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En el Principio Estaba la Palabra

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El prólogo del Evangelio de Juan comienza remitiéndonos a los orígenes del mundo, al mismo relato de la creación: “En el principio existía la Palabra y la palabra estaba con Dios…” (Jn 1,1). Como bien hace notar Jacques Guillet (Cf., “Jesucristo en el Evangelio de Juan”. Cuadernos Bíblicos N.° 31. Verbo Divino. Navarra 1982), Jesús nunca se designó a sí mismo como “Verbo” o “Logos” (Palabra); Él se presentó como Hijo de Dios, Hijo del hombre, como Vida, Luz, Verdad, entre otros títulos. San Juan recoge el título de “Palabra” aplicado a Jesús porque sin duda ya existía en tiempos en que se escribió el cuarto Evangelio.

El título de “Logos” (Palabra) para designar a la persona de Jesús solo aparece en el prólogo del Evangelio de Juan: tres veces en el primer versículo y una vez en el versículo 14. Vuelve a aparecer en 1Jn 1,1: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida”. Hay aquí una clara referencia a la “Palabra” del prólogo. Ahora bien, se pregunta J. Guillet, ¿Por qué el evangelista ha escogido este nombre para designar a Jesús, un nombre que Jesús no utilizó Jamás? Se trata, según Guillet, de decir lo que Jesús no había dicho; pero que pertenece al misterio de su filiación, a su preexistencia. Pero ¿Qué significado tiene en san Juan el título de “Verbo” o “Logos”?

En Jesús de Nazareth hay que distinguir la condición humana (hombre en todo igual a nosotros, menos en el pecado), y la condición divina (Hijo de Dios, segunda persona de la Trinidad). De ahí que quien pretenda escribir una “biografía” de Jesús no debe ignorar la preexistencia como “Logos” (Palabra o Verbo de Dios) y tampoco su segunda venida al final de los tiempos (Parusía). Jesús, como hombre, comenzó a existir a partir de su encarnación, en un momento histórico, en un espacio y tiempo determinado de la historia humana. Sus contemporáneos se referían a Él como el “hijo de José” (Cf., Mc 6, 1-3; Mt 13, 55; Jn 6, 42). La existencia histórica de Jesús no es puesta en duda ni siquiera por los no creyentes. Ahora bien, resulta evidente que Jesús no existió como hombre desde toda la eternidad. Antes de su encarnación existió como “Logos”, y como tal, tenía la condición divina: “la Palabra era Dios” (Jn 1, 1). San Juan señala que esa “Palabra” que estaba en el principio con Dios, es Palabra creadora, es Vida, es Luz que brilla en las tinieblas (Cf., Jn 1, 3-5). San Juan no resuelve aquí la cuestión, que aparece como una especie de paradoja ¿Cómo es que si la Palabra, que era Dios, a la vez “estaba con Dios”? San Juan no entra, desde luego, en ningún tipo de elucubración filosófica o teológica como las que se suscitarán años más tardes (las clásicas distinciones entre naturaleza y persona en las disputas trinitarias). San Juan presenta la verdad revelada, dejando la especulación para otros.

¿A quién se refiere esa Palabra que estaba en el principio junto a Dios y que era Dios? El versículo 14 del Prólogo, no deja la menor duda: “Y la Palabra se hizo carne” (Jn 1, 1). “Carne” es simplemente “ser humano” (condición humana). La “Encarnación” es el misterio por el cual el Hijo de Dios (segunda persona de la Trinidad), existente desde toda la eternidad, entró en el tiempo, en la historia humana: se hizo hombre como nosotros. El Hijo único de Dios, enviado por el Padre viene a nosotros, se encarna en el vientre purísimo de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. De ahí que, en el Evangelio de Juan, se aplica de manera clara a Jesús el título de Dios: Jesús es Dios. El Jesús histórico, que vivió en Nazaret, es el mismo Dios hecho hombre. La encarnación tuvo un momento preciso en el tiempo, pero es irrevocable, es decir: Dios se encarnó para siempre, se hizo hombre para siembre en Jesús de Nazaret. Este mismo Jesús de Nazaret, que obró la obra de nuestra redención, siendo crucificado, muerto y sepultado, que resucitó al tercer día, según las Escrituras, volverá al final de los tiempos llenos de gloria para juzgar a vivos y muertos, y entonces su reino no tendrá fin (tal como lo profesamos en el credo).

Tengamos presente que la noción de pre existencia existía de alguna manera en la tradición judía. En el libro de Jeremías, por ejemplo, se habla de una llamada de Dios (vocación) antes de la propia existencia del profeta: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado” (Jr 1, 5). En el Nuevo Testamento, en los escritos de san Pablo también se habla de predestinación. Al referirse al plan divino de salvación, Pablo nos dice que Dios “nos ha elegido en Él (en Cristo) antes de la fundación del mundo…” (Ef 1, 4). En la Carta a los Colosenses el Apóstol señala que Cristo es “imagen de Dios invisible. Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él” (Col 1, 15-16).

La perspectiva de san Juan sobre la preexistencia es algo distinta: aquí hay dos etapas sucesivas y diferentes: la del Verbo hecho carne (Encarnación) y la etapa antes de la encarnación (la pre existencia como “Logos”). El Verbo de Dios estaba ya presente y operante antes que se encarnada. Él Verbo no solo asumió la naturaleza humana, sino que en cierto modo “se hizo materia” sin quedar reducido a la misma; es decir: la materia también ha sido asumida, el cosmos, la naturaleza; y, en consecuencia, también serán redimidas. De la preexistencia del Verbo lo sabemos por la misma revelación de la Palabra encarnada.

Hay que tener presente que el significado de la palabra “carne” es muy distinto en Pablo y en san Juan. En san Pablo “carne” con frecuencia es presentada en oposición a la acción de Dios; en cambio, para el Evangelio de Juan, la “carne” es la expresión de la condición humana, también en sus límites y fragilidad. En definitiva: la “carne” es la forma concreta de la existencia humana; de ahí que la expresión “se hizo carne” resulta equivalente a “se hizo hombre”. Para evitar equívocos, debe traducirse: “Y la Palabra se hizo hombre y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14).

Los evangelios tratan de responder a la pregunta ¿Quién es Jesús? Que Jesús es verdaderamente hombre no es objeto de ninguna controversia. En el Evangelio se va revelando progresivamente la verdadera identidad de Jesús. Independientemente de las controversias que pueda generar el que se le llame con el título de Dios, está claro que efectivamente, en los evangelios, particularmente en el Evangelio de Juan, se aplica a Jesús dicho título. Nuestra fe cristiana profesa que Jesús de Nazaret es verdadero Dios y verdadero hombre.

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