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Revelación y Visión

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Como hemos escrito en otra columna, la revelación natural (a través de las cosas creadas) no requiere de la fe, sino que basta la luz natural de la razón para llegar a un conocimiento de Dios como “principio y fin de las cosas creadas”, en cambio, la llamada revelación sobrenatural sí requiere necesariamente de la fe para ser aceptada por el hombre. La fe, por otra parte, es creer en lo que no se ve, confiando en la autoridad de quien revela. Como dice el prólogo del Evangelio de Juan, “a Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn 1, 18). Solo quien ha venido de Dios y que ha estado siempre junto a Dios nos lo puede revelar. “No es que alguien haya visto al Padre; sino aquél que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre” (Jn 6, 46). En esta vida requerimos de la fe y vivimos de la esperanza, no podemos ver a Dios, porque como bien dice el apóstol Pablo, “caminamos en la fe y no en la visión” (2Cor 5, 7).

La revelación—dice R. Latourelle—“es un conocimiento indirecto, imperfecto, parcial y oscuro. Algo separa siempre el enunciado y la realidad, el testimonio y la presencia, la revelación revelada y la revelación revelante. Creemos en la palabra que nos dice que Dios es Padre, Hijo y Espíritu; pero la visión del Padre, del Hijo y del Espíritu es para nosotros objeto de esperanza (…). La revelación definitiva, la que es visión clara, está reservada para después de la muerte” (Latourelle, R. Teología de la revelación. Sígueme, 5ta. Ed. Salamanca 1982, p. 525). El deseo del hombre de contemplar a Dios solo es posible hacerse realidad después de la muerte.

Dios ha expresado su propósito de entrar en comunicación con el hombre para invitarle a participar de la vida divina. “La fe inaugura la visión en cuanto que es participación real, pero imperfecta y oscura, en el conocimiento con el que Dios se conoce a sí mismo” (Latourelle, 1982, p. 526). La revelación y la visión están estrechamente entrelazadas, la primera se orienta a la segunda. “La revelación y la visión son, pues, dos momentos de la única manifestación y comunicación de Dios con el hombre. La visión culmina lo que inaugura la revelación” (Ibid). La visión comienza de algún modo ya en esta vida, por la fe. La fe está orientada a la visión, implica el deseo de ver a Dios, una fe unida a la esperanza. La fe, sin embargo, no deja de ser una participación imperfecta y oscura en el conocimiento de Dios. Para que la fe se convierta en un preludio de la visión debe estar acompañada de la caridad. La revelación por excelencia pertenece a la escatología, cuando Cristo se manifieste en su gloria y podamos participar de la plenitud del Reino de Dios.

La felicidad plena, la bienaventuranza eterna, consiste esencialmente en la visión beatífica. Ver a Dios ha sido siempre el anhelo del hombre. Moisés había expresado su deseo de ver a Dios (Cf., Ex 33, 18), recibiendo como respuesta: “Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo” (Ex 33, 20). Jesús nos dice que son bienaventurados los que ven el rostro de Dios: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (M7 5, 8). Ver el rostro de Dios es participar de la vida divina. En esta vida, como dice el apóstol Pablo, vemos como en un espejo, en enigma, de modo parcial, pero después de esta vida veremos a Dios “cara a cara” (Cf., 1Cor 13, 12); será un conocimiento directo (sin mediaciones), inmediato, intuitivo. En esta vida accedemos a Dios a través de mediaciones, por su revelación, por la fe. San Juan nos dice que “ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3, 2). En el Apocalipsis se nos dice que los elegidos de Dios verán su rostro (Cf., Ap 22, 2). ¿En qué consiste esa visión del rostro de Dios después de esta vida terrena?

El Magisterio de la Iglesia ha precisado en qué consiste ver a Dios. El papa Benedicto XII, en la Constitución Benedictus Deus (29 de enero de 1336), ha definido que las almas de todos los santos que han salido de este mundo (que no tienen ya necesidad del purgatorio) y también las almas de aquellos que hayan cumplido (después de la muerte) con la purificación en el purgatorio, inmediatamente verán “la divina esencia con visión intuitiva y también cara sin mediación de criatura alguna” (Dz, 530). Se precisa que la visión beatífica se da antes de la resurrección del último día y del juicio universal. Igualmente, en la precitada Constitución, se define que “las almas de los que salen de este mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de la muerte bajan al infierno” (Dz, 531). La Iglesia expide decretos en los cuales se reconoce la santidad de una persona (canonización), es decir en los cuales se nos dice con certeza que dicha persona goza de la bienaventuranza eterna (contempla el rostro de Dios); pero no expide ningún decreto en el cual señale que tal o cual persona está condenada, porque de eso nunca puede tener certeza. Dios, en su infinita misericordia puede haber otorgado el don de la conversión hasta al más grande pecador en el último momento de su existencia terrenal.

La enseñanza del Magisterio de la Iglesia, desde luego, no pretende avalar dogmáticamente una visión dualista del hombre, como la filosofía platónica que hace una separación radical entre cuerpo y alma como dos entidades. El hombre es unidad corpóreo espiritual, de ahí que la felicidad completa tiene que ser del hombre entero, no solo de su alma separada. Por ello tiene sentido la resurrección corporal del último día. Todos los santos contemplan ya el rostro de Dios, pero esperan la resurrección final de sus cuerpos, porque el hombre no es solo alma pura. Dios ha venido a redimir al hombre entero (en su cuerpo y en su alma). La plenitud de la redención de Cristo se evidenciará al final de los tiempos cuando la muerte sea vencida definitivamente (Cf., 1Cor 15, 26). “Y cuando este ser corruptible se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘la muerte ha sido devorada en la victoria’” (1Cor 15, 54). La visión de Dios cara a cara es, pues, del hombre completo, como ser corpóreo espiritual, para ello el cuerpo mortal será transformado por la resurrección corporal. La Virgen Santísima es la única criatura humana que goza de un privilegio especial, pues, por su asunción corporal, ella goza ya (en cuerpo y alma) de la visión de Dios cara a cara. Ella ya ha recibido la plenitud de la redención obrada por su Hijo Jesucristo. Ella ya no espera para sí la resurrección del último día, sino que anhela que todos sus hijos puedan también participar de la bienaventuranza que ella ya posee.

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