de Jesús de ser liberado de una muerte cruenta no buscada ni deseada directamente por Él. En el anuncio de su Pasión Jesús dice: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿Qué voy a decir? ¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12, 27ss). Jesús experimenta humanamente angustia ante la inminencia de una muerte cruenta y humillante; pero, superando el miedo natural se sobrepone y no intenta cambiar el curso de los acontecimientos para evitar a toda costa esa muerte. En el Evangelio de Marcos (evangelista que destaca los rasgos de la humanidad de Jesús), en el episodio de Getsemaní, se nos relata que, ante la inminencia del prendimiento, Jesús “comenzó a sentir pavor y angustia” (Mc 14, 33); expresa la profunda tristeza de su alma, clama al Padre para que lo libre de esa hora: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa” (Mc 14, 36). Jesús suplicaba a su Padre que lo libre de esa muerte ignominiosa inminente. San Lucas añade que la conmoción de Jesús era tan intensa que sudaba sangre: “Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra” (Lc 22, 44). Jesús, por una parte, siente angustia y pide al Padre que lo libre de esa hora; pero, inmediatamente, se sobrepone y se abandona a la voluntad del Padre: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42). ¿Cuál era la voluntad del Padre? Como ya lo hemos mencionado, la voluntad del Padre no podía ser que “maten cruelmente a su único Hijo”. Repugna a la razón que Dios pueda complacerse en un acto tan cruel en agravio de su propio Hijo. El Padre permitió esa muerte por culpa de nuestros pecados. Dios no intervino para anular la libertad de los verdugos de su Hijo. Obviamente, la culpa no recae exclusivamente sobre quienes pidieron su muerte, dieron la orden de la ejecución, o sobre quienes lo flagelaron y crucificaron; el pecado no recae únicamente sobre la generación de ese tiempo histórico, sino sobre toda la humanidad que se convierte en solidaria con ese pecado. De ahí que la muerte de Jesús es también causada por el pecado de los hombres, es la expresión suprema del pecado de la humanidad. En ese sentido decimos que Jesús murió en la cruz a causa de nuestros pecados. Pero, esa misma muerte de Jesús se convirtió en un acontecimiento de gracia para la humanidad: fuimos redimidos por su muerte.

A través de los sacramentos se nos aplica los méritos de la muerte redentora de Jesús. La muerte del cristiano es un conmorir con Cristo para participar de la gloria de la resurrección. En ese sentido la muerte del creyente que se une a Cristo se convierte en una ganancia. El apóstol Pablo se pone ante la disyuntiva de escoger entre seguir evangelizando o partir (morir) para estar con Cristo definitivamente en la gloria; lo último lo considera mucho mejor para él: “para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1, 21). Para ver a Dios es necesario primero morir.

El sufrimiento y la muerte cruenta pueden presentarse como hechos ineludibles para el hombre; no son en sí mismos actos meritorios; pero, aun así, ese sufrimiento y muerte pueden tener un cambio de significado y sentido, pueden ser asumidos desde una experiencia de fe y adquirir un nuevo valor que no tienen por sí mismos (por su propia naturaleza). De hecho, el creyente puede ofrecer sus sufrimientos como una forma de expiación de la pena temporal por sus propios pecados, como una forma de “purificación” terrenal de su alma pecadora; puede también ofrecer sus sufrimientos para impetrar la conversión de otros pecadores. Podemos unirnos a la Pasión de Cristo; y, como dice san Pablo, alegrarnos por los padecimientos que sufrimos completando en nosotros “lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Cf., Col 1, 24). El sufrimiento, entonces adquirirá un nuevo sentido, convirtiéndose en ganancia lo que la razón pude ver como pérdida.

Jesús no pide a sus discípulos que busquen deliberadamente el martirio, que se hagan matar; lo que les pide es que sean fieles a su mandato: anunciar el Evangelio a todos los pueblos, ser fieles a su Palabra, a sus enseñanzas. Si como consecuencia de esa fidelidad, es decir, de la exigencia de cumplir a cabalidad la misión, se presenta la posibilidad del martirio, el cristiano tiene que estar dispuesto a asumirlo y convertir su muerte en una ganancia.

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